OPINIÓN. Dominicas_ “Los castilleros”, por Juan José García López

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Hubo un tiempo en Morón, supongo que en toda Andalucía y España en el que la carencia de lo más elemental, como es el pan y todo sustento con qué acallar el estómago. No lo había, brillaba por su ausencia, que no había qué comer y cuando lo había, a precio prohibitivos: “Qué ganitas tengo, mare / que se ponga el pan barato / que mi pobre barriguita / no pase tan malos ratos”. Fandango muy popularizado que entonaban desde el jornalero camino de su rebusco, hasta el funcionario de las quincenas en blanco. Aquel, por la desgracia de ser trabajador del campo y el otro porque cobraba de higos as brevas.

Fueron años muy difíciles. Y el más agudo de todos ellos el de 1942 (¿No existen estadísticas de los muertos de hambre de este tiempo?) Este periodo –1938 al 50– se conoce como el año del hambre, que como se advierte no fue hambre de un año, ni soñada pasajera. Y esto nos hizo actuar como bribones para seguir tirando, aunque en el fondo no fuése-mos tan pícaros o pillastres. El despertar al ardid: engañar, mentir, robar para comer, destapó otros contravalores de la persona humana como es el racismo y la xenofobia, y esto no solo aplicado al extranjerismo, sino que establecimos barreras en los propios pueblos para preservarnos de los más pillos, vagos o los sinvergüenzas de la desconfianza. No era igual vivir en el barrio de Santa María que en la zona centro. Según qué barrio, familia, hábitos o relaciones tenías, así eras catalogado, pero había una zona proscrita: El Castillo.

Ante unos y otros, los castilleros eran poco menos que piojosos, ladrones, gente de mal vivir. Había que mantener distancia entre los castilleros y el resto de la población. Nada más lejos de la verdad, o de la generalidad. El escribidor de estos reglones vivió un tiempo en el Castillo, jugó y compartió con los niños del lugar y con las madres de esos niños. Fui testigo de las mil fatigas que pasaban esos padres de familias, taciturnos, macilentos, de taimados gestos y miradas, quizás borrachos como el estado soportable ante tanta calamidad como se cernía sobre esos hogares. De todo esto pensaba yo, la tarde que escribí esta semblanza de mi niñez, cuando me quedé dormido y…

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El Sueño de un Niño en el Año “Lajambre”

Esta noche he soñado que subí al Castillo y entré en la Torre Gorda. El interior de esa torre, como ustedes saben, es cuadrangular y no tiene ventanas, porque la única que tenía, en forma de saetera que corresponde a la primitiva torre del homenaje, la que construyeran los bereberes en el siglo VIII, la tapiaron setecientos años más tarde los monjes de Alcántara para eliminar el sentido religioso del hueco, por donde entraba un rayo de sol sagrado que aprove-chaban los moros para la oración del homenaje, que es la del mediodía.

Bueno pues entro en la torre, y en medio de aquella sala, que tenía el suelo terrizo, había un pupitre y en el pupitre un niño escribiendo; me acerco, miro al niño y… ¡Oh! (Oh de espanto), retrocedo sobre mis pasos porque aquel niño se parecía entera-mente a mí cuando yo tenía su edad.

Salí atolondrado de la torre y entro en otra y en otra que me presentan la misma escena del niño escribiendo en la sala ciega del siglo catapún. Y cuando llevaba 84 torres, 84 pupitres con sus 84 niños, desperté desatentado, pidiéndole a mi madre ¡Un cachito pan!

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