“La introducción a la igualdad y otros esputos al ego machista”, por Rafael Fernández Osuna

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    BannerRafaLlevo muchos “simulacros” de artículo dedicados a la igualdad y no encuentro la forma de suavizar ni encauzar jurídicamente tanto asco. Sí asco, no hablo de contrariedad ni de “malestar”, digo asco, suavemente, por edulcorar otras emociones menos decorosas para un artículo.

    Por todo ello (además de lo extenso del tema), he decidido iniciar este bloque sobre la igualdad con esta pequeña “historia” de un sábado cualquiera, en un lugar cualquiera.

    Érase una vez un chico. Era un chico normal y joven en un tiempo actual. Estudiaba en la Universidad. Amaba la vida y amaba su vida. No era demasiado lanzado, ni espontáneo, tampoco demasiado popular. Era simplemente normal, aunque ganaba interés con una buena camisa y un par de copas.

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    Tenía una pandilla de amigos, su cuadrilla, con la que le gustaba salir a bailar y hablar de sus cosas. Siempre robaba alguna mirada o alguna sonrisa de las chicas con las que se cruzaba en los bares y discotecas, no tenía pretensión alguna, pero aquél interés le halagaba. Como a cualquier persona, aquél sentimiento o aquella percepción sobre su atractivo le resultaba agradable y positivo pese a, como ya he dicho, no albergar pretensión alguna. Ese chico normal, al finalizar la noche, volvía sólo a casa. Se detenía en su portal con un equilibrio dubitativo, mientras repasaba cada uno de sus bolsillos en busca de sus llaves. Al cuarto intento, sin que nadie le incordiase, introducía la llave en la ranura del portal y, sin más, otra noche de su juventud había expirado.

    Érase una vez una chica. Era una chica normal y joven en un tiempo actual. Estudiaba en la Universidad. Amaba la vida y amaba su vida. No era demasiado lanzada, ni espontánea, tampoco demasiado popular. Era simplemente normal, aunque ganaba interés con buen vestido y un par de copas.

    Tenía una pandilla de amigas, sus “hermanas”, con la que le gustaba salir a bailar y hablar de sus cosas. Siempre robaba alguna mirada o alguna sonrisa de los chicos con los que se cruzaba en los bares y discotecas, no tenía pretensión alguna pero aquel interés le halagaba. Menos agradables eran ciertos comentarios o expresiones que, involuntariamente también despertaba, pero eso era lo “normal” y no podía hacer nada. Como a cualquier persona, aquél interés respetuoso le halagaba, pero llegadas ciertas horas empezaban a incomodarle ciertas actitudes de los que la rodeaban. Decidía ir al baño a descansar un poco del acoso del “pesao de atrás” acompañada de su amiga y fiel escudera. Al volver seguían allí –otro de los que creen que no es que sí, pensaba- y tras unos minutos albergando una milagrosa rendición, dan la noche por imposible y deciden volver a casa. Tras el viaje en taxi se despide de sus amigas y, con paso firme y decidido, vence al alcohol para dirigirse al portal sin demasiado entretenimiento. La llave tintinea en sus manos, mientras escucha los pasos a su espalda. Acelera un poco para tomar distancia, pero el cambio de ritmo también la acompaña. Alguna risa se escucha a su retaguardia, no quiere mirar hacia atrás y el portal ya se le escapa. Los comentarios cambian de tono y ella empieza a sentir como el pulso se le dispara, se acercan cada vez más y  la “puta” llave no culmina su entrada, los tiene encima cuando al fin cede la cerradura. Rápidamente se adentra en el hall y cierra tras de sí, no sin recelo. Una noche más, una noche que llega casa, aunque le jodan el sueño. Se tumbará en el sofá mientras le cuenta a su novio que ha llegado a casa y que todo ha ido bien. Porque al final que vaya “bien”, es llegar a casa “entera” aunque sea con miedo. Tras un par de bostezos y pasado el susto, decide ir a la cama y, sin más una noche más de su juventud, su vida no había expirado.

    Dos chicos, un joven y una joven en una noche cualquiera de un lugar cualquiera. Me gustaría saber dónde está la igualdad entre aquéllos que viviendo sobre el mismo portal llegan a su casa por igual, uno sin temor y otra pensando que quizás no pueda volver jamás.

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