“La inquilina”, por Luis Manuel Sosa Suarez

    Tuve la suerte de tener una infancia feliz. Muy feliz. Mi familia y amigos tuvieron gran parte de culpa. Quizá por eso sea una persona terriblemente nostálgica, aunque mantener el recuerdo a cierta distancia también me entusiasma y me resulta necesario.

    Con el paso de los años ese tesoro ha ido aumentando, y además de agrandar la familia con la llegada de mi mujer y mi hija, el círculo de amigos ha ido creciendo. Sigo siendo feliz.

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    Os comento esto porque hace unos días volví a coincidir con un viejo amigo. Luis Manuel Sosa Suárez. Luisma, para los amigos. Carnavalero histórico (sin insignia de oro, por cierto) de este pueblo y un tipo al que adoro. Hacía bastante tiempo que no coincidíamos y tuvimos que ponernos al día. Además de actualizar nuestro registro, era inevitable hablar del pasado. Rememoramos los veranos en Cádiz, las rutas a conciertos, nuestros ratitos para componer canciones que han quedado en un cajón olvidadas, las parrandas de juventud donde no existía la resaca, ni los problemas…

    Hasta que recordamos, dada la proximidad de Halloween, una historia que siempre me contaba en verano. A la luz del fuego, cada noche, acabábamos hablando de leyendas urbanas. Aquello sucedió por primera vez en Los Caños, y desde entonces se hizo rutina cada verano. Algunas historias eran graciosas, otras nefastas. Pero había una… Había una que siempre me ponía los vellos de punta. Le pedí que la escribiera. Aquí os dejo el resultado…

    “La inquilina”, por Luis Manuel Sosa Suárez…

    Era una tarde soleada, aunque fría. Carlos e Irene seguían su periplo para encontrar una casa más grande que su pisito, ya que su inminente maternidad les hizo buscar algo que tuviese al menos dos habitaciones.

    Después de cuatro horas y media y unas seis casas visitadas, cansados decidieron que era hora de volver. Fue entonces cuando Irene vio algo en una fachada: “Se vende”.

    – Mira, Carlos. ¿Y si echamos el último vistazo?

    Carlos la miró con cara de cansado.

    -Irene… ¿otra…? Volvamos a casa…

    Irene insistió…

    -por faaaa…

    -Vale -dijo Carlos-, pero la última ¡eh! Estoy deseando llegar a mi enorme y confortable piso -ironizó.

    Era una casa vieja y descuidada.  Un pequeño porche, un jardín con mucha hierba, y un triciclo descuidado que parecía que tenía 20 años.

    -¿Qué crees, cariño?

    -Será la nuestra -respondió Irene sin pensarlo.

    Carlos rió.

    Llamaron al timbre. Después de casi dos minutos, Carlos miró a Irene…

    -No hay nadie en casa.

    Irene insistió y llamo de nuevo. Finalmente la puerta se abrió. Salió una niña pequeña,  de no más de 8 o 9 años. Pelo largo, tez blanca, y una blusa beige que casi le llegaba a las rodillas.

    -¡Hola! -dijo la pequeña.

    -Hola, preciosa, ¿cómo te llamas? –Preguntó Carlos-. ¿Están tus papis en casa? –prosiguió.

    -No, mis padres casi nunca están –respondió casi de memoria -. Me llamo Ana –añadió.

    -Mira, Ana, es que hemos visto el cartel de se vende – explicó Irene sonriéndole.

    -Vamos, Irene, otro día vendremos… Sus padres no están –interrumpió Carlos.

    -¡Jo! –resopló entre dientes- Venga, está bien –finalizó Irene con tristeza.

    -Yo os la puedo enseñar… –se adelantó de nuevo la pequeña Ana.

    -Pero, querida, sin tus padres no podemos entrar. Además no deberías dejar a gente extraña pasar. ¿Entiendes? –Insistió Carlos en un tono más serio y contundente.

    -¡Yo soy ya mayor! –Respondió Ana-.  Encima mi casa es muy bonita.

    Irene, notó una sensación extraña. Una pulsión instintiva. Algo que la empujaba a ver la casa. Quizá el presentimiento maternal de que era esa la elección correcta. No hacía falta nada más.

    -Venga vamos –lanzó nuevamente Ana, que agarro la mano a Irene tirando casi de ella hacia el interior.

    -¡Pero sus padres no están! –gritó Carlos mientras miraba a su chica-. ¡No quiero meterme en un lío, joder!

    -No pasa nada –añadió Ana.

    Irene lo miró, encogió los hombros, y decidida se adentró junto a la niña hacia la casa.

    Finalmente Carlos aceptó a regañadientes.

    Era una casa grande, con techos altos y algunas cristaleras de colores. Muy parecidos a los de las iglesias. Un patio con enormes macetas secas, una cocina diáfana con polvorientos muebles viejos y un diminuto aseo. Cuando terminaron, subieron a la planta de arriba. Los escalones de madera crujían al subir por el tiempo. Aquella parte constaba de tres habitaciones más.

    -¡Es perfecta! Una más por si viene después un hermanito –celebró Irene.

    El lugar olía a carcoma. Entraron en las dos primeras habitaciones, las cuales también tenían muebles viejos.

    -Menuda reforma hace falta -pensó Carlos.

    Justo cuando iban a entrar a la tercera habitación la encontraron cerrada.

    -¿Está cerrada? –preguntó Irene.

    -¿Puedes abrirla, Ana? –inquirió Carlos.

    La pequeña miró a Carlos y de forma tajante contestó…

    -Está cerrada con llave. Mi mamá la tiene escondida.

    Carlos extrañado volvió a preguntar.

    -Ana no te preocupes, cuando volvamos y hablemos con tus padres, ellos nos la enseñarán.

    -¡No! ¡No! Mi mamá no va a querer! –gritó la pequeña asustada mientras daba varios pasos hacia atrás…

    A Irene se le pusieron los pelos de punta sin saber por qué. Trató de tranquilizarse y se excusó pensando que quizá eran cosas de críos.

    -Bueno ¿nos vamos? –comentó Carlos cogiendo a su chica del brazo-. ¿Sabes? ¡tu casa es muy chula! -añadió mirando ahora a la niña-. Estamos contentos con ella, ¿mañana estará en casa tus papis para hablar con ellos?

    -No lo sé -dudó Ana.

    -Cuando vuelvan dile que estuvimos aquí. Mañana volveremos, guapísima -explicó Irene a Ana sonriendo.

    La pequeña Ana no contestó.

    Cuando casi salían por la puerta la niña les preguntó…

    -¿Os gustaría vivir aquí?

    -Claro! Nos encantaría -confesó Irene alegre.

    Ana dejó de sonreír y cerró la puerta.

    -Vaya parece que no le ha gustado tu respuesta –dijo Carlos sonriendo…

    Al día siguiente la pareja volvió a la casa. Carlos llamó a la puerta. Esta vez abrieron pronto. Salió Una mujer de unos cincuenta años, con el pelo casi blanco, muy desmejorada y seria.

    -Hola ¿qué desean? –preguntó extrañada.

    -Buenas tardes, queríamos hablar sobre su casa –contestó Carlos.

    Tras varios segundos la mujer contestó…

    -Pasen se la enseñaré.

    Carlos le interrumpió explicando que ya la habían visto y que les había gustado. Explicó seguidamente que estaban un poco preocupados por acceder a la vivienda sin el permiso de sus padres. La mujer, sorprendida, les contestó.

    -¿Ayer? –dudó frunciendo el ceño- Se equivocan de casa, ayer yo no estaba aquí, y mi esposo estaba trabajando así que es imposible que hubiese alguien aquí.

    -Discúlpeme pero mi marido dice la verdad -añadió Irene extrañada.

    -¡Ayer no había nadie en casa! –zanjó la mujer de forma tajante -. ¡Se equivocan de casa he dicho!

    Carlos, entonces, empezó a hablar y a describir la casa. La mujer cada vez más sorprendida no entendía nada.

    Hasta que el chico, en su descripción, llegó a la habitación cuya puerta estaba cerrada. Y donde la niña aseguraba que se podía abrir.

    -¡Quiénes son ustedes! ¡Fuera de mi casa! ¿Cómo entraron? ¿Son ladrones? ¡Fuera o llamaré a la Policía! –gritó desesperada la mujer. Su enfado y preocupación subían a cada segundo.

    Irene en ese momento gritó.

    -¡Fue Ana! ¡Su hija! -cálmese, sabemos que no debimos entrar, pero ella insistió. Lo sentimos mucho.

    La mujer estaba fuera de sí…

    -¡Cállense, por Dios! ¡Fuera de aquí!

    En ese justo momento cayó al suelo desmayada…

    Carlos intentó reanimarla. Al cabo de unos segundos la mujer abrió los ojos.

    -Mi bolso. Deme mi bolso. Está encima de ese mueble –balbuceó mientras Irene se acercaba hacia él.

    -Tranquilícese, no somos malas personas. De verdad –trató de explicarse Irene.

    Fue entonces cuando la mujer sacó una foto arrugada. Desgastada por el tiempo. En ella salía una niña…

    -¡Esta! Esta es la niña -exclamó Irene-. ¿Es su hija no?

    La mujer aterrada y llorando les contestó

    -Es imposible… Ana murió hace diez años. La puerta de la que hablan está cerrada por un motivo. Era su habitación…

    A Carlos el corazón le empezó a latir descontrolado. Irene temblaba tanto que no podía articular palabra. Poco a poco la mujer se incorporó.

    -Estaba enferma y murió… Murió… –añadió mientras lloraba desconsolaba.

    -Pe…pe… pero era ella.. –masculló Irene aterrada.

    Carlos la agarró de la mano mientras sudaba por todo su cuerpo.

    -Vámonos, por favor. Vayámonos aquí…

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