En ocasiones, me paro un momento, y el sempiterno pepito grillo de la conciencia me asalta, recordándome que quizá, antes de abandonarme alegremente al comentario de cualquier conducta ajena, debería darle otra vueltecita, hasta que se me pase. Puede que mi circunstancia y posición me desacredite para opinar sobre según qué temas. Si a eso le añadimos que tengo tendencia a no saber muy bien en el día que vivo, y que por conyuntura profesional a veces me paso días y días sin hablar en persona con nadie que no sea mi familia más cercana, quizá se entienda que se me presente la duda. Sin embargo, si por otra parte considero la amplia variedad de personajes que arrojan sus opiniones indiscriminadas, sin el menor fundamento o estudio, o con él, pero haciendo de su capa un sayo, ajenos a cualquier atisbo de sentido común, en redes, canales y portales, llego a la conclusión de que yo, desde esta esquinita que me regalan temporada tras temporada los chicos de Morón Información, con mi lupita en la mano, tampoco es que vaya montar ningún sindiós ni nada de eso, y eso que suelo caracterizarme por no ir mucho con la corriente, en general. A lo sumo, que nos echemos unas risas esos que me mandan what´s apps para comentar la columna, o alguna que otra reflexión más seria, cuando toca.
Así que me voy animando yo sola, y cuando me doy cuenta, empoderada por el mismo ímpetu que otro día me hubiera arrojado al abismo del desánimo y la sequía productivo-literaria, me aventuro a por la primera Lupa de la temporada.
Esta va de tetas,y de culos. He mirado en el archivo y ya en 2023 hubo otra Lupa en la que había tetas. En aquella ocasión fue una cantante, quién para regocijo suyo y de su público, se desprendió alegremente de su vestimenta y aireó sus pechos al viento. Aquello creó un poco de revuelo entre los más conservadores de cada casa. De culos no recuerdo ninguna, pero siempre hay tiempo.
Esta vez lo de las tetas y los culos va por la noticia veraniega aquella de que una señora osó despojarse de la parte de arriba del bikini en una piscina municipal de un pueblo y por poco se la llevan presa. Como suena. Hasta se tuvieron que presentar la alcaldesa del lugar y la Benemérita, que no me digan que no se presta el caso al chiste fácil: se me ocurren un par de redacciones del atestado que podrían ser curiosas. Durante un par de días los tertulianos diseccionaron el suceso como si les fuera la vida en ello, pero recuerdo dos detalles que escuché en la radio, y que a pesar de que mi atención divagaba entre lo que oía, el trabajo, y un par de galaxias más allá -como casi siempre-y que me llamaron poderosamente la atención.
Lo primero fue que entre el revuelo que se causó por la conducta de la señora -temeraria como ninguna en estos tiempos de desorientación para las libertades-, se planteó como defensa que “otras lucían las nalgas” sin que se les llamara la atención. Y claro, no tuve más remedio que darle la razón. De un tiempo a esta parte, desde que a las Kardashian y a otras jaquetonas patrias les dio por poner de moda los cuartos traseros, aquí no hay quien viva sin ver al menos un culo diario, donde sea: piscina, playa, calle o sección de yogures del Mercadona, que para eso el tanga, las mallas de culera semitransparente y las calzoncitas por encima de la parte mollar del pompis son las banderas de la nueva generación sin distinción de sexos. No han ganado más en la vida los entrenadores personales y digitales por programar ejercicios para tener un pandero torneado y firme. Total, que al final puede que en vez de una cuestión moral fuera más una cuestión de moda, que a saber si la señora tenía el pecho caído y triste y se corría el riesgo de desgraciar la magnífica exposición de culos trabajados en escaparate público.
Lo segundo me dejó un poco más perpleja. Resulta que por lo visto el motivo de la frustrada denunciante -que es aquella “Persona que pone en conocimiento de la autoridad competente la comisión de unos hechos que pueden ser una infracción o delito” y digo frustrada porque al no haber norma en contra, tampoco hubo delito- para erigirse en la paladina -sí, la palabra existe- de la infancia, la moralidad, el decoro, recato y todo lo pacato que pudiera encontrar alrededor, es que sentía ofendida. Por las tetas. Al aire. Le he dado vueltas, la verdad. Y se me ocurren una buena ristra de motivos por los que alguien en esa posición se puede sentir sorprendida, desplazada, incómoda, presionada, pero aún no he encontrado ninguno por los que pueda estar ofendida. Ofender, según la RAE, es “humillar o herir la dignidad o el amor propio de alguien”. Lo mismo es que como me hago mayor pierdo facultades de discernimiento, y hay alguien a quien sí se le ocurre alguna razón por la que una señora tomando el sol sin la parte de arriba del bikini, ofende.
No voy a entrar en si esto es, porque lo parece, otro ejemplo más de nuestra acogida silenciosa de la tan anglosajona doble moral, porque es de general conocimiento que ellos siempre han sido más de culos que de tetas -me acuerdo ahora de aquel episodio en el que todo un señor fiscal general del estado, allende los mares, ordenó cubrir con una cortina una estatua del Espíritu de la Justicia porque tenía un pecho al aire- y nosotros lo mismo adoptamos Halloween que ir bebiendo café por la calle mientras vas a paso ligero con una gorra y unas mallas metidas en el ojete.
Al final puede que sea solo una muestra más de que a la sociedad se le está yendo la olla con tanto conservadurismo de pose, o quizá tenga que ver con eso de los problemas con la compresión lectora, que, como la teta, guarda relación con el origen de las cosas.




