OPINIÓN. La antorcha y el manantial_ “Cuestión de tiempo(s)”, por J.D. Vidal Gallardo

Excelencia
Parque en Malinas, Bélgica. (J. D. Vidal Gallardo)

*No me pidan que parcele el siguiente párrafo en diferentes partes, por largo que sea. Todo lo que en él es referido completa un pack conexo e indivisible:

Te levantas agobiado porque piensas que vas tarde para ponerte a currar. Desayunas engullendo, sin saborear la rica tostada con que arranca el día. Oyes la emisora de radio que suena de fondo pero, en realidad, no la escuchas. Vas al cuarto baño y te acicalas a todo trapo, no hay rato que perder. Un par de gotas de suero caen en tu ojo enrojecido. Una pomada, directa a la rodilla que cada vez te duele más. Te miras en el espejo, sabes que eres joven pero te ves y te notas apresuradamente más viejo. A esas alturas del amanecer, has mirado ya el teléfono móvil (sí, el aparatejo ese que a veces pensamos que es una extensión de nuestro cuerpo) unas dos mil quinientas veces. Abres las ventanas para airear la vivienda y vuelve a sonar el odioso tono. ¡Otro WhatsApp! Y tú, corre que te corre de nuevo a por tu pantalla de 7x15cm, como si te fuera la vida en ello (porque, claro, <<es que puede ser algo importante…>>). Enciendes el portátil, al ordenador le cuesta arrancar (las cosas del teletrabajo), murmuras: <<Venga, carajo, que tengo prisa>>. A continuación, abres los mismos programas y metes las mismas claves y contraseñas DE CADA MAÑANA (¡Viva la rutina! [*nótese el tono irónico]). Comienzan interminables horas (más de las que tu contrato ‘dice que’ tienes que laborar) durante las cuales te estresas porque no das un duro porque la información salga cuando toca, porque la nota de prensa la envías dejándote atrás algún contacto, porque tu teléfono de trabajo echa humo o porque se te acumulan mil y una tareas, de las cuales varias las acabas a trompicones. Paréntesis a mediodía (o a las cuatro de la tarde): hora de almorzar -rápido y mal-. Aún con el postre (¿postre?) bajando por el gañote, te sientas a la mesa de nuevo. Turno para el otro curro. Entrevistas que, sin dilación alguna, has de volcar en el texto para una publicación conmemorativa cuyos plazos se acortan. A todo esto, tu cabeza está en otra parte: lo que te gusta es crear, así que, mientras haces todo lo anterior, redactas mentalmente el artículo/relato para el diario online con el que colaboras (¿qué cuándo transcribirlo? ¡Para qué crees que se inventaron las madrugadas!). La tarde muere. Llega la noche. Los WhatsApp al móvil personal no dejan de sonar. Sabes que un 99,9% de ellos son chorradas, pero la semi-adicción que casi todos padecemos y que casi nadie reconoce te empuja una vez más (y van…) a dejar lo que tienes entre manos y comprobar quién te ha mandado un simple meme o un despreciable bulo. Intercalado con todo ello, bicheas las noticias, lo que sucede en el mundo. La mala leche, la desinformación, el consumismo y la cultura absurda (y pueril) del zasca hace que cierres las pestañas con supino cabreo. Tienes que escribir a Fulanito. Y quedar con Menganita para hablar el lunes. ¡Ah, y aún has de poner la lavadora, limpiar los cristales del pisito nuevo, arreglar las llaves -que no abren bien-, coger cita para la próxima sesión del psicólogo (¿cuándo, joé?) y comprar el billete de avión para ir a la sede de Mallorca! Oops, llevas ya tres días diciéndole a tu amiga: <<Mañana te llamo>>… ¡Anoche se te escapó un documental que llevabas una semana esperando ver, hostia! ¡No olvides pasarte por la asociación en cuyo proyecto estás interesado! Si tú no das abasto, tu pareja, ni te cuento… ¿El parque de al lado de casa que pretendíais conocer? Mañana vais. (O pasado). ¿Aún no habéis hecho el cambio de centro de salud? Pasado mañana vais. (O el otro). ¿El pub irlandés tan chulo? Pfff… De repente alguien te llama, y tú respondes: <<¡¡¡Dígame!!!>>. Cuelgas pensando: “Y mi pareja y yo hablando de tener churumbeles pronto… Si apenas tenemos tiempo para buscarlos, ¿de dónde collons sacarlo para criarlos?”. Y tu coco, a lo suyo: ¡Recuerda que tienes que…

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    Hasta que un día, por algún motivo, dedicas una mañana o una tarde o una noche a desentenderte de todo (ok: a ‘relativizar importancias’). Te quedas un buen rato observando desde el balcón, empapándote de brisa. U ordenas tu casa con buena música sonando, danzando con la escoba. O te sumerges en las páginas de un buen libro. O disfrutas de una interesante charla. O gozas de compañía de verdad. O vas a la pista de baloncesto a echar unas canastas. O juegas con tu perro. O te pierdes al pasear por las cuestas empedradas de un pequeño pueblo, por los pasillos invisibles de un bosquecillo o por las angostas calles moras de una ciudad milenaria leyendo los poemas de sus azulejos. O te dejas llevar por la meditación espontánea tirado en el césped a la orilla del río, sin relojes que te persigan, anhelando ser el pato que avanza lentamente por el agua a cámara lenta… Y resulta que a veces, a poco que pongas una pizca de paciencia y voluntad, te das cuenta de que hay tiempos y tiempos. De que la vida puede ser más relajada, sabia e infinitamente más bella de lo que a diario te empeñas en creer que debe ser. En ese instante aprendes a mirar las cosas, y ves que el tiempo no siempre avanza a la misma velocidad, y que de ti depende (no siempre, cierto, pero sí la mayoría de las veces) cuán vertiginoso quieres que vuele o cuán calmo deseas que te acompañe. Y tu día a día deja de ser, poco a poco, el volcán insufrible que antes era. Sí, volverás a toparte con momentos de caos; sin embargo, los afrontarás de otro modo. Es entonces, al alcanzar semejante nivel de consciencia espiritual, cuando empiezas a respirar.

La falta de tiempo por y para todo Vs. Entregarse a las lindas parsimonias del tiempo. Vivir al borde del infarto constantemente Vs. Atrapar aquello que te reporta momentos de felicidad o, cuando menos, de tranquilidad y bienestar. Una vez que lo entiendes -en su más profunda esencia-, todo cambia. En esa búsqueda me hallo (y creo, honestamente, que dando pasitos hacia adelante, -que no es poco-). Cuestión de tiempo(s).

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