OPINIÓN. La antorcha y el manantial_ “¡Hágase la Risa!”, por J.D. Vidal Gallardo

Excelencia
Imagen: diseño de Juan Diego de imágenes de Pixabay

Resultan adorables pero, también, poderosamente llamativos esos momentos en los que criaturas recién nacidas no paran de sonreír durante sus fases del sueño (seguro que quienes estén leyendo estas líneas habrán disfrutado con dichas situaciones entre sus seres queridos). La práctica resulta ser un no parar a lo largo de varias semanas. Unas 300 veces al día llegan a sonreír las personitas, según recogen diferentes estudios como el recientemente elaborado por la Universidad de Stanford, California (aunque, por lo que veo en una micurria recién llegada a mi familia, los resultados de la tesis de tan prestigiosa institución se quedan cortos, porque ella sonríe mientras duerme, cuando come, al despertar…). Pasados unos meses, las horas de risa siguen ocupando un buen porcentaje del día a día de los todavía bebés. Y aún siendo niños con pocos años de vida, reímos de manera compulsiva, inocente y espontánea.

Conforme pasa el tiempo y el churumbel crece y va al colegio, la aparición de esta acción biológica generada por el organismo como respuesta a determinados estímulos (o sea, la risa) comienza a dibujársele cada vez menos en su faz. Y resulta curioso -y preocupante- que en las últimas décadas, en una época en la que “no nos falta de nada” y “tenemos de todo” (¿estamos seguros de ello?), sea en infantes de apenas siete u ocho años cuando los semblantes comienzan a tensionarse, y sus gestos muten más serios, y su atención se distraiga más, y sus ilusiones se esfumen, y se apague su creatividad… “Niños cada vez más solos, aislados y desatendidos…”, “Son el material del futuro, por eso hoy se les forma como el ejército que ese futuro de máquinas a propulsión y cerebros electrónicos necesitará…”, “¡Qué vergüenza para la humanidad que los niños desperdicien su valioso tiempo con juegos inútiles!…”, “Queda prohibido verlos jugando en calles, plazas u otros lugares…”, “Queda prohibido que inventen juegos. Solo jugarán a lo que se les diga, y siempre y cuando esto les suponga aprender algo útil. Nada de divertirse, entusiasmarse o soñar…”, “Poco a poco se volvieron (los niños) malhumorados, aburridos y hostiles, hacían todo lo que se les exigía. Y si alguna vez les dejaban a su aire, ya no se les ocurría nada…”, “Lo único que sabían hacer es ruido, pero no un ruido alegre, sino lleno de ira y rabia…”. Todo eso escribió en 1973 el autor alemán Michael Ende en una de sus obras, fabulosa crítica a la sociedad en la que se estaban adentrando… ¡Pareciera que estaba viendo a los niños occidentales de hoy, presos de adicciones a las pantallas, de los estreses de sus padres y de demás desgracias!

moroninfo-mar17
Qué decir de la adolescencia, etapa en la que los humanos experimentamos las más infinitas subidas y gozos sentimentales, a la par que los más hondos y tristes baches. La juventud adulta es hoy sinónimo de incertidumbre, en muchos casos. La madurez de después suele ayudar a tomarse un respiro en esta obra de teatro llamada vida. A lo largo de esas etapas, el protagonismo de la risa en nuestras jetas continúa, por lo general, decreciendo. Finalmente, de manera imperceptible, serena e irremediable arriba la tercera edad en sus distintos tramos, periodos en que las risas vuelven a salir de lo más profundo del corazón, pero también lo hacen menos frecuentemente, por encontrarse más aisladas en los desiertos de la memoria.

*Fíjense en el recorrido que con la evolución de los años van conformando la sonrisa y su gemela sonora -la risa- en las personas…

Hace unos días escuché en radio a Raquel Marín (neurocientífica) departir sobre algunas de las más contrastadas consecuencias del humor para el cerebro (para la salud, en general), entre las cuales destacó: <<Mejora la salud cerebral y el sistema inmunológico, entre otros. Alivia el estrés y diversos tipos de dolor. Relaja la musculatura. Mejora el rendimiento, la productividad y las labores tanto personales como colectivas en los centros de trabajo. Es una señal inequívoca de desarrollo de la inteligencia, esencial para sobrevivir en entornos sociales o de grupo. Reírse es como llevar el cerebro al gimnasio: provoca placer emocional, cognitivo (atención, memoria, toma de decisiones…), reduce el nivel de hormonas de cortisol (con lo que bajan el agobio o los nervios), genera endorfinas (más placer, menos cansancio), produce oxitocina (‘la hormona del amor’ y la percepción)… Las personas que se ríen más afrontan mejor situaciones de diversa complejidad>>… Queda claro, ¿no?

*Y ahora, repito lo escrito más arriba: Fíjense en el recorrido que con la evolución de los años van conformando la sonrisa y su gemela sonora -la risa- en las personas…

Que me llamen loco los cuerdos del mundo mundial, pero me da a mí que no nos vamos muriendo poquito a poco por hacernos ancianos o porque se nos metan en el cuerpo estas o aquellas enfermedades (hay muchas maneras de morirse…), ¡sino porque a medida que pasan los años nos reímos menos! Así que: ¡Hágase la vida a base de risas! ¡Truenen en la Tierra las carcajadas! ¡Y que sean carcajadas de verdad, de las güenas, de las que te dejan sin respiración, ¡¡¡esa sí que es forma de irse pal otro barrio!!!

moroninfo-mar17