OPINIÓN. La antorcha y el manantial­_ “Doña Ana y Anita a secas, dos caras de una misma moneda”, por J.D. Vidal Gallardo

Doña Ana se quita prendas de ropa, sofocada por el calor que le empapa las axilas en su confortable salón, mientras ve el telediario en su gigantesca pantalla plana. Noticias sobre el temporal de nieve que hiela medio país… La crónica se centra en las familias vulnerables que están sufriendo los embates del gélido temporal, y en cuanto doña Ana atisba la más mínima intención de tocar la información el tema de los cortes de luz, la falta de calefacción o las facturas abusivas, se harta y cambia de canal.

Anita a secas, cuyo pisito se encuentra a unos kilómetros de distancia de la cálida casa de doña Ana, no sabe ya qué hacer para entrar en calor. Los cortes de suministros se alargan en el tiempo; no quiere encender velas por temor a incendios; no sabe a quién pedir mantas para tapar a sus hijos; se acuestan pronto para ahorrar en luz; sus vecinos están en las mismas; la nieve rodea su vivienda; la nariz está siempre roja, por el frío…

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Doña Ana llama a un compañero del trabajo, que también es su marido. Él, ex político, es ahora un pez gordo de una compañía del sector de las eléctricas. Tras su carrera política le fue fácil entrar en el consejo de administración de un poderoso conglomerado empresarial. Doña Ana forma parte del mismo cotarro, ocupa un puesto de mando. El caso es que lo llama para ver cómo van las acciones en Bolsa. <<Subiendo, como los centímetros de nieve en las calles de Madrid>>, responde él. Ella, feliz, deja caer graciosamente el móvil en el sofá y sonríe, calculando cómo en estos meses filoménicos en España, las cuentas bancarias de ambos no dejan de acumular millones.

Anita a secas, al hablar con una vecina, ve que, por lo que dicen en los medios de comunicación, la situación en la que sobreviven ella y los suyos va para largo. Al parecer, los cargos políticos y los mandamases (las eléctricas) no ‘logran’ llegar a un acuerdo para decidir qué hacer con los millones de personas que en España están llenando sus pulmones estos días de hielo debido al imperdonable delito de pertenecer a clases sociales marcadas por la desigualdad y la injusticia social. Según dejan caer algunos tertulianos y no pocos políticos, burlar la muerte por congelamiento o, en el mejor de los casos, la pulmonía, viene a ser culpa de esos vecinos, por no tener mejores trabajos y mejores sueldos, por habitar semejantes casas, o por “tener hijos cuando no pueden permitírselo”… Y si una pizca de indignación social crece ante semejantes declaraciones, esos mismos tertulianos y políticos echarán mano de supuestas redes de plantación de marihuana que sirvan para culpabilizar a cañadas reales enteras.

Doña Ana, haciendo zapping, se irrita al dar con otro canal que recoge la opinión de representantes políticos o de movimientos sociales que dicen cosas como: <<¡Clamamos por el fin de la vergüenza que supone lo que las eléctricas y sus compinches políticos están haciendo (y dejando de hacer)! ¡En medio de todo este contexto, los privilegiados aumentan sus riquezas de manera interminable al tiempo que cada vez más gente se está, literalmente, congelando mientras malvive, malcome y malduerme!>>. Doña Ana no soporta tales declaraciones: <<Pero, o sea, ¡no puede ser! ¿Cómo sacan a esos chuflas diciendo eso! El dinero es el dinero, así que nosotros a forrarnos y quien pueda que se encargue de esas familias…>>. En el fondo, doña Ana no consiente que alguien cuestione sus privilegios (o lo que ella y los suyos califican en estos tiempos machaconamente como derechos y libertades), aunque estos existan gracias a la precariedad de las condiciones y servicios sufrida por muchísimas personas.

Mientras doña Ana se enrrabieta, Anita a secas seguirá levantándose temprano al día siguiente con la esperanza de encontrar un trabajo con el que, al menos, poder comprar un radiador. Seguramente, no es consciente de la dignidad que demuestra a diario, hará las cosas dando por hecho que así tienen que ser, que no queda otra que seguir sobreviviendo, sin darse cuenta de que las cosas, en realidad, no tienen que ser así en un país que se diga digno: nadie tendría que pasar por lo que ella y sus hijas y sus vecinos soportan cada día, sin más herramientas que mantas y abrazos para combatir las olas nevadas que devoran sus casas. Seguirá sacando adelante a los suyos sin pensar en lo que deberían de estar exigiendo millones de personas (todas aquellas que se consideren poseedoras de un mínimo de decencia, empatía y sentido de la justicia) en ese mismo instante: el fin de un sistema que a muchos como a ella los condena a seguir rastreando cómo hacer frente a facturas desorbitadas por parte de macro-empresas vampiresas; el fin de un sistema que a tantos obliga a irse a la cama a las seis de la tarde para con ello no encender la luz (de tenerla); el fin de un sistema cuyos valedores se forran cada segundo a medida que la nieve aprieta o que el calor ahoga en verano; el fin de un sistema que a través de muchos periodistas sin moral ni principios es capaz de presentar los cortes de suministros de un barrio como problemas debidos a mafias o a mil inventos más (qué esperar de quienes maquillan los ataques fascistas a la democracia para presentarlos como ‘demostraciones de salvación de las patrias’…).

Porque, en realidad, lo que la clase neoliberal no se atreve a decir es que sus empresas cortan suministros donde vive la gente sin tantos recursos como ellos, y que les importa un carajo que haya quien, literalmente, se esté dejando el corazón enterrado en hielo. Un desalmado capítulo más en estos últimos tiempos de violencia sistémica por parte de los adalides de la privatización y la acumulación de riquezas, al tiempo que denuncian supuestas censuras, dictaduras o silenciamientos para proteger sus ‘derechos’ a incitar todo tipo de ataques; denuncian supuestos recortes de libertades donde solo quieren proteger privilegios y recortar las verdaderas (y públicas, generalmente) libertades de los que menos tienen; alarman sobre okupaciones donde solo quieren tapar desahucios y explotar el negocio inmobiliario; denuncian invasiones donde solo quieren tapar el racismo; denuncian, en fin, todo aquello que, en realidad, pueda concienciar sobre los abusos del capital, no vaya a ser que les toquen el negocio: el negocio de enriquecerse a costa de la desigualdad. Porque el capitalismo, a ver si nos enteramos, se hace fuerte a costa de la desigualdad. Lo neoliberal se hace fuerte estos días cuando, por ejemplo, actores políticos y compañías eléctricas torpedean la regulación de suministro de luz, gas o agua a millones de familias vulnerables, o cada vez que inflan las facturas.

Pero cómo va a pensar Anita a secas en algunas de esas cuestiones, si bastante tiene con ver cómo hacer para que sus hijos no pasen frío mañana… También medita pedirle a alguno de sus vecinos que le deje conectarse a su red de electricidad un rato…, y que digan lo que quieran los verdaderos delincuentes, los que en sus oficinas (y los que justifican a estos escribiendo tuits o artículos desde sus sofás con tal de fomentar polémicas o ganar en protagonismos) favorecen que esta situación se dé en tantos rincones de España. Así que, ya que Anita a secas quizá no tenga tiempo más que para centrarse en cómo calentarse, no estaría mal que quienes sí podemos encender un simple radiador presionáramos del modo en que fuera necesario con tal de decirle a los poderosos: ¡BASTA YA DE MENTIRAS, INJUSTICIAS Y ABUSOS!

¿O es que tenemos que esperar a que mañana seamos nosotros Anita a secas?

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