OPINIÓN. La antorcha y el manantial A través de la ventana, por J.D. Vidal Gallardo

Asomada a la ventana desde bien temprano por la mañana, Juana observa a través del cristal borroso el chapuzón que cisnes, patos y gansos gustan de darse en el brazo del riachuelo que discurre junto a su casa. Echa un vistazo al vetusto puentecillo de madera y cordajes de hierro que une su orilla, la de las viviendas periféricas del pueblo, con la del parque que está al otro lado, cuyas faldas, anchas y verdes, se mimetizan en el horizonte con los tejados del municipio vecino.

Aún es temprano, fuera el aire todavía es frío, así que Juana mantiene solapadas las ventanas, pero en pocas horas, cuando los rayos solares templen la temperatura, las abrirá, y entonces verá a niños y bebés cruzando las tablas crujientes del puente preguntando, maravillados, a sus padres y madres qué son esos hermosos animales alados que con calma se deslizan por el agua. A mediodía, en el llano de hierba del otro extremo, los regates entre chavales reflejarán sus sueños de repetir en el futuro semejantes gestas en un estadio abarrotado de miles de seguidores. Por la tarde, tras la hora del café, ese mismo parque se inundará de amigos en los merenderos, familias, gente haciendo deporte o perros atrapando freesbees. Y una vez que la luz natural se fugue y el ambiente humano se traslade al interior de bares, restaurantes, cines y pisos, una joven pareja de enamorados dará rienda suelta a la alegría de la vida. “¡Qué mejor lugar para besarse y abrazarse que apoyados en la baranda del coqueto y cómplice puente!”, pensará Juana…

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Mientras es testigo de todas esas escenas, la mirada de Juana cobra vida propia y se empaña por culpa de alguna que otra lágrima, su rostro se muestra risueño, y suelta tiernas carcajadas… Todo eso observa a diario a través del cristal, pero también a través de esa misma ventana y de esas mismas escenas, Juana siente otro día más el corazón encogérsele, añorando ciertos momentos…, preguntándose cómo puede llegar a doler tanto la melancolía y notando ahora cómo la tristeza se dibuja en su cara. Porque el bebé fascinado por los cisnes, los chavales jugando al fútbol, el jolgorio del parque o la joven pareja disfrutando de su pasión son ella, ella misma a lo largo de sus ocho décadas de vida. Son capítulos que se suceden a diario frente a su ventana, pero son también los recuerdos de cuanto ella ha vivido. Y resulta que ahora solo puede mirar y recordar, nada más. Quiere ser parte de esos momentos, pero no puede. Peor aún, no encuentra con quién compartir sus pensamientos y sentimientos aparte de con la soledad.

Solo durante unas cuantas horas a la jornada va a casa una empleada del hogar o un asistente social para ayudarla en tareas de limpieza, aseo, cocina o para hacerle compañía. Ocasionalmente recibe la visita de alguno de sus familiares. Así un día, y otro más…

Si en algún momento esos niños, esos chavales, esos padres, esos jóvenes enamorados, esos perros, esos cisnes o ese puente se fijasen en la ventana de la casa junto al río, verían un cristal algo turbio, y tras este vislumbrarían un rostro, el de Juana. Y si además de percatarse de ese rostro le dieran por intentar desentrañar lo que sus ojos transmiten, reconocerían una mirada que en el fondo grita que quiere seguir aprendiendo, contando cosas, regalando conocimientos, siendo parte de la sociedad…

Ya por la noche, Juana se va a la cama y deja a los enamorados sobre el puente, que para ellos es aún pronto y la madrugada es fiel aliada, pero para ella ya es tarde y toca dormir. A la mañana siguiente, tras desayunar algo rápidamente, nuestra anciana volverá a mirar a través de la ventana y recordará su niñez, los juegos de su adolescencia, los amores de su juventud, las vivencias y trabajos de su madurez, su vida gracias a cuantas escenas ocurran frente a su casa. Y el mundo de ahí fuera seguirá sin darse cuenta de que esos ojos, los de Juana, lo observan a diario. O lo que es lo mismo: Juana seguirá pendiente del mundo, aunque el mundo no le responda de la misma manera.

   *Dedicado a todas las personas mayores. A las que tantas horas pasan solas a diario, mirando las calles, avenidas y parques a través de las ventanas de sus casas, pisos, residencias u hospitales. A las que, a pesar de no estar solas, se sienten como si lo estuvieran. A las que, tras toda una vida dedicándose a hacer que la sociedad avanzase, se ven ahora, a cierta edad, en un segundo plano, detrás de bambalinas, al otro lado de la ventana, el lado invisible. A las que sienten que aún tienen tanto que decir, tanto que reír, tanto que transmitir, tanta sabiduría que enseñar, tantas anécdotas y experiencias de las que aprender, tanta curiosidad que mostrar, tanto amor que dar y tanto que recibir… Como también a las que perciben que ya ha llegado el momento de partir y quieren ejercer el derecho a decidirlo, pero reclaman poder hacerlo con dignidad, respeto, justicia y, sobre todo, compañía.

A todas las personas mayores, en general, como también a quienes se dedican a darles la comprensión, el afecto y la valía que merecen. A todas las personas mayores que, al fin y al cabo, piden una buena conversación, un buen paseo, confianza, ser tratados como sabios (que es lo que son) y no como bebés. A la gente -más y menos joven- que sabe escucharlas y darles el lugar y el tiempo (el cariño) que con humildad reclaman, por ejemplo, esos nietos/as que jugando con sus abuelos les regalan sorbitos de vida. (Y dedicado, por razones similares, a todas las personas dependientes).

A todas esas miradas tristes que a diario nos observan a través de las ventanas.

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