OPINIÓN. Dominicas_ “II Primavera Pandémica”, por Juan José García López

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En medio del torbellino que supone vivir por segundo año consecutivo los efectos de la pandemia que nos arrebata vidas y voluntades, y entre otros, las fiestas de primavera; el escribidor evoca otras primaveras ya lejanas en el tiempo, no tan pandémicas, sino peor. Aquellas eran pandemoníacas (pero sin pan) que no sé yo cuál de las dos se llevó más gente con los pies por delante. Aquél castigo de los europeos de la II Guerra Mundial, y sobre todo el nuestra crujía que no fue entomológica, hay emplazarlo en los primeros cinco años cuarenta del pasado siglo. Acabábamos de salir de una guerra fratricida, que nos dejó pegados a la pared, en la ruina económica, sin comida ni esperanza de obtenerla; después de tres años sin cultivar nada, tampoco podíamos contar con amigos en el exterior que nos ayudasen, bien por estar ellos mismos en guerra, o porque el régimen absoluto salido de la sublevación militar española no era del gusto de muchos países, que terminarían por derrotar a los nazis y a los fascistas de Musolini. Así que, para no perdernos en la diáspora del año de 1945, Europa y algunos países asiáticos –Japón, Corea– todavía apestan a pólvora quemada, la hambrienta población española, toda ella, se proyectaba principalmente en buscar algo que se pudiera llevar a la boca. Comer fue la prioridad más urgente, y cuando pillaban algo, los más piadosos se afanaban en restituir o refundar las hermandades destruías o maltrechas en el conflicto. En el citado año cuarenta y cinco el autor de estas líneas ya tiene nueve años de edad, se educa en el Colegio del Castillo cuyo titular es el General Franco. Su maestro, por aquel entonces un joven astigitano, que posteriormente sería contratado por una firma fabril, para sus “Escuelas del Pilar” para dar clase a los hijos de los trabajadores. Y mientras estuvo en la pública del castillo, un día próximo al equinoccio pidió a sus alumnos una redacción sobre la primavera. Llegó la fecha de entregar el trabajo y ninguno de los veintisiete alumnos de la clase escribió algo, excepto el que suscribe: un folio manuscrito con cuartetos de ocho silabas, que rimaban: primer verso con el tercero y el segundo con el último. Leyó para sí el maestro mi poema, mi primer poema, junto al ventanal de la clase en el piso alto; mientras lo leía me miraba con ojos de pocos amigos. Al final, convencido que aquel trabajo no podía ser mío, porque un niño de 9 años no… Trash, trash. Los trocitos de papel que revolaban en torno al ventanal, a mí me parecía que me arrancaban algo de mi cuerpo. Solo recuerdo dos versos de aquella obrita: “Primavera tú eres pura / tú estás llena de candor”. Y como eran mis versos, flotando en el ambiente cristalino de la mañana, aquello se convirtió en mi amargura, y aún así, –¡Qué verdad es eso que dice el refrán; “el paso del tiempo todo lo cura!—Aquello también acabó por aclararse, treinta y tantos años después. Les cuento: En 1973, el que escribe ya era un joven conocido en el mundo de las letras, la historia y la música: revistas, conciertos, algunos libros y numerosos atriles en su haber, como agente de la Obra Cultural San Fernando de Sevilla; y en una especie de juegos florales que cada primavera se celebraban en nuestro pueblo, relacionado con las hermandades y las cofradías me eligieron como presentador del titular, que lo fue aquel antiguo maestro mío del “Año-la-jambre”. Terminó por reconocer el error cometido con aquel alumno suyo, que hoy utilizaba su mejor verbo para presentarlo al público, sin ningún tipo de reproche, o sea que en la crujía de los años de la escasez, la pérdida incomprensiva de su primer poema fue, digamos, el covid incógnito de aquel trance vivido y recordado tanto tiempo, y el que aún nos visita, el auténtico e identificado como Covid-19, que también visitó al pobre vate, y lo pasó mal: regular-pa-morir-se. Pero no estaría previsto, y aquí está el tío, que no “sa dío”, para seguir citando a don Antonio Machado en la voz inconfundible de Joan Manuel Serrat en: Todo pasa, todo llega / Pero lo nuestro es pasar… Naturalmente haciendo camino porque saber esperar es un verdadero arte Quien ha desarrollado ese talento ha alcanzado un grado de evolución y autocontrol personal, del que nacerá la tolerancia ante la frustración y la capacidad de ver la realidad en perspectiva.

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