“¿Cómo hemos llegado hasta aquí?”, por José Carlos Valverde

    Han pasado algunos días desde que recibiera una nota de voz en mi teléfono. En ella, un gran amigo, me explicaba que una señora, en un determinado lugar público (entiéndanme que omita la mayoría de los datos), sermoneaba abiertamente sobre mi persona. Afirmaba que, tras leer y escuchar mis columnas de opinión, una gran referencia psicológica y psiquiátrica (nótese la ironía), me había transformado en una especie de ideólogo fascista y un reconocido defensor del machismo. El chico en seguida le rebatió y la tertulia, al parecer, no pasó de ahí.

    Lo único molesto de la situación es que, esta señora, olvidó (inexplicablemente) que también soy madridista, y nunca le perdonaré tal descuido… Desde estas líneas, aprovecho para lanzarle con el debido y justo cariño, por aquello de la dictadura de los oprimidos, un ¡hala Madrid!

    No entiendo cómo la sociedad ha podido llegar a este punto. Nunca, a lo largo de la historia de nuestro país, se había disfrutado de una libertad de expresión tan dilatada. Pero de repente, inexplicablemente, ha empezado a molestar a los individuos.

    La posibilidad de cualquier ciudadano de expresar su opinión es un pilar fundamental de la democracia. Pero el sentimiento “moralista”, cimentado en una propia y particular moral inflexible, ha dibujado con numerosas etiquetas, peyorativas la mayoría, aquello con lo que no está de acuerdo.

    Por todas partes suelen aparecer personas oprimidas dando su perspectiva del universo, llamando  «fascista», o estúpidos a quienes les discuten, reivindicando que se condene una opinión incómoda para ellos, a los que, como he dicho, atribuyen etiquetas disuasorias como «machista», «fascista», o «buenista», sinónimos, en todos los casos, de «traidor».

    De pronto, la sociedad, se encuentra en un estado perenne de indignación. No le interesa encontrar la virtud del punto intermedio, ni el entendimiento. Ni siquiera solucionar la contienda. Precisa, y se nutre, de la confrontación. Desgraciadamente, se asfixia al descubrir qué ronda por la cabeza de los demás. Sobre todo cuando no va de la mano de su ideología. En ese justo momento aparecen los corsés y la necesidad imperiosa de posicionar, bajo un determinado término, a esa persona. Un catálogo social que reparte a sus víctimas entre buenas y malas. “¿Cómo te atreves a pensar diferente? ¿Eres fascista, o cavilas como yo?”.

    Es muy preocupante. Las luchas sociales se han desvirtuado, la poscensura arrasa en su  forma horizontal y vulgar de prohibición. Se ha implantado el miedo a reflexionar, a opinar; se ha vulnerado el derecho a no estar de acuerdo. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? El imperio de la indignación se ha implantado. El miedo se respira en cada rincón de la sociedad. Porque tememos más a un linchamiento digital que nos perseguirá de por vida, que a una orden judicial que pueda evaporarse con dinero.

    Es un miedo distinto, que se diluye en el silencio y bajo la opinión de otros. Porque es mejor ser un sumiso ante el espejo que un rebelde con etiquetas para el resto del mundo.

    Por otro lado, las redes se han convertido en una plaza pública de discusión y linchamiento. Hemos dejado de sentirnos libres por culpa de monopolizar la forma de defender nuestras libertades. Ahora la censura no es vertical, proviene de abajo, del pueblo, no necesita un engranaje de poder. El oprimido, el pajillero de la indignación, adora tergiversar y destruir la libertad del que piensa de forma diferente. No hay más libertad que la suya. Porque nadie, salvo él, tiene un discurso ético y rebosante de fundamento. Es él quien nos va a permitir digerir lo que está bien y lo que está mal. Su voz, es la voz de la verdad. Y no hay mayor mentira que la disfrazada de pensamiento único.

    El mundo es selectivo también en la defensa. Casos silenciados bajo una misma sentencia, con similitudes en la infracción. Estos días saltaron a la palestra los nombres de los raperos Hasel, o Valtonyc, condenados a varios años de cárcel por el contenido de sus canciones. Pero muy pocos escucharon hablar de Berenguer Jordi Moya Hernández, condenado, también, a varios años de cárcel por el contenido de sus tuits.

    Concretamente Pablo Hasel fue juzgado por letras como: “Ahí fuera prefieren a El Canto del Bobo que pensar con mi CD, me importa menos que la muerte de concejales del PP”, “¡Merece que explote el coche de Patxi López!”.

    Por otro lado, Valtonyc decía: “Kale borroka, al ministerio de Educación, esto es amor, goma 2 y kalashnikovs. Quiero a Gallardón en silla de ruedas, así podría chupármela a todas horas”, “elijo el camino que me lleva a las cadenas, porque antes como trena que vender a la clase obrera. A ver si te enteras, como el caso Bárcenas, pierdo los papeles y en cuarteles grito ‘gora ETA’. Nena, no apoyo la violencia gratuita, pero justicia sería pasarlos por la guillotina”.

    Por último, Berenguer, ha sido condenado a dos años y medio de cárcel (el supremo decidió elevar la pena), por escribir textos de contenido denigrante hacia la mujer. Valgan estos ejemplos: “Y 2015 finalizará con 56 asesinadas, no es una buena marca pero se hizo lo que se pudo, a ver si en 2016 doblamos esa cifra, gracias”, “A mí me gusta follar contra la encimera y los fogones, porque pongo a la mujer en su sitio por parte doble”.

    Curiosamente tras rastrear la red, usuarios, políticos, colectivos, defensores de las libertades, solo encontré denuncias sobre la desproporcionalidad de la ley en los casos de Valtonyc y Hasel. Ni rastro del caso Berenguer. Nadie ha salido en su defensa… Ustedes me explicarán a qué se debe…

    En definitiva, si un grupo de poder, ya sean colectivos o partidos políticos, monopoliza la opinión y persigue a sus detractores, las víctimas no son solamente los perseguidos, sino toda la sociedad, que pierde su derecho a la información y al pensamiento plural.

    Yo solo me hago una pregunta: ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

    Compartir