OPINIÓN. La antorcha y el manantial_ “El problema de este mundo eres tú”, por J.D. Vidal Gallardo

Demostrado queda que sobras en este mundo, que no aportas otra cosa que violencia, envidia, guerras, traiciones, desigualdades y, por tanto, pobreza. Y a pesar de ello, (casi) todas las personas que habitan el planeta ansían atraparte, aumentarte, derrocharte y tenerte más y más y más. De eso te vales para domarlos a todos.

Da lo mismo el traje que te pongas, ya sea una coraza rodante con alma fría de tonos dorados, plateados o cobrizos, metálica siempre; un vestido de telas amarillas, verdes y azules que se estiran y se arrugan; o unos ropajes entallados con banda magnética que te hacen aparecer y desaparecer de manera virtual: no importa, en el fondo nunca cambias. Bajo tus muchas apariencias provocas los mayores males de la humanidad…

Eres capaz de llevar a dos hermanos a discutir y no hablarse durante décadas. Haces que un hijo rastree en la cartera de su madre para así saciar sus ansias adictivas, o que un padre pase días sin ver a su pareja y a su niña, enganchado a la tragaperras, a las apuestas. Provocas que el jefe de una gran empresa deje en la calle a sus empleados, sin auxilio alguno, vulnerando sus derechos, o que los explote, impasible, sabedor de que las reglas del juego están de su lado. Has convertido las universidades en clubes elitistas para que solo unos pocos puedan formarse o, en el ‘mejor’ de los casos, para que el resto se entrampe si quiere entrar en ellas. Te emborrachas con los banqueros cuando estos mandan a la calle a familias que no pueden pagar sus casas, importándoos un inmenso carajo qué será de ellas. Estás en la raíz de que increíbles herramientas como internet y las redes sociales hayan virado a factorías creadoras de mono, distanciamiento social y mentiras, porque por encima de todo las ves como fuentes de ingresos infinitos. Gozas de suficiente ponzoña como para romper la relación de los mejores amigos…

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Todo eso lo puedes.

Te has salido con la tuya, incólume. Envenenaste los anhelos de millones de personas a lo largo de la historia. Por tu culpa, tantas potencias gubernamentales (las cuales mamaron de ti hasta hacerse adultas) han usurpado tierras ajenas y explotado sus riquezas y materias primas. Gracias a ti los tiranos han esclavizado a niños, violado a mujeres y asesinado a hombres libres. Posees el dudoso honor de provocar la invasión de regiones mundiales por parte de ese conglomerado pupilo tuyo liderado por ejércitos mortíferos, líderes financieros, gobernantes e inabordables corporaciones. Te pones cachondo cuando posibilitas la construcción de lujosos complejos arquitectónicos en medio de zonas empobrecidas y necesitadas, calmando así la codicia de tus retoños del capital y, de paso, colmando las expectativas de tu heredero favorito, el consumo enfermizo.

Dejas claro a diario que de todo se puede hacer un negocio. Fútbol, dioses, política, razas, banderas, fronteras, alimentación, esto, aquello, tanto monta, mil excusas has empleado para dominar y ejercer el poder. ¿La Comunicación? Excelente vía para la publicidad, la propaganda, la manipulación y las ventas, muchas ventas. Y sea destruida la información. ¿La Educación? Campo de pingües posibilidades lucrativas. ¿La Sanidad? Terreno propicio para gestionarla como una gran compañía privada. De hecho, a nuevos virus, nuevas medicinas, nuevas carreras por patentarlas y venderlas, y pasta, mucha pasta. Todo al mejor postor. Beneficios. Los beneficios están (para ti) por encima de todo, son lo más importante, más incluso que los derechos humanos universales, he ahí que la trata de seres humanos -ya sea en forma de migrantes a los que esclavizar o de menores y mujeres de los que abusar- sea uno de tus emporios estrella.

¿Qué es eso de que nuestros hijos practiquen un deporte, amen un arte o desarrollen cualquier carrera u oficio por pasión? “Lo relevante es que consigan hacerse ricos algún día”, has conseguido transmitir. Qué palabra, ¡“ricos”!, cómo babea la gente cuando la pronuncia… Eso también lo has logrado. Fortuna, el objeto de deseo, cueste lo que cueste, así lo has explicado durante siglos. Poseer grandes fortunas, bañarse en ellas, y luego trajinarlo todo para invertirlas en paraísos fiscales, o para mearse en el fisco, o para venderse a través de los medios como referentes nacionales. ¡O mejor aún!: para hacer todo ello a la vez, convenciendo a los ciudadanos de que quienes intentan destapar, denunciar y cambiar tales tropelías son un peligro. Qué astuto eres, bribón, así las clases medias y bajas discuten entre ellas (se matan, si hacen falta, y si no llegan a eso, ya pondrás de tu parte) mientras las grandes fortunas siguen alargando una partida que heredan con la mano vencedora. Otro mérito que puedes atribuirte.

Todo eso y mucho más te lo debemos a ti. Y aun así sigues alzándote altivo, porque los hombres y mujeres de hoy han asumido que sin ti no pueden vivir en paz… Dinero, dinero y más dinero… Envenenas mentes, corrompes corazones, ahogas la comunidad, ensalzas el individualismo, pero, pese a ello, sigue ensanchándose el deseo de cazarte y capturarte. ¿Drogas, violencia, paro, prejuicios, terrorismo, crisis…? Todos esos son problemas surgidos, provocados o engrandecidos por ti, por tu codicia, tu maldad, tu brutalidad.

Da igual qué nombre tengas, porque permutas cuando te interesa, pero tu apellido siempre es el mismo: dinero. Y tú eres el auténtico problema de este mundo. Sí, tú, señor Dinero, el mayor problema eres tú.

Ilustración de Steve Cutts

Pero andas últimamente intranquilo, ¿verdad? Sabes que hay algo que puede derrotarte. Se llama conciencia. Cada vez son más quienes en todo el mundo toman conciencia de lo que significas, de ahí que cada vez sean más y mejores las alternativas con las que confrontarte, a ti y a tus consecuencias. Lo notas, ¿eh? ¿Sientes cómo crece esa conciencia? Sí que lo sientes, de ahí tus reacciones cargadas de ira en estos tiempos…

Prepárate, odioso señor Dinero, la conciencia está renaciendo. Vuelve con la intención de quedarse. Y la que se forma y conforma en toda su plenitud, la ‘conciencia consciente’ de todas sus posibilidades, no se corrompe, ni se elimina, ni se olvida. Al contrario, ella sabe que son otras cosas las que hacen eterna la felicidad humana, y esas otras cosas no son materiales, no hay soborno posible, no se compran: tampoco contigo.

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