OPINIÓN. La antorcha y el manantial_ “Emociones”, por J.D. Vidal Gallardo

Foto enviada a Juan Diego hace años por un amigo

Él era ansiedad de la que arde / de la que priva del oxígeno / y el corazón raja / “¿Ansiedad, tú qué más quieres?”, solía preguntarse… Pero, a veces, también absorbía la lluvia / y esta le limpiaba por dentro / le sanaba los sesos / y sus ánimos templaba.

Él era enemigo de la insensibilidad / por ser esta dura, insana e inhumana / por despreciar la empatía / y envenenar las almas… A veces, también se dejaba mecer por la brisa del atardecer / que arrastraba sus desvelos / liberaba sus sienes / y lo sumergía en el mar efímero de la paz.

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Él era amor por la melancolía / él era odio por la melancolía / lágrimas de la memoria / sonrisas del corazón… Pero, a veces, también se detenía en las hojas arbóreas y sus cientos de verdes / se empapaba de clorofila / masticaba su frescor / y exhalaba armonía.

Él era añoranza / pensando en esos días / que pellizcan las entrañas / y tiñen de agridulce los recuerdos… Pero, a veces, también se entregaba al aire fresco y nuevo del otoño / que tocaba al timbre de su piel / y eso le hacía alegrarse / como cuando se bañaba en miel.

Él era impotencia / ante la ira, la inquina y la rabia / perdiciones del mundano / nubarrones para la palabra erudita… Pero, a veces, también se concentraba / y se maravillaba y se deleitaba / con el tronco rugoso de ese olivo / cuya sabiduría era milenaria.

Él, ante la ignorancia, era admiración e indignación / admiración por la que quiere dejar de serlo / indignación por la que se enorgullece de tal condición / cómplice, esta, del engaño… Por eso, siempre que podía, volvía a su senda / y se reconocía desconocedor de tantas cosas / he ahí el origen del aprendizaje / y el porqué de sus humildes enseñanzas.

Él gritaba: “Utopía de mi vida / con ‘quimera’ te confunden / tienen miedo de que triunfes / pero yo jamás te soltaré la mano”… Y al instante llegaba la amalgama / de síes y de noes / de ilusiones y de frustraciones / el laberinto de quereres y poderes.

Él se hizo amigo de la tristeza / que tan fácil se le metía dentro / y a la que tan difícil le resultaba despedirla / “Buena amiga, tú, tristeza”, le cantaba… Pero había instantes inesperados (más bellos, por ello) / en que cantaba algún jilguero / reía un niño / o le guiñaba un ojo la gota de un río…

Era la soledad, después de todo / quien trataba de entenderlo / y lo acompañaba en el ruido / de las tormentas de dudas… Emociones, todos ellas / sentimientos que moldeaban / su senda de la búsqueda infinita / “¿Qué soy? ¿Cuál es mi morada? ¿Y mi sendero?”…

Voces y más voces / en el volcán de su cabeza / Ruidos y más ruidos / hasta que al fin admitió falta de fuerzas… Y fue así que observó la luz lentamente apagarse / …

Sucede que, tras unos instantes / el arcoíris volvía salir y de nuevo la esperanza le enfocaba / “Que el destino decida, pues”, se decía / y seguía labrando su camino.

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