OPINIÓN. Dominicas_ “Lola la de Holanda”, por Juan José García López

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¡Hola! Me llamo Lola; Lola Fizten Bustamante. Las vecinas me llaman Lola la de Holanda, que poco o nada tiene que ver conmigo. Yo soy de los Países Bajos. Nací y crecí en Curazao, que está en las Antillas Neerlandesas, bastante retirado de lo que ustedes también llaman Holanda. Pero yo vivía en Curazao, allí está mi casa, mi familia y muchos de los recuerdos de mi niñez y juventud. Por razones de salud me encuentro en España y su bendito clima. Por eso no me costó mucho perfeccionar mi castellano, que también es la lengua natal de mi madre y la mía.

Desde hace seis años vivo aquí en la costa de Málaga. En el segundo patio de esta casa está mi vivienda. En el verano alquilo un estudio en la colonia de Miralmar, que está aquí cerca, en las afueras, y donde viven muchos holandeses jubilados. Tanto el piso como el apartamento de la playa son lugares muy alegres. En medio de tanta gente el uno, con lo hospitalaria y abierta que son los de por aquí… El otro, tranquilo con sus flores y sus plantas exóticas, sin más ruido que el de las olas del mar, en contacto permanente con la naturaleza.

Vine aquí por una recomendación -muy acertada- de mi médico de Willemstad, la capital de la isla, por la temperatura de este país y la forma de vida que aquí se estila. Creyó que esto aliviaría mis trastornos y mis intranquilidades, y no es que aquí no me sigan avisando los síntomas, pero bastante menos y ni comparar con los ataques que me daban antes de trasladarme, que me causaban meses de tristezas y convulsiones. Y desde que me trasladé se han aminorado y disminuido su intensidad. Ayer mismo tenía yo la cabeza que no daba golpe en bola. Cuando estoy de números, me enrollo, me enrollo y no puedo parar a no ser que le introduzca una motivación que incentive la vorágine que se me forma en la cocorota, algo que entierre tantos números y cuantas ecuaciones de los tantos por ciento, deberes haberes y saldos.

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Las cuestiones con las cuentas, la pensión y los dineros a veces bailan en el tablao de mi cerebro y me ponen a mal traer, así que para desconectar me fui a la cocina. Observé que dentro del refrigerador había un bote entero de mayonesa. Lo abrí, lo olí, y hasta probé un poquito con el dedo, y ya me decidí. Al percibir el olor y el sabor de la fresca mayonesa, se me fueron los apabullos de la cabeza para dar paso a las ganas del deseo. Entonces se me ocurrió cocinarme una ensaladilla rusa. Repasé los ingredientes: papas, huevos, atún, aceite, cebollas, ajos; (tortacito de olvido en la frente) ¡Ah! ¡Los pepinillos!

–Bajaré al chino. Son las dos y media, pero el chino no cierra, ése está abierto todo el día. Al pasar junto al contenedor, percibo una debilidad, una inclinación que no quisiera sentir: me fijo en una percha de pie con cuatro garfios que alguien ha arrojado allí. Está casi nueva. Hago un esfuerzo y continúo. Le pido al chino un bote de pepinillos en vinagre. Me trae alcaparras. Se lo rechazo. Él insiste con las tres o cuatro sílabas de su repertorio. “Eto, ueno, lico”. Me lo llevo. Al pasar otra vez por el contenedor, miré la percha de nuevo y comencé a imaginarme historias: es como la de mi amiga Conchi. Puse la bolsa con los mandados en el suelo, tomé la percha con una mano y el móvil con la otra:

–Conchi, ¿tú has tirado…? ( . ) Qué percha va a ser, la que estaba en el cuarto de plancha. ( . ) Es que he visto una en la basura y… –¿Ya estamos otra vez? –Sonó crispada la voz de Conchi, al otro lado del teleóptico– Te tengo dicho que no mantengas relación alguna con los contenedores, a menos que sean soterrados, que… ( – )

Conchi sabía que yo tenía mis obsesiones e intranquilidades. Sabía que los números no eran mi pasión, pero llevarme a casa toda clase de utensilio viejo, desechado e inservible, todo lo que me encontraba por las avenidas, por los ejidos y zaguanes, es mi debilidad. ( . )

Conchi y yo mantenemos una amistad indisoluble, pasamos mucho tiempo juntas, algunos meses del verano se viene conmigo a mi casa de Miralmar y yo la he llevado a mi país para que tomara las aguas de las termas de la Laguna Azul, que le sentaron muy bien y le mejoró mucho la psoriasis endémica que padece. Conchi es, a su vez, la única amiga que está en el secreto y sabía que así, revolviendo en las papeleras, en los contenedores de la vía pública, comenzó mi síndrome de Diógenes, del que ya venía curada de mi país.

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