OPINIÓN. Dominicas_ “El Sacristán de Papúa”, por Juan José García López

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Esta es una historia, dudo que verídica, que me contó un carpintero de Morón, hace ya mucho tiempo. Trata de un ser extraordinario que seleccionaba a los vivos prestos a morirse para llevárselos amortajados a su hospedero, don Óbito Ladiñaste, Señor de los Esqueletos. Verán: hace muchos años, antes de que se independizara de España esa parte oceánica de la Guinea, bella y rica, cual ninguna –según palabras del carpintero– y sin embargo virgen y limpia, como la Purísima; es el lugar donde él trabajó como experto serrador de costeros, también en maderas caras. Era este andaluz también un hábil contador de historias imposibles que había trabajado con un maderero afincado en Fernando Poo, cuando todo aquello era una colonia española.

El suceso que pasa de isla en isla como moneda de cambio, al parecer tuvo lugar en Papúa (Nueva Guinea), situada en ese basto mar de islas del Pacífico que asombra al híbrido más pintado que vaya a verlas; y, lo que son las cosas, –se lamentaba– ni siquiera una ventana al turismo tiene abierta. Papúa es un lugar sin más vida que la que le prestan sus nativos, con bastante dificultad pues su lengua oficial, el inglés, lo mezclan con el criollo y otras muchas jergas, que solo ellos entienden, por eso sus sucesos no transcienden, sino en sus canciones, en el eco de sus saudades.

Él vivió en Santa Isabel, capital de Fernando Poo y manifiesta que solo por oír las sinfonías de esa plétora de pájaros canores, como viven en los bosques, merece la pena el viajecito. Lo del muerto y su agente, la Doña Canina, era lo de menos, lo verdaderamente sugestivo en las historias del carpintero, era la descripción que hacía del territorio y las cosas que veía. La industria en la que trabajó cerca de cuarenta años exportaba maderas nobles a todos los países del mundo, y mientras definía todo cuánto le rodeaba, me ponderaba acerca de sus bosques de cocoteros, con sus hojas de cacao creciendo salvaje y desordenada¬mente por cualquier sitio sin cultivar, sus alamedas de buenas y caras maderas, de las más abundantes el okumen, el nogal africano y varios tipos de caoba, es un país muy rico donde habitan más pobres y más miseria existe, hasta tal punto que los índices de derechos alcanzan cifras de escalofrío: en una década tres mujeres serán violadas en su vida. Hasta tal punto llega la descompensación y el abandono, que es uno de los lugares del mundo con la esperanza de vida más corta.

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Bueno, pero tomemos de una vez la muleta, no para lidiar ningún toro, sino para apoyar al narrador de esta historia, que aquí no hay más protagonista que el sacristán de Papúa, o el carpintero serrador que labró maderas en Guinea Española, el cual contaba…

La última vez que se le vio el pelo, estaba Sebastiano –un hombre relativamente joven, fuerte, soltero y de buen ver– que no es otro que el Sacristán de Papúa–. Se encontraba en la casa del cura, aderezándole las flores a la mujer del párroco –que allí llaman pastor–. Y como la ventana al interior estaba abierta, Sebastiano, desde el patio, pudo ver cómo el reverendo recibía la visita de una señora alta, bien peinada y poco elegante, que simulaba sus taras corporales con un manto negro de gasa cubriéndole todo el cuerpo. Y por lo que Sebastiano pudo ver y oír desde el patio, se trataba de una referenciada señora, de la que él también había oído hablar.

La identificaban con el nombre de doña Canina, porque la tenían por una agente de la Muerte y estaba en contacto con los curas o pastores de todas estas pequeñas comunidades, para identificar a los que se iban a morir de inmediato. Y aquel día, habiendo tomado los nombres que le dictaba el cura, de los feligreses que ya no asistían a los oficios por estar enfermos, doña Canina preguntó por Sebastiano. Éste, que está escuchando entre las flores del patio, interpreta que si pregunta por él es para llevárselo al otro mundo, de un respingo cogió la bicicleta, después, el barco de un pescador, otro y otro, hasta embarcarse finalmente en un ferry y ponerse los paños en Puerto Moresby, capital de aquella Isla. Insistió doña Canina preguntándole al cura por Sebastiano, el reverendo aseguró que estaba en casa arreglando las macetas. A lo que la Canina contestó por lo bajinis: que extraño, tengo aquí anotado que lo recoja pasado mañana en Puerto Moresby.

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