OPINIÓN. Dominicas_ “Valer un Potosí”, por Juan José García López

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Un potosí no es un tesoro, ni siquiera el nombre de un diamante, o un rubí. Quien haya asociado la voz potosí con una gema o un topacio, error; craso error. Potosí es, antes que nada, un topónimo, cuasi castellano, al menos, “vale más que un potosí” es un enunciado que venimos utilizando, hace más de cuatro siglos; y sin embargo veremos que por la teta le va.

La expresión “valer más que un potosí”, nace en el castellano del siglo XVI para denotar todo lo que quiere presentarse como donosura o bienestar, halagado por algún tipo de prosperidad, abundancia, algo que está muy bien, que se siente uno feliz con ello, y brotan –según qué sitio– gritos como: ¡Esto vale un potosí! Equivalente a la locución: ¡Esto es Jauja! A mí me costó entenderlo, como todo lo que se aprende a retazos, a trompicones, en las volandas de la paradoja y los idiotismos de las dudas, sin más pedagogía que la intuición; lo peor del autodidacta es asumir de antemano que la verdad es suya. Verán.

Una vez le oí decir a un rico hacendado, repanchigado como estaba en el sillón del casino: “esa muchacha vale un potosí”. Yo estaba cerca y al oír ese respetuoso requiebro, incluyendo tan lindo juicio, me dio un calambre el oído. Nunca escuché antes palabra tan sonora que me enamoró al oírla: “potosí”, eso viniendo de un tosco labrador, tiene su mérito. Y lo dijo formalmente, refiriéndose a una joven con el uniforme de las enfermeras de la Cruz Roja, que pasaba por delante del cristal donde se acomodaba cada mañana, para verlas pasar, como otros desocupados pelantrines que allí se reunían, antes de subir a las mesas del dominó; que se las veían y se las deseaban para pasar el tiempo.

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Yo frecuentaba cada día estos lugares de concurrencia, debido al trabajo que tenía, cuando contaba once o doce años: venderle las iguales de la ONCE a los ciegos del lugar; y desde que oí la voz “potosí” no paraba de darle vueltas a la cabeza ¿Qué querría decir? Yo todavía no era de libros, ni siquiera podía ir al colegio y mucho menos sabía que existían los diccionarios. Le pregunté a don Manuel, un abogado que no ejercía, haciendo del casino su bufete. Me dijo que lo acompañara y subimos a la biblioteca –¡Cómo disfruté yo aquella mañana! —Primero fue el mágico atractivo de la voz potosí y ahora aquella sala forrada de libros hasta el techo y aquel recogimiento y el orden que se respiraba allí. Había un señor mayor, con barba que ya apuntaba al blanco. Se advertía solícito y amable que nos invita a sentarnos, señalando con la mano los bancos acolchados, porque en aquella sala –otra sorpresa– no se podía hablar alto ni hacer ruido.

–¿El Espasa, por favor? –pidió con voz queda el abogado.

El bibliotecario señala todo un testero forrado con estanterías de libros de lomo verde; don Manuel toma un ejemplar de los anaqueles bajos, mientras me musita al oído: “creo que es una ciudad sudamericana, pero no recuerdo el país”. En un punto señalado de la página, se detiene para comentar: “Mira aquí está: Potosí, ciudad próxima a Cerro Rico, con sus famosas minas de plata. Esta fue una importante ciudad boliviana que llegó a tener cerca de doscientos mil habitantes, en la época de la colonización… Y así fue desglosando los perfiles de aquel lugar, cuyo nombre podía haber quedado prendido en el dicho del castellano: “amarrar a los perros con longanizas”, o ¡Esto es Jauja! pero fue su propio nombre el que quiso reflejar la magnificencia que una vez tuvo aquella región. A mí me llamó tanto la atención, el nombre de ese lugar y su aplicación en la donosura de las personas, que cuando me enteré de lo que en realidad significaba, me desfondé. ¿Y qué querrá decir eso de “valer un potosí”?

Tardaría años, muchos años en comprender que a mí no me subyugó aquella mañana del casino una simple palabra, sino una expresión. “Valer un potosí” es una frase que significa tener algo en alto precio o aprecio, si se trata de alguna persona, animal o utensilio. Tenerle alguien estimación o cariño.

La muchacha que el pelantrín comentó respetuosamente tras los cristales del Círculo de Labradores aquella mañana, lejana en el tiempo, era la que cuidaba de su esposa, imposibilitada durante años en cama, Y lo dijo con aprecio, ponderando lo mucho que aquella joven enfermera se prestaba en su oficio.

No lo puedo remediar, cuando algo verdaderamente me interesa, tengo que llegar hasta el fondo de la cuestión. Y este fue uno de los casos; hice hincapié para poder aclarar la expresión que tan espontáneamente salió aquella mañana del sentimiento de un labriego. Hoy por fin, después de una pila de años, puedo decir y por ello lo escribo que “valer más que un potosí”, es un modismo que, según la Real Academia también se emplea en sentido figurado como frase hecha para resaltar la valía o las virtudes morales de una persona. La palabra Potosí es el nombre de un lugar, provincia y ciudad boliviana fundada por el español, Juan de Villaroel en 1545 para explotar sus minas de plata, descubiertas un año antes en el llamado Cerro Rico, a cuyos pies fue creciendo esta ciudad, durante la colonización hasta convertirse en el lugar más rico de América hasta el siglo XVIII. La ciudad vivió un esplendor tal que quedó como paradigma del lujo y la riqueza. Llegó a tener cerca de doscientos mil habitantes, con lo cual se convirtió en la Principal ciudad del Nuevo Mundo.

Al agotarse las minas, decayó vertiginosamente, hasta quedar casi despoblado en el siglo XIX, para luego recuperarse con las explotaciones mineras de metal blanco, como la antigua plata, en esta ocasión el estaño; lo que le permite sobrevivir en la actualidad como una de las principales ciudades de Bolivia. Y como quien tuvo retuvo, a Potosí le quedó la fama de una comunidad próspera, trabajadora y desde luego y muy emprendedora.

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