OPINIÓN. La antorcha y el manantial_ “Carreras”, por J.D. Vidal Gallardo

Carreras para no llegar tarde a clase, al trabajo, al comienzo de un concierto o a una cita.

Carrera universitaria por la que tener que decantarse cuando aún queda medio instituto por delante, como si la vida te fuera en ello, siendo aún adolescente, viendo cómo profes, padres o una parte de la sociedad presionan tus entendederas hasta hacerte creer que, aunque a esas edades apenas te conoces a ti mismo, ya has de decidir qué estudios cursar o qué universidad elegir, ‘ayudándote’ así a perderte un poco más, obligándote a escoger en una fase de la vida en la que todo debiera ser error y aprendizaje; y comprándote boletos para ganar la rifa de la frustración y el desespero.

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Carreras por entrar en la élite (de lo que sea) y, a poder ser, para ingresar en un monipodio de buena reputación y pingües beneficios, “¡y a pillar cacho, que quien no aspira a tal cosa es porque es tonto!”.

Carrera por ser mayor cuando todavía eres niño (iluso de ti, que desconoces que lo que luego te espera no siempre es alentador, sino que también aguarda todo un alfoz abarrotado de competitividad aniquiladora, envidias rencorosas y deseos de retornar a la niñez de la que ahora reniegas).

Carreras a pie, a brazadas, en bicicleta o montado en moto, que sacan la mejor cara del amor que muchos seres humanos tienen por las disciplinas deportivas.

Carreras por sentarte el primero en la fila, sin darte cuenta de que, ensimismado en tus ansias, quizá no le has dado la oportunidad a quien no carece de las mismas oportunidades que tú para sentarse en ese sitio. Pero también carreras por sentarte el primero en la fila, aun sabiendo que otros carecen de las mismas oportunidades que tú para sentarse en ese sitio, siendo capaz de obviarlos, zancadillearlos y ponerles trabas y barreras.

Carreras por ser el mejor, pero siempre respetando y ayudando a quienes intentan lo mismo que tú, encajando con serenidad el resultado cuando este no es el deseado. Pero también carreras por ser el mejor, cueste lo que cueste, sea como sea, validando toda argucia, empleando trampas e incluso maldades, no aceptando que otros te superen, entrando en cólera si se diera el caso.

Carreras en el parque jugando con tus hijos, tus sobrinos, tu perrito, tu pareja o tus amigos. O lo que es lo mismo, carreras rebosantes de sonrisas y palmas en el corazón.

Carreras por conseguir los votos de los electores, aunque para ello resulte necesario tirar de mentiras y engaños.

Carreras por mostrar al mundo la imagen que quedará para la historia.

Carreras por ser los primeros en informar sobre algo, y si para ello la noticia ha de ser inventada, tergiversada o manipulada, que así sea.

Carreras pronominales sinónimas de placer infinito.

Carreras que, tras años de desempeño, muestran las mil y una experiencias por alguien acumuladas.

Carrera porque tu hijo sea el más guapo, el más rico, el más listo, el que te resuelva la vida… Y que nadie toque a tu hijo ni le ponga un pero, “que tu hijo eh er mejón, sea en lo que sea”.

Carreras que asoman en las medias.

Carrera por sobrevivir cuando el hambre, la guerra, la muerte, el odio, la incomprensión o todas ellas te persiguen.

Carreras que, de no darse uno cuenta, intenta alargar el taxista.

Carreras, destellos y ráfagas astrológicas.

Carreras, senderos, veredas, derroteros, rutas, trochas, cursos, recorridos, trayectos y otros diversos tipos de caminos, físicos o metafóricos.

Carreras en los mapas y callejeros.

Carreras o crenchas que dividen el sentido de las cabelleras cual tronco que separa a las inseparables extremidades.

Carreras dispuestas por los arquitectos para sostener las vigas de sus anhelos.

Carreras, paseos, pasillos, cazas y demás vejaciones propias de la crueldad humana.

Carreras fiscales o judiciales con sus planteles de garantes de la justicia (también).

Saberse de carrer(ill)a los conocimientos acumulados sobre una temática concreta tras haberlos estudiado y/o memorizado para -a veces- sernos de utilidad.

Carreras y gritos de bebés y niños que, convirtiendo los pasillos de casa en un alocado rincón doméstico, sacan de quicio a los adultos…, pero que, en el fondo, les alegra a estos en el alma porque saben que se trata de momentos de felicidad y algarabía.

O carreras que la madre soñó estudiar pero a las que ni siquiera tuvo la oportunidad de acercarse. De ahí que se deslomase durante décadas: para posibilitar que sus hijos sí pudieran emprenderlas o para que, cuando menos, ejercieran la opción de poder elegir y construir su futuro…

   Carreras… Carreras de muchos tipos. Unas, mostradoras de la sensibilidad, el progreso, el divertimento o la fuerza de voluntad en su sentido más comunitario y positivo. Otras, ejemplos de la mezquindad que no pocas veces gusta de protagonizar nuestra especie. Pero de un tipo o de otro/s, las carreras casi siempre nos llevan a relacionarlas con un componente de competitividad, de prisas, de falta de aliento, de querer ser el primero, de torpedear a quien corre a tu lado, de miradas desconfiadas, de destacar, de acaparar, de fugacidad…

Por eso, maldita sea la carrera que estos meses está en boca de todos, la emprendida para crear la vacuna con la que vencer un virus. Maldita sea porque, por más que uno lee, escucha y analiza, esta carrera pareciera no enfilarse en pro de la sanidad pública, la solidaridad, la salvaguardia de la salud sin condicionantes, la cooperación entre naciones y pueblos de todo el mundo tanto para su estudio como para su distribución y aplicación, la ciencia al servicio de la lucha contra una enfermedad, el afán por que nadie (nadie) se quede sin una vacuna que ojalá llegue pronto… No. Casi todas las informaciones que nos llegan acerca de la ya famosa “carrera por la vacuna” están asociadas a declaraciones que denotan intereses macroeconómicos, réditos políticos, generación de riqueza bursátil, miradas codiciosas al imaginar arcas de fondos llenas, enriquecimiento de empresas privadas, tóxicas luchas entre multinacionales farmacéuticas, nacionalismos excluyentes, patriotismos acaparadores, gobiernos pensando en comerciar con las vacunas, mucho grito de “¡Sálvese quien pueda!” y un pin que muchos desean colocarse en la miserable solapa de la chaqueta bajo el lema: “Nosotros fuimos los primeros”. Porque parece que todo es cuestión de ‘nosotros, y que se jodan los demás’; cuestión de ‘ser los primeros, y que se avíe el resto’…

Carreras transformadoras propias de sociedades cooperadoras, justas e igualitarias, frente a carreras que muestran el lado más abominable del individuo, incluso cuando la salud pública y universal está en juego… Yo lo tengo claro: Bienvenidas sean las primeras, sumando cada uno lo que buenamente pueda. ¿Y en cuanto a las segundas? Que nadie me llame para participar en ellas: hace ya mucho tiempo que pisé voluntariamente la raya y me descalifiqué de semejantes carreras.

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