«Y yo me iré como el humo al aire / que no podrá volver / Me haré un tornado dulce, un perfume, una piel / Seré mi propio padre y así voy a aprender / que irse es volver a volver»_ (Gabo Ferro. 2013. Volver a volver. En La primera noche del fantasma).
Hace nueve años ya de la primera llamarada. Nueve años, de los primeros hilillos de agua brotando de la piedra y volando al vacío buscando belleza. Nueve años de sendero labrado letra a letra. Y una temporada más, el sendero prosigue su curso.
Aún quedan chispazos para tratar de alumbrar y gotas para compartir. ¿Que por qué, si, al fin y al cabo, la opinión de uno no es más que una mera reflexión que bien podría quedarse adentro, sin dar la brasa a los demás? Pues por eso mismo, para reflexionar, cultivar e intentar aprender en comunidad. Por ello vuelven antorchas y manantiales.
Y ya que estamos, de vuelta tras un verano agitado acerca de tantos asuntos que colorean el debate público (más otros tantos que deberían hacerlo), he aquí un adelanto.
Por una parte, vuelven las antorchas porque la ciudadanía de Morón vio cómo en julio y agosto se planearon objetivos que en otros meses cuesta más airear. Ejemplo: una planta de biogás, con su altavoz de buscadores de dinero a toda costa, su nulo respeto por el entorno natural y su correspondiente piara de amistades peligrosas.
Vuelven porque duele en las entrañas ver que algunos parques y espacios de ocio de nuestro pueblo siguen descuidados, ensuciados y abandonados.
Vuelven porque cabrea la falta de voluntad institucional (y de civismo por parte de algunos paisanos/as) para que el entorno del Río Guadaíra luzca como merece.
Vuelven porque daña el alma comprobar cómo, con el paso de las décadas, languidece esa conciencia social que plantea que la Sierra de Esparteros vuelva a pertenecer a su gente y se desquite, de una vez, de las garras que se la adueñan desde hace ya demasiado, cual si se tratara de la maceta de un jardín privado.
Vuelven porque, por increíble que parezca tras años de admirable lucha y logros que son referentes, las trabajadoras/es del SAD siguen topándose con infames trabas.
Y vuelven para mojarme en asuntos delicados sobre los que, en mi opinión -para eso es mi columna-, no siempre se discute con total honestidad. Ejemplo: chirrió que la concentración de vecinos/as el pasado 2 de septiembre en la Plaza del Ayuntamiento (y las de otras localidades a lo largo del país) se amparase en el término ‘solidaridad’ cuando, en realidad, escenificó una protesta (legítima) contra el Gobierno central por su papel en la crisis de Ceuta (gestión tardía, sin duda, y cuestionable en lo comunicativo, aun entendiendo lo complejo de la situación). Más bien, pareció una excusa para lanzar variados insultos y tesis algo retorcidas en torno a esto y lo otro (Ceuta, ya, quedó en segundo plano). Y más aún, resultó un señuelo ultraderechista para vociferar contra supuestas ‘invasiones’… ¡Invaqué? ¿Invasores que llegan con una muda, rogando algo de agua y un bocata? ¿Invasores que tras ser atendidos por enfermeros/as han de dormir en palés bajo plásticos? ¿Miles de chavales e incluso madres con sus bebés son invasores? ¿Invasores a los que “hay devolver a sus países”, aunque ello sea inhumano y viole las leyes españolas y del derecho internacional? ¿Invasores arrojados a otro territorio por parte de un Estado (Marruecos y aliados) que los usa/n como carne de cañón? ¿Gritar que el ejército haga qué? A ver…, ¿no será que algunos ven la pobreza como razón validante para tildar a otros de invasores?… Quizá faltó una argumentación más profunda en esa concentración ‘solidaria’. Faltó recordar que, ante todo, hablamos de una crisis humanitaria, y que apoyar a Ceuta es pedir que las administraciones y las fuerzas y cuerpos de seguridad provean de seguridad y tranquilidad tanto a los vecinos/as de Ceuta como a las personas migrantes necesitadas de cobertura provisional, comida, sanidad, espacios dignos habilitados o servicios mínimos; y que se proteja a cientos de niñas/os que llevan semanas durmiendo en la calle, expuestos a peligros varios (como agresiones sexuales, especialmente en el caso de ellas); y que se hubiese aplicado con mayor celeridad la ley vigente para identificar y poder ayudar a las personas menores de edad no acompañadas, a las refugiadas demandantes de asilo y protección y a las emigradas por razones socio-económicas; y que el plan económico del Gobierno no escatime en recursos para la acogida, la estabilidad de las empresas y trabajadores/as locales y el funcionamiento de los servicios públicos; y que, en base a la ley, los menores de edad sin familiares sean acogidos cuanto antes en los centros de las otras comunidades autónomas. Faltó condenar las miserables agresiones cometidas por grupos ultras llegados a Ceuta desde diferentes puntos de la península a pesar del rechazo de la población local, así como condenar el bloqueo de vehículos de ayuda humanitaria (ante la actitud impasible de algunos policías). Faltó solidarizarse con las víctimas migrantes de los agresores antes citados, así como aplaudir a las/os ceutíes que ejercen (en su caso sí) la solidaridad con la gente que lo pasa mal, que son ejemplo de buena convivencia entre ciudadanos/as de diferentes razas y credos, y que en muchos barrios son quienes voluntariamente bajan a las calles para atender a quien lo necesita. Faltó criticar a los buitres microfonados que aprovechan dramas humanos para aletear su veneno, mentir y dañar intencionadamente, enfrentar a la gente, monetizar el morbo, vender que “el odio es una opinión más” y prostituir el periodismo. Y, sobre todo, el 2 de septiembre faltó que los vecinos/as concentrados mostrasen una mijita de solidaridad real con las 145 vidas inocentes que murieron ahogadas en el mar mientras intentaban llegar nadando a una playa con la malvada intención de buscar un futuro mejor (es decir, haciendo lo que el resto haríamos si nos viéramos en una situación similar). Por lo que sea, no dio tiempo a transmitir esos mensajes en las concentraciones ‘solidarias’. Pero no pasa nada: seguro que los allí presentes mostrarán su humanidad en futuras manifestaciones en las que, además, reivindicarán su sentimiento patrio para protestar contra otras invasiones que sufre nuestro país. Ejemplos: la invasión de megarricos -extranjeros y nacionales- que, al igual que muchos bancos, desahucian cada día a decenas de familias y encarecen el precio de la vivienda a su gusto (ante la inacción del Gobierno). La invasión de compañías de alarmas y seguridad privada que, a base de incesante publicidad alertando de que te entrarán en casa, activan tu canguele para que contrates cámaras de vigilancia que no sirven de na. La invasión de políticos que están destrozando los colegios públicos y mercantilizando las universidades y la FP (estudios para pudientes y deudas para el resto). La invasión de empresas que se están haciendo de oro mercadeando con la salud de la gente y privatizando la sanidad, valiéndose de los recortes sufridos por la pública (o pagas o mueres, y si no mueres, más deudas: espacio patrocinado por seguros y clínicas privadas que te cubren poco y para las que no eres paciente, sino cliente). La invasión de ese discurso que normaliza el que todo pueda ser convertido en negocio: la infancia, el deporte, el arte, la cultura, las energías limpias, la prevención forestal, los recursos naturales, la educación, las residencias, el tiempo libre, la sanidad, la salud, el agua, la tierra, el cuerpo humano…, absolutamente todo puede ser “industria”, lo cual aterra. La invasión de tertulianos y «creadores de contenidos» bien untados para despotricar de las pensiones públicas. La invasión de partidos políticos plagados de integrantes muy bien remunerados que se oponen a que el currante gane más, a que trabaje menos horas, a que tenga derechos sindicales, a que pida bajas médicas… La invasión de organizaciones orgullosa y abiertamente racistas/neonazis que, gracias a los bulos en Internet y a las granjas de bots viralizando sus campañas, hacen de sus cínicos núcleos nacionales todo un septiembre (un noviembre, mejor dicho). La invasión de supuestos cristianos que pisotean las ideas de su profeta Jesús e izan la cruzespada de la católica Inquisición. La invasión de matones que agreden a humoristas, artistas o activistas, y de youtubers e influencers que incitan a la violencia escupiendo discursos xenófobos, islamófobos, homófobos o tránsfobos contra músicos o deportistas (delitos de odio y discriminación flagrantes, pero no para ciertos jueces…). La invasión de ‘gente de bien’ que tiene a trabajadoras latinoamericanas cuidando de sus padres todo el día a cambio de dos duros y sin darles de alta, así como de terratenientes e ilustres apellidos que explotan a jornaleros temporeros (sobre todo, si son africanos/as) en campos de Andalucía, Extremadura o Murcia. La invasión de un lenguaje inflamado e inflamable cargado de belicismo, obsesión por las banderas, exaltación de lo propio, deshumanización del ‘otro’, burla del ‘diferente’, justificación de la guerra y eufemismos para tapar el lucro a toda costa. La invasión en Andalucía de una programación de la RTVA que no deja de ‘asombrarnos’ por su creciente y anacrónica apuesta por contenidos sobre santos, pelis del Oeste (vaquero bueno, indio malo), pelis españolas de los 60 y 70 (bien amables con los valores del régimen) y, cómo no, muuuchos festejos taurinos… ¡Viva la ¿cultura? audiovisual andaluza! La invasión de casos de abusos sexuales contra niños/as por parte de eclesiásticos. La invasión de machirulos ibéricos que no paran de acrecentar las cifras de ese terrorismo sistémico llamado feminicidios. La invasión de ricachones súper patriotas que evaden impuestos y/o directamente tributan fuera de España. La invasión de voces que despotrican de los impuestos y del Estado, pero bien que disfrutan en su día a día de todo tipo de servicios sanitarios, educativos, culturales, redes de alcantarillado, medios de transporte, telecomunicaciones, coberturas sociales, mejoras para sus barrios y un largo etcétera GRACIAS a los impuestos recaudados. Y así, muchas otras invasiones que hoy sufre España y contra las que, por patriotismo, seguro que los/as asistentes a las concentraciones del 2 de septiembre se manifestarán próximamente. Seguro que sí…
Y en cuanto a los manantiales, vuelven porque hay mucho a lo que cantar, muchas historias y relatos que plasmar, y trayectorias y eventos que reseñar, y personas a las que conocer, y campos que sentir, y olivas que coger, y momentos que atrapar, y suspiros que abrazar, y manos que unir, y poemas que leer, y oxígeno que inspirar…
Vuelven porque el teatro moronero vive un momento dulce, así como nuestro Carnaval revive de nuevo, con la cantera de unos, las peñas de otros y las alegrías de ambos.
Vuelven porque hay chavales/as que rapean sin miedo, deportistas que superan barreras, acontecimientos que la memoria no olvida, discapacidades rendidas a las capacidades, risas indomables, cometas que no sucumben ante bombas colonizadoras, lealtades de cuatro patas, verbenas en las que disfrutamos juntos, besos de madre…
Vuelven porque, a pesar de tanto mal agüero y tanta mala leche, hay que creer en la juventud y hay que escuchar a las sabidurías más veteranas.
Vuelven porque esta ventanita para la escritura también va sobre crear.
Vuelven porque es mucho mayor la cantidad de buena gente en el mundo.
Vuelven porque se están cociendo en nuestro pueblo algunas ideas e iniciativas (artísticas, cooperativistas, asociativas, etc.) que, cuando sean paridas, harán del nuestro un lugar más esperanzador.
Vuelven por esas amistades, y por esas golondrinas que están por llegar, y por esos nuevos mares a los que arribar, y por las utopías que hemos de perseguir…
Vuelven porque el valor de uso es mucho más importante que el valor de cambio.
Y vuelven por otras muchas pamplinas que pululan por la azotea de quien aquí redacta.
En fin, que quedan antorchas y manantiales pa’ rato. Las primeras, para no callar. Las segundas, para crear. Porque, aunque los humos se vayan con los aires, al final, uno aprende que irse es volver a volver. Por coherencia personal y, especialmente, colectiva. Por lo que significa colaborar. Y, sobre todo, por una cuestión de compromiso.





