OPINIÓN. La antorcha y el manantial_ “El jardinero, la rosa y los caminos”, por J.D. Vidal Gallardo

El jardinero aprendiz, aún estudioso de las labores de la siembra, plantación y cuidado de las flores, sabía que el oficio no era fácil y que la cosa requería de tiempo, sabiduría y pasión. Eso sí, no tenía miedo, al contrario: le sobraban ganas. Intuía dificultades en los inicios, pero preveía que, a poco que percibiese los primeros resultados de tan denodado proceso, la felicidad empezaría a brotarle poro por poro.

Tras cuidar algunas flores que le ayudaron a coger experiencia, y todavía sin demasiado bagaje, vio el joven un soleado día una delicada rosa que parecía estar dañada, y al instante sintió que haría lo posible por recuperarla. De reflejos turquesas, aquella rosa era la más especial de cuantas había palpado hasta entonces. Respiró profundamente junto a ella. Eran jóvenes, tanto el aprendiz de jardinero como la flor, y pronto deseó él que, juntos, se convirtieran en la más bella pareja del jardín.

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Desde el principio la trató con sumo cariño, nunca osó inquietarla, mismo trato que la rosa le dispensó a su jardinero. Él siempre supo que sería casi imposible encontrar jamás otro ejemplar igual. Acariciaba el tallo, trataba de comprender el porqué de sus púas, cuanto más hacía el jardinero por la flor, más aprendía de ella, hasta el punto de que, con el paso del tiempo, fue él quien se sintió protegido y motivado por aquella rosa. Mostró paciencia para verla crecer, “que las cosas piden su tiempo”, le había aconsejado muchas veces su maestro jardinero. Regados, cuidados de la tierra, evitar enfermedades…, todo, periódicamente. ¡Atento a sus pétalos!, que de ellos se desprendía la fragancia de su esencia. Y escucharla, el jardinero siempre escuchaba lo que la rosa le decía. Sus ojos en forma de girasoles no se apartaban del desarrollo de sus raíces, el origen, lo que le daba forma, estilo, carácter y color a la flor: siempre tuvo presente el joven jardinero dónde había surgido la rosa, de dónde procedía, cómo germinó, la forma en que creció hasta florecer tan radiante, tan bella… Se retroalimentaban. El uno manaba de la otra, y viceversa.

Cariño, confianza y respeto constantes, tales que fue la rosa la que acabó impregnándose de ellos para dirigir sus pétalos todo el rato hacia el jardinero. Pero este, sin darse cuenta, con el paso del tiempo, no se percató de que, a medida que la flor maduraba, esta requería de un cuidado y una atención igualmente perennes pero, al mismo tiempo, diferentes en su valor, en su entendimiento. La rosa de adaptó al jardinero, cosa que este no logró hacer para con ella en igual medida. Y fue así que la rosa, poco a poco, se marchitó, al mismo ritmo que creció el dolor en el corazón de él, al ver que no daba con la forma de evitar que la hermosa flor se derrumbase.

La primavera mutó, la rosa fue replantada, sus raíces -fortísimas- revivieron, sus pétalos volvieron a florecer, poco a poco esa rosa prosiguió su vital y colorido camino…, pero un camino distinto al de su jardinero, quien entendió que no pudo reflotar el amor entre él y la flor. Así que también él emprendió su propio camino.

Si ambos senderos volverían o no a unirse más adelante, eso solo los todopoderosos Tiempo y Destino lo sabían. Por lo pronto, con dolor en las retinas afligidas y esperanza en el corazón, jardinero y rosa siguieron caminando, por separado…

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