OPINIÓN. La antorcha y el manantial_ “El buen vecino”, por Juan Diego Vidal

Jorge y Rafa, grandes amigos, se vieron al fin tras más de dos meses comunicándose mediante redes sociales, mensajes y videollamadas. ¡Qué alegría más grande! Y qué sensación tan extraña al inicio, sin saber exactamente cuán efusivos podían mostrarse al encontrarse con el compadre…

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Apenas recién ingresado en el salón de Jorge, este le pidió a Rafa que se acercase al balcón. Tenía algo importante que enseñarle:

—Presta atención, Rafa. Te los presentaré a todos. Empezamos por Jonathan, el del piso de ahí enfrente. Lleva casi tres horas haciendo deporte. Pilates, estiramientos, pesas, yoga… No para, el tío. Está más fuerte que el vinagre. Fíjate en cómo resuella. ¡Toma aire, Johnny! Y ahora se pone a correr por los pasillos. Un día de estos… ¡Ay! ¡Vaya hostiazo se acaba de meter! Ya decía yo… ¿Lo has visto? Joder, Rafa, ¡¿no lo has visto?!

>>Déjalo, pasemos a otra. Observa el bloque de la esquina, el de la fachada de color beige y las terrazas llenas de macetas. Allí vive Marta, a quien verás en breve con su maromo. No veas la que montan, se lo pasan de órdago…, ¡y sin correr las cortinas! Siempre acaban antes de las seis, que es cuando llega el marido de Marta. El otro, el que en unos segundos doblará la esquina y llamará al porterillo, es su amante.

>>Aquel chico de allí, el de la última casa de la avenida, es Nando. ¡Un crack! Mira cómo gesticula frente a la pantalla del ordenador… Está ensayando. Ha decidido ser cómico y dejar la oficina en la que lleva años trabajando. ¡Yo, desde luego, asistiré a sus monólogos en directo! Me parto con su sentido del humor, puro sarcasmo, ¡muy cáustico!

>>Justo enfrente de Nando vive Josefina, ‘la jefa’, como yo la llamo. Tiene casi noventa años, pero ya la ves, arreglando su jardín cada día tan ágil como un galgo. Eso sí, no le está sentando bien el no poder salir de casa. Se le está agriando el carácter. Es dura, fría, implacable, hosca. Sacarle una sonrisa resulta imposible. Y contemplar su mirada es como trasladarse a los inviernos de Caledonia… ¡Menudo temperamento tiene la señora!

>>¿Ves la azotea grande? No, allí no, más al sur, donde estoy apuntando, ¿ves a una chica que está de espaldas? Es Sheila. Tiene diecisiete años y sale cada tarde a estudiar. El año que viene quiere entrar en la universidad de Medicina, y como verás por sus gestos, está algo agobiada. Pero trabaja duro, creo que lo conseguirá. Mírala, con el vademécum a su lado, como toda una profesional… Ojalá lo consiga. Grita conmigo: ¡Tú puedes, Sheila!

>>Y también quería presentarte a Rufino. Justo a tu izquierda, un poco más abajo. Ahí lo tienes, tendiendo la ropa. Es el mejor. Muy amable y simpático. Cada día sale a los ocho y aplaude verdaderamente agradecido. Luego canta un poco por Queen y por Rocío Jurado. ¡El barrio entero le ovaciona! Antes de irse a cenar, siempre nos grita: “¡Venga, que ya queda menos! ¡Optimismo, paciencia, salud y solidaridad per tutti! Ci vediamo domani!”. Es que su mujer es italiana. Se llama… Mmm… Francesca, sí, Francesca. El caso es que Rufino consigue que todos los vecinos nos vayamos a dormir de buen humor.

>>Bueno…, mejor dicho, ‘que se vayan’, porque yo me quedo cada noche aquí en el balcón, hasta las tantas. Apago la luz del salón y me pongo a descubrir nuevas ventanas. Tú sabes, para conocer a más vecinos. Por ejemplo, si te fijas en… —En este punto de la perorata, Rafa desconectó y se centró en su amigo. Boquiabierto, inequívocamente asombrado, permaneció mirándolo sin decir ni pío. Jorge, como si nada, siguió a lo suyo.

Unas horas más tarde, Rafa volvía a su morada y continuaba tratando de entender. El lector pensará que lo que iba reflexionando era algo así como “¡Qué bueno que Jorge haya conocido a tanta gente durante el confinamiento!” o “¡Qué memoria la suya, sabe lo que cada vecino hace a cada momento!” o “¡Qué buen observador es, cómo se fija en los detalles!”… Pero nada más lejos de la realidad: Rafa seguía fascinado, a la vez que preocupado por lo que acababa de presenciar en la sala de máquinas de su amigo.

Y es que todas aquellas historias, vidas y nombres no eran más que el fruto de su imaginación. Durante el largo rato en el balcón de su compadre, Rafa no vio a ningún Johnny, ni a ninguna Marta, ni a Nando, Josefina, Sheila o Rufino. ¡Muchos de los pisos y casas señaladas por Jorge con su dedo índice ni siquiera estaban allí! Rafa empezó a cavilar: su amigo llevaba dos meses sin hacer otra cosa que observar a sus vecinos desde ese pedacito de mundo que era su balcón, perennemente apoyado en la baranda, asomado al teatro cotidiano de las vidas caseras ajenas. Las calles oteadas desde su palco se habían convertido en su mapa. Las terrazas y azoteas vislumbradas en el horizonte eran su universo. Y los seres que a través de ventanas y puertas acristaladas espiaba, los protagonistas de aquella maravillosa historia que su trastornada mente había creado.

Ya de madrugada, Rafa repitió su rutina de las últimas semanas: salió a su balcón, se relajó respirando el aire fresco, degustó un vermut y, como era un cinéfilo empedernido, aconsejó algunas películas a sus mejores amigos. Finalizado el ritual, y antes de irse a dormir, miró de reojo a lo lejos hasta dar con un piso por cuya ventana asomaron dos personas. “Carla y Luis, siempre hablando del trabajo hasta tarde…”, se dijo en voz baja. Fue justo en ese momento cuando lo recordó: el 14 de marzo recomendó ver su película favorita a Jorge, La ventana indiscreta… ¡Su amigo acabó obsesionado con la cinta!

Ahora todo encajaba. Rafa suspiró, apuró el vermut, hizo el amago de enfilar la cama, pero algo lo retuvo… Cogió unos prismáticos y volvió a buscar la ventana del lejano piso. Algo había cambiado. “¿Dónde están Carla y Luis?” Ajustó las dioptrías con gesto nervioso. “¿Por qué no veo la casa ahora?” Rafa se puso tenso. Volvió a corregir las lentes del aparato óptico, pero nada. Y entonces se percató de algo. Se apartó del rostro los prismáticos, muy lentamente, con su vista apuntando a un punto cualquiera, perdida la mirada. “Un momento, ¿no seré yo el que…?”.

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