OPINIÓN. Dominicas_ “El gigante de Matalachicha”, por Juan José García López

Excelencia

Ese aforismo que dice “el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra”, es muy cierto. Lo asumo y aquí estoy yo para echarle flores al filósofo que inventara tan acertada sentencia. Hoy he vuelto a caer, por enésima vez en el mismo error y he perdido el relato de este mismo título, que me ha llevado toda la semana, hasta conseguir una comunicación prolija y creo que vivificante. Tres nobles folios blancos con noventa líneas que se fueron por los versátiles entresijos de esta computadora mía que tengo por ordenador. El cuento –pura ficción– versaba sobre un muchacho de Matalachicha, una aldea perdida entre los montes del Irás y no Volverás, que por su extraordinaria corpulencia y el fenómeno hiperbólico de sus manos, le causó más de un problema.

Eran unas manos grandes, adornadas de dos dedos gordos, exageradamente desarrollados, tanto, que cuando Paco salía a pasear por el pueblo, lo hacía escondiéndose las manos bajo las axilas porque le avergonzaba que le vieran los pulgares, y también porque los chicos del lugar se reían de él viendo cómo aquellos dos apéndices tenían un sorprendente parecido con el órgano sexual de los varones adultos. Y si los más pequeños lo llamaban “Tres-pacos”, y le cantaban por las esquinas: “Paco, repaco, metido en un saco, lleno de azúcar, chupa que chupa”.

Los otros aludían a las longanizas que tenía por pulgares cosa que le exacerbaba, a él y a la perrilla que siempre lo acompañaba, y cuando se metían con el bueno de su amo les ladraba frenéticamente, arañando con las manos los adoquines de la calle. Los mayorcillos, más picardeados y con más malaleche aludiendo a aquellos extraordinarios pulgares, lo llamaban, “Trespollas”, pero estos eran cuatro cafres.

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En verdad el gigantón de Paco ya estaba acostumbra-do y no eran todos los vecinos del pueblo los que bromeaban con su porte estrafalario, que ya nació grande para bebé, y le había crecido todo. Todo, menos el cerebro, y ya se sabe lo que pasa en los pueblos con los dismi-nuidos mentales, que la crueldad de los chicos y no pocos mayores lo tienen como objetivo de sus chanzas urbanas. Sin embargo Paco-repaco, joven de bondad suma y carácter afable, tenía un grupo de fieles amigos que no solo obviaban meterse con él, sino que, al contrario, lo defendían ante los demás. Este grupo de incondicionales, lo esperaba cada día por la Alameda, bien en aquel banco pintado de verde, al filo de un parterre sembrado de clavellinas, o por el local de la barbería de Ernesto, donde cada mañana establecía su púlpito, para contarle a sus amigos el sueño de la noche anterior, que casi siempre versaba en comilonas y opíparas cenas.

Paco en su casa lo tenían corto de comida, pues los médicos recomendaban que no pusiera peso que eso era perjudicial para sus patologías. Y entre sus fantasías pantagruélicas y el ángel que tenía este inocentón contando las cosas, aquel grupo de amigos y él mismo disfrutaban en estos encuentros.

–Anoche soñé que mi madre se fue a un velatorio y se dejó las llaves de la despensa puestas; entré y cogí dos quesos que me comí enterito, un tarro de miel y una hogaza de pan prieto; estuve toda la noche bebiendo agua. A veces era una vaca la que pastoreaba por sus fantasías oníricas que él saboreaba con las recetas culinarias de su madre. –Teníamos invitados en casa; toda la familia vino de la ciudad y en mi sueño vi cómo que mi madre había asado una vaca, rellena de pajaritos fritos y preparó un lebrillo de arroz con leche, y como ellos se fueron a urgencias porque sonó una ambulancia, pues cuando volvieron, todo me lo había zampado yo.

Paco y sus amigos lo pasaban muy bien montando sus historias y sus exageraciones, hasta que un día, ni Paco no aparecieron por las calles de la aldea. Sus amigos preguntaron aquí y allá, y nadie los había visto en el pueblo. En la Barbería, vieron a Ernesto enfundado en su babi blanco, trabajando en la Cabellera de un cliente profuso, mientras los peines bailoteaban en el bolsillo de arriba.

–No, por aquí no ha venido hace unos días, pues incluso le traje a su perra unas sobras de casa, y las he tenido que tirar a la basura. Ese muchacho tiene que estar malo. –¿Y si vamos a su casa? –sugirió uno de los tertulianos. –A su casa no, que el abuelo nos conoce a todos y desde que nos metíamos con él y nos la tiene sentenciada… Ese viejo tiene muy mal genio ¡Eh! –Es mejor que se lo encarguemos a las mujeres de la casa, a nuestras madres o abuelas, que le pregunten a Isabel, en su casa…

Y esa fue la solución, así que una tarde se presentaron tres de las madres de sus amigos en casa de Paco. Las recibió su madre con buenas maneras y hospitalidad. Las sentó en la testera y les sirvió un vasito de café y enseguida giró la conversación en torno al Paco, que hacía días no se le veía por el pueblo.

–Ni sale a la calle ni entra en su cuarto, mi Paco lleva dos semanas durmiendo en la cuadra, con la burra y no hay quien le saque una palabra sobre su dormitorio, que yo lo he levantado palmo a palmo e intentado que este niño retome su cama, sus cosas y… Nada, no hay manera. Paco está así desde que el tractor del vecino atropelló a la perrilla. Yo estoy por hablar con el cura a ver si él le puede sacar al niño cual es el misterio de su comportamiento últimamente. Y no era cuestión de misterio, sino de presagios. Paco llegó a la conclusión que no iba a contarles más sueños a sus amigos, porque los tres últimos se habían cumplido tal y como él los vio en sueño, que se dejó el portillo del corral abierto y se escaparon las ovejas y tuvieron que ir todos los vecinos al campo a recuperarlas y la que le lio su padre.

Otro, cuando soñó que había visto un hombre comiéndose un borrico muerto en el pilar y había envenenado el agua que ellos bebían en Matalachicha. Difícil de digerir fue el sueño de ver como las ruedas del tractor del vecino, pasaban por encima de su Canela –que aquella mañana casualmente no lo acompañaba– aplastándola contra el suelo, al rato de constarle este sueño a sus amigos en aquel banco de la Alameda pintado de verde tuvo lugar el fatal desenlace.

Y el último sueño, que no lo reveló a nadie, ni pensaba hacerlo nunca, pues lo que soñó horrorizado y por nada del mundo deseaba que fuese un vaticinio, una premonición, era que debajo de su cama había una bicha, verdinegra, gruesa, como la rueda de un camión, y en vez de saludar con la lengua como suelen las serpientes, arrojaba intermi-tentes ráfagas de fuego. Es decir, que se las estaba viendo con un fantástico dragón, y aquello no se lo podía revelar él ni a sus amigos ni a nadie por temor a los presentimientos que se dieron en los últimos sueños.

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