La moronense Carmen Espejo lleva su música al sur de Senegal de la mano de “MusicClap” y la asociación Baolar

    “La solidaridad es la ternura de los pueblos” decía la poetisa nicaragüense Gioconda Belli. Una capacidad humana de dar a quien lo necesita y que, en estos tiempos de egoísmo descarado, es el principal baluarte de nuestra humanidad.

    Hay quien no se lo piensa y coge las maletas y se planta en la otra parte del mundo para ayudar a los necesitados. Los carentes de alimento, los que padecen enfermedades, a los que están sin un techo donde cobijarse…

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    Carmen Espejo Vázquez es una moronense que decidió llevar a un rinconcito de África lo que mejor sabe hacer: su música. Pero no porque no la tengan. De sobra es conocida la riqueza musical y cultural del continente africano. Sino para acercarles otros estilos, otras modalidades y otros instrumentos a los que normalmente no pueden acceder. Y por eso, porque es solidaria y porque la música le apasiona, Carmen ha vivido una de las experiencias más gratificantes de su vida. Ocurrió hace algo más de un mes en Casamance, una humilde región al sur de Senegal.

    Carmen, de 37 años, es una profesional de la música. Flautista en la orquesta Sinfónica de Triana, profesora de música y miembro de la Fundación Barenboim-Said. Una vocación que le viene desde la cuna, miembro de una familia de músicos. Artista con muchas tablas y apasionada del flamenco, especialidad de la que actualmente está cursando un máster. Una vida dedicada disfrutar y hacer disfrutar con lo que mejor sabe hacer.

    Hace unos meses le plantearon el reto de viajar hasta el país africano junto a sus tres compañeras de MusicClap, un grupo didáctico que recorre diferentes centros educativos de la provincia de Sevilla, y también de Huelva. A través del contacto de una de las componentes, Helena Cuaresma, la asociación Baolar, quien lleva años actuando para mejorar la calidad de vida de la región de Casamance, les ofreció llevar hasta allí su proyecto de “Músicas del Mundo”, y no lo dudaron.

    “No es un viaje de lujo, tienes que querer hacerlo, y yo tenía muchas ganas de hacer algo así. De hecho, había mirado la posibilidad de cooperar con alguna ONG. Lo que no me iba a imaginar poder llevar allí nuestra música y los conciertos didácticos que hacemos a nuestros niños”, explica Carmen.

    El objetivo de Baolar no es solo ayudar a cubrir necesidades llamadas “básicas”. Un pilar fundamental de la asociación humanitaria es promover proyectos culturales, abrir la mentalidad de los habitantes de la zona, que conozcan otras formas de expresarse, otras culturas y contribuir a un necesario cambio de mentalidad. Temas como el medio ambiente, los derechos de la mujer, la misma emigración que azota al país… “Desde la cultura se producen los principales cambios. Y en los años que lleva allí Baolar, ellos notan como los jóvenes ya van teniendo otra mentalidad”.

    Casamance

    Las cuatro músicas aterrizaron en la vecina Gambia y de ahí más de dos horas en coche hasta Oussuye donde tenían su “base”, un pueblecito de la región senegalesa de Casamance, famosa por su “teranga” (hospitalidad). “Allí choca todo, desde el paisaje muy verde, el buen estado de la carretera, aunque solo hay una, o que todo el suelo es arena de playa. Me llamó la atención la sensación de libertad absoluta, entre el caos y la frescura. Aunque caótico nos puede parecer a nosotros. Ellos tienen su orden de hacer las cosas” explica la moronense.

    “Me he encontrado gente súper amable, a la que le gusta su tierra, sus costumbres, y quieren estar allí. El hecho de venir a Europa es porque quieren mejorar su situación y buscar oportunidades que no tienen allí. Pero ellos están enamorados de su tierra. Ellos tienen una imagen idealizada del europeo. Yo les tenía que explicar que nosotros somos europeos, pero del sur, y ni mucho menos estamos aquí como ellos piensan”.

    Carmen se encontró un país abierto, amable, seguro, “allí dejan las puertas de sus casas abiertas, como pasaba aquí no hace tantos años”. «Un país que quiere abrirse al mundo y que en muchos aspectos, no coincide la imagen en cierto modo precaria que solemos tener sobre toda África entera, y África es muy grande. Aunque si es verdad que, muchos aspectos son muy diferentes a los que vivimos aquí”.

    Para mí lo más duro ha sido comprobar la sanidad que tienen allí. Ese es uno de sus puntos flacos. Por lo que me comentaban, hay mucha dificultad de encontrar medicinas y productos sanitarios, y los que hay son muy caros”, cuenta Carmen.

    La universalidad de la música

    Carmen Espejo asegura que su experiencia ha sido “inolvidable”. “Es impresionante el respeto a la música, al teatro, a las artes… me ha impactado. Los niños se podían pasar horas y horas sentados, callados, atendiendo, implicados… Están muy presentes y aprenden muy rápido”.

    En sus conciertos de “Músicas del Mundo”, cada componente representaba a un lugar diferente, introduciendo a los pequeños los instrumentos y canciones del lugar. También la indumentaria. Había una ataviada con ropas asiáticas, una nativa americana, la africana (curiosamente) y la europea, en este caso Carmen, quien tiraba de sus raíces y vestía un traje de flamenca que “les llamaba mucho la atención”. “Esos conciertos, debajo del árbol del mango, se me quedarán para siempre”.

    En Oussuye llevaron a cabo varios conciertos didácticos en colegios y el orfanato con el que colabora la asociación Baolar. También hicieron otros conciertos didácticos en un pueblo vecino, Diakane Uolof.  Pero no solo hubo tiempo para tocar. Una de las visitas realizadas en sus 15 días de estancia fue a la isla de Cachouane, “una isla muy especial así como su gente. En esta isla, aunque de manera más informal, compartimos mucha música con los jóvenes que viven allí. Nos enseñaron muchos ritmos y danzas y nosotros aportamos también nuestra música”, explica Carmen.

    Finalmente, vuelta a Oussuye y visita al pueblo de Kafountine donde “seguimos recibiendo clases de danza y percusión de nuestros amigos”.

    Festival en Ziguinchor

    Además de los conciertos didácticos, MusicClap participó en el Festival de Teatro Intercultural Beneen Yoon, en la ciudad de Ziguinchor. En este caso las cuatro músicas aparcaron su faceta docente y ofrecieron un repertorio musical que maravilló a los presentes. “Allí nos reencontramos con amigos músicos de allí que colaboran con la asociación Baolar en su proyecto de teatro y deporte. Tuvimos la tremenda suerte de poder compartir escenario con ellos, mezclar el cajón flamenco, el violín, la flauta, el bendir, las voces con los yembés, sus ritmos y danzas. Fue uno de los momentos más significativos y más mágicos del viaje”.

    Del viaje Carmen Espejo se queda con “la luz de su gente, sobre todo los niños, y con todo lo que nos han enseñado a nivel musical y cuánto nos han aportado estos amigos, con los que nos estamos planteando nuevos proyectos que podremos llevar a cabo si la burocracia nos lo permite. A ellos, como a la asociación Baolar les  estaremos eternamente agradecidos”.

    Como reflexión final, Carmen explica la base de la solidaridad comprobada desde su propia experiencia. “Uno va con la idea de dar, pero lo cierto es que trae mucho más de lo que lleva. La música da mucho pie a compartir de verdad, y es algo realmente indescriptible el poder tocar con gente, que parece a priori que debe sentir tan diferente porque su ritmo de vida es muy diferente, y es algo realmente mágico, sentir cómo esos sentir diferente entran todos en la misma órbita y vibran al mismo compás”.

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