“Las barreras de la integridad y otras “verdades” del maltrato”, por Rafael Fernández Osuna

    BannerRafaOlivares. Último bastión superado por una cruda actualidad que sigue asolando a nuestra sociedad. Demasiadas veces vemos repetida la misma imagen. Los mismos llantos. El mismo dolor. La misma impotencia.

    La muerte de una mujer es noticia demasiadas veces y, por desgracia, hay fronteras que la Ley no puede cubrir. Como todo, requiere de una concienciación mayor sobre el respeto mutuo, sobre el trato y la consideración hacia los demás, hacia el otro sexo y en ese saco entramos todos. No en pocas ocasiones asistimos a brotes “esquizofrénico-amorosos”, a desvaríos neuronales y reacciones violentas escudadas en “calentones” justificados por un falso amor que, si bien se predica, realmente no existe. Es algo tan básico que casi parece surrealista decirlo: No hay amor ni cariño que lleve al maltrato. Obsesión, posesión, control, egoísmo, o inseguridad, entre otras “mechas”, pero nunca amor.

    No existe excusa posible, y no sólo me refiero por parte de quien maltrata, sino por parte de quien sufre el maltrato. Afirmaciones como: “Él no es así”; “sólo ha sido una vez”; “antes no era así, algo le debe pasar”; y un largo etcétera, son pronunciadas en demasiadas ocasiones. Al mínimo atisbo de violencia lo mejor es alejarse y, si con la distancia no basta, 016. Tres números muy sencillos: 016.

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    Las redes sociales juegan un papel importantísimo en este tipo de situaciones. La libertad que proporciona la “intimidad” de internet es una fuente inagotable de celos y paranoia. Se tiende a intentar controlar todo cuanto hace la pareja, hasta el punto de requerir claves, leer las conversaciones ajenas, los contactos, todo. Y aquí precisamente la locura es mutua. Porque sí, el hombre maltratado también existe, aunque no sea noticia. En los últimos años han sido 30 los hombres que murieron a manos de sus mujeres. El maltrato al hombre suele retroalimentarse del maltrato a la mujer. Si el hombre se vale de su posición de “superioridad física”, la mujer se vale de su posición de “privilegio jurídico”, pues, ¿quién va a creer que una chica de 45 kilos abofetee a todo un tío de 80 kilos y que este no haga nada para defenderse?

    Coacción, chantaje. El hombre es consciente de su situación de vulnerabilidad, pues (justamente tras años de someter a la mujer) la Justicia ampara al bien más necesitado de protección, el más frágil, aunque esta legítima protección esté siendo utilizada como arma arrojadiza por ciertas “mujeres”. Han proliferado las falsas denuncias de malos tratos, de agresiones, de daños morales. Muchas veces basta con la intención de poner fin a la relación para que comience toda una secuencia de maldiciones y amenazas. Igualmente, ante esa sumisión, lo más lógico, lo más seguro, es tomar distancia y denunciar. No siempre es una tarea sencilla. Reiteradamente, las amenazas suelen incluir en la “oferta” el daño sobre los hijos comunes y ahí todo se complica mucho más.

    Aun así, obviar una realidad de estas dimensiones no ayuda a nadie. Todo nace de uno mismo. Todo nace de gritar: ¡BASTA!

    Debemos educar a nuestros menores en el respeto a la intimidad ajena. En el respeto físico hacia los demás. Debemos tomar consciencia nosotros mismos de que nadie es posesión de nadie. Quien de verdad te quiere siempre te dará la oportunidad de equivocarte, quien trate de evitarlo, probablemente, no te esté protegiendo sino, más bien, jugando sus bazas para beneficiar a su propio interés plagado de miedos e inseguridades. Es necesario apoyarse en la familia, en los amigos, en aquellos que de verdad te aprecian. Es necesario reaccionar, pues seguir nadando río arriba sólo depara la victoria de la corriente y, sinceramente, no creo que ahogarse sea una elección viable para nadie.

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