MORÓN OPINA_ «Palabras como abrazos», por Zaida Godoy Navarro

    Solo una pandemia mundial podía hacer necesaria la esquela que aquí sigue. El virus no se llevó a mi abuela, sino otro viejo enemigo que ya muchos conocemos. Mi abuela batalló durante más de un año contra el cáncer y, aunque finalmente perdió, cumplió con su palabra de conocer a mi hijo, su bisnieto. Lo que nos han arrebatado las circunstancias extremas en que vivimos es la posibilidad de despedir a mi abuela como era de esperar. Todos la conocen, todos habrían venido a compartir un recuerdo, un sentimiento, a decirnos lo alegre, lo guapa, lo trabajadora que era la Gloria.

    Mi abuela no necesita palabras escritas que la recuerden. Somos sus hijos y nietos los que necesitamos compensar el que no pudimos velarla, o siquiera estar juntos nosotros para sufrir el duelo por su pérdida. Afortunadamente no es que no me diera lugar de decirle o demostrarle cuánto la quería, ni ella a nosotros. “Hija de mis entrañas, ¿por qué te querré tanto?”, era una de sus frases más frecuentes. “Te quiero mucho, abuela”, era de las mías. “Y yo a ti más”, mi abuela siempre tenía la última palabra.

    Vuestra vecina Gloria me decía que me admiraba, que ella era muy cobarde y nunca hubiera hecho las cosas que hice yo. Ahí sí me faltó decirle que, si admiraba eso en mí, era porque ella sabía perfectamente lo que era ser valiente, enfrentarse a la vida, tirar pa’lante como ella hizo. Madre soltera, a cargo de tres hijos y de su madre. Trabajó en la fábrica de Camacho desde los doce años. Muchos aún deben recordarla, llegando a trabajar la primera, cargando bombonas incluso en sus últimos años. No recuerdo que mi abuela haya faltado un día al trabajo, ni siquiera que haya ido sin la energía y buena disposición que la caracterizaba.

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    Pero mi abuela no solo me enseñó a ser valiente y trabajadora, a enfrentarme a los problemas con ganas de lucha. Ella me enseñó a disfrutar; a que la vida hay que vivirla. A mi abuela le encantaba bailar, tomarse una buena copa de vino y reunirse a comer con la familia. De niña recuerdo que siempre había una boda o fiesta a la que la habían invitado, y a mí me llevaba de acompañante. No sé qué disfrutaba yo más, arreglarnos en casa o bailar en la fiesta, bailar hasta que una no podía más. Y si era verano, no importaba lo que hubiéramos dormido, el domingo era para ir a la playa con las amigas. Con mi abuela aprendí lo que es la amistad entre mujeres, la comadrería, la risa contagiosa hasta no poder más.

    Mi abuela me conecta directamente con mi pueblo. Con ella he vivido romerías, ferias, verbenas, gazpachos, semanas santas, misas del gallo, visitas a la ermita de Jesús los viernes, y tagarninadas de las que ella se encargaba en La Posada cuando la tenía mi tío y luego mis primos. Cuando por fin pase todo este caos y pueda regresar y abrazar a los míos, va a ser difícil dejar de imaginármela uniéndose a nosotros en cualquier rincón (¿bar?) de Morón. Mi pueblo se va a ver de otro color, un blanco menos blanco.

    Todo cambió cuando murió su hijo. Oíamos su risa menos, ya apenas iba a festejos del pueblo. Pero mi relación con ella era, es, seguirá siendo, fuerte. La llamaba varias veces en la semana con la excusa de cualquier duda culinaria y hablábamos y hablábamos. También discutíamos. Yo quería que se cuidara y se divirtiera más. Ella me decía que un día entendería lo que era querer a un hijo. Parece que así murió, pensando en su hijo y en que ya iba a poder estar con él. Eso nos da paz a todos. Yo te seguiré hablando, abuela, y le contaré a tu bisnieto sobre ti, sobre cosas que vivimos juntas y que aquí no puedo compartir. Te quiero, abuela.

    Zaida Godoy Navarro

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