OPINIÓN. DOMINICAS_ “El Corresponsal, entrega III”, por Juan José García López

No me llames Dominica, llámame Sunday.

Gumersindo salió del patio reclamándole a la abuela su merienda y el viejo escritor, incorporándose del sillón con más voluntad que fuerza, replegó el paño de la vela, que era de lino claro, para cobrar más luz el recinto. Retomó la carpeta azul y siguió repasando originales de un nuevo relato. Y como meterle mano a las otras carpetas le causaba tanto repelo, en esta ocasión eligió el artículo titulado “Escribir para vivir”, que tenía por allí pendiente de un empujón, después de haber consultado con un montón de profesionales. Entonces se empleó en la fase que más le agradaba de todo el proceso, la de la corrección. El retoque de los textos era para él como el sueño de aquel pianista que soñaba tocar en un teclado kilométrico, infinito, antes de caer en la cuenta que se quedó en segundo de piano. Y por muchas veces que leyera lo escrito, siempre había algo que modificar: “berrinche” por rabieta, “cursi” por ñoño, o “llevar las riendas del negocio” por responsabilizarse de la dirección de la empresa.

Hoy ha sido un día diferente –expresaba al comienzo de aquel capítulo–. He tenido una experiencia de esas que justifican la razón de vivir y de ser cómo uno es; y estas son satisfacciones que me dan cuerda para continuar. Fue un chispazo, una pequeña anécdota, que no tendría más importancia de la que se le quiera dar, pero que compensa los sinsabores de la vida y las dificultades que entraña este oficio: ya digo, fue un instante, un minuto, quizá medio… Y cuando le ocurren a uno estas cosas, se crece.

moroninfo-mar17

La del escritor es una forma de vivir como otra cualquiera, y para comunicarte con los demás y demostrar tal vez que eres distinto, no digo superior, pero no lo mismo, montas las cosas que pasan o las que a ti te gustaría que pasaran, una manera de interpretar el teatro de la vida, que sólo requiere un poco de ingenio, cierta picardía, y algo de aislamiento, imprescindible la soledad del pensador para ver y oír mejor, para oler y sentir lo más inmediato, con libertad, sin interrupciones. Y cuando lo que haces, lo que escribes, conecta con los lectores, o los oyentes, éstos se manifiestan de las formas más peregrinas que se pueda uno imaginar, por lo que el valor de tus ocurrencias adquiere nuevos matices que no desdicen de otros aspectos del trabajo. El siguiente pasaje está tomado de un encuentro que entonces tuve con un muchacho que se declaraba “fan” y seguidor de mi obra.

Fue, que contemplando en la calle alguna cofradía de la Semana Santa, que en Torres era muy álgida, muy participativa, se me acercó un chaval con la clara intención de hablar conmigo. Era alto y todavía barbilampiño, con los ojos muy vivos. Había visto alguna fotografía mía en el periódico local y se presentó esbozando una sonrisa, con la mano tendida para que yo la estrechara. Se notaba un poco nervioso.

 –¡Hola!, me llamo Luís y conozco a su nieto Gumersindo. Soy un admirador de usted, leo sus artículos y sigo los comentarios de la radio, me gustan mucho. Yo también quiero ser periodista.

 Salimos de la bulla antes de que pasara el hermano mayor con el cirio más grande –vanitam vanitatum et omnia vanitas– y nos fuimos a un bar cercano, que aquí todos los asuntos transcendentales se ventilan en la barra de una taberna.

 Con unos zumos por delante me preguntó el muchacho, con esa frescura propia de la poca edad, que qué hacía falta para ser escritor.

 –Antes que nada, –le respondí–sentir la necesidad de escribir, aún a sabiendas que no es el mejor oficio del mundo, ni tan brillante como parece, pues la fama es siempre relativa y si llega, pasajera y termina por traicionarte; si lo que te anima es el dinero, éste llega a pocos de los de este oficio, tanto que se suele decir, “el que escribe para comer, ni come ni escribe”. Y si es la conquista del poder lo que te empuja, verás que pronto serás tú el conquistado y comido por sopa… (continuará).

moroninfo-mar17