«Triunfar en la vida no es ganar, sino levantarse y volver a empezar cada vez que uno cae»_(Pepe Mujica, floricultor y político uruguayo).
Prefacio:
Hace ya más de una semana que terminó la vorágine de discursos, debates, encuestas, conexiones en directo con colegios electorales, urnas preñadas de sobres, conteo de votos, celebraciones (unas sinceras, otras forzadas), caretos largos, reflexiones (unas honestas, otras interesadas)… Todo eso ya pasó, y pasó su resaca inmediata. Estas líneas no van sobre eso. Son otra cosa. Otro tipo de resaca, ya a semana pasada. No son una crónica de lo que sucedió en las elecciones a la Junta de Andalucía. Tampoco son un análisis de resultados. Son, no más, una sensación. Una mera sensación. Y como a veces resulta complejo tratar de explicar lo que se cree/se siente (desde luego, más difícil que explicar lo que se cree/se sabe), vamos a probar con una puesta en escena teatral. Teatro breve, con apenas dos actos descriptivos y un epílogo. A ver qué tal.
Acto 1:
Muchas escenas se solapan, unas delante, otras detrás, estas arriba, aquellas abajo, al centro y pa’ dentro, cual orgía tragicómica. Entre las más destacadas, están:
Escena 1: Señores -y alguna que otra señora- encorbatados, adinerados, dueños y accionistas de seguros médicos privados, de clínicas aún más privadas y de hospitales todavía más privatizados, celebran un fiestón por todo lo alto, riendo a carcajadas, lanzando fajos de billetes por las ventanas, descorchando botellas de champán caro.
Escena 2: Una mujer de clase social humilde, en situación vulnerable, se inclina con actitud sumisa ante un joven de familia pudiente. Él la mira con desprecio. Ella lo felicita y le dice que ha apoyado su candidatura en el pueblo. Él responde: “Qué menos, con lo mucho que hacemos por vosotros… Y ahora, ¡vuelve al tajo!”.
Escena 3: Tres hombres sentados a la mesa. Uno es un señor blanco, sesentón, muy rico, con traje de chaqueta reluciente, disfrutando de un plato rebosante de galletas recién horneadas que acaba de traerle una sirvienta cansada por llevar todo el día sin parar de trabajar para él. Otro es un hombre de unos cuarenta años, obrero, con su casco puesto y la ropa cubierta de polvo, mirando la única galleta que le han dejado en su platito. El tercero es un joven de unos 20 años, negro, recién llegado a la mesa, con las manos llenas de tierra tras haber estado recogiendo frutos en el campo, sin plato ni galletas, solo migajas. De repente, el señor rico, tras comerse cinco de sus galletas, tira el resto, ordena que le traigan más y le dice al obrero: “Tú eres de los míos, así que hazme caso: ten cuidado con el extranjero este, es peligroso, viene a quitarte tu galleta”.
Escena 4: El presidente de un gobierno autonómico ‘otrora bastión socialista’ sonríe y agradece su reelección en el cargo. En voz baja suelta: “La hemos liao… ¡Ay, kilómetro sur!”, mientras aparenta celebrar. Su iPhone recibe un WhatsApp: “Aquí el emporio Quirón Salud. ¿Cuándo abrimos otra mega clínica con el dinero de tus votantes, que parecen no enterarse de que sus familiares tendrán que esperar cada vez más tiempo para curarse? Ah, y enhorabuena, afable Juanma”. El presidente lo lee y piensa: “Ea, pues nada, a recortar aún más personal y recursos de ambulatorios, residencias, dependencia, SAE, colegios o bomberos, y a contentar a mis amigos del taco”.
Escena 5: En otra sala, decenas de personas celebran también, aunque en un tono diferente, como más cargado. Aquí abundan las patillas gordas, los abrazos entre terratenientes, los vídeos de toros agonizando frente a héroes toreros, banderas españolas, banderas iguales pero con aves de color negro, banderas blancas con la cruz de Borgoña, puros humeantes, puños americanos “listos para cazar moritos y antifas”, abogados cristianos borrachos de placer, vidas laborales con pocos días cotizados, y estampitas de ídolos como Francisco, José Antonio, Benito y Adolf. “Hemos crecido poco, pero somos la llave del gobierno”, gritan.
Escena 6: Los votantes de quienes festejan en la escena 5 repiten sin parar: “¡Prioridad nacional!”, cambiando, a veces, la c por la z. Da igual lo que se les pregunte, como si es la hora: la respuesta es, una y otra vez, esas dos palabras. Hasta ahí llega la reflexión.
Escena 7: Conversan tranquilamente un empresario de renombre, un policía y un juez. El empresario alza la copa para brindar: “España es lo importante. ¡Pero sin impuestos, claro!”. El policía responde: “Lo más difícil de infiltrarme en aquel movimiento social fue aparentar que deseaba un mundo más justo”. El juez bromea: “¡Se sienten, coño!”. No es un chiste, sino un día más en la oficina.
Escena 8: Dirigentes de un partido socialista que históricamente había dominado en las elecciones de ese territorio y que supuestamente había siempre defendido los intereses de la clase trabajadora, siguen mirándose, unos a otros, tras más de una semana mudos, sin decirse nada, sin entender qué carajo les está pasando, sin atreverse a vomitar toda esa bola de pelo autocrítico que se les acumula en la garganta pero que nadie quiere empezar a expulsar. “Así nos va…”, admite la mayoría, aferrándose a una rosa mustia.
Escena 9: A la izquierda de los anteriores, el garaje en el que han quedado representantes de tres mil quinientos cuarenta y seis partidos que defienden lo mismo pero a los que no les sale muy natural el estar juntos, recogen sus mochilas y vuelven a dispersarse, saliendo cada uno por puertas diferentes, sin llegar a una conclusión clara. “Ya, si eso, a la próxima hablamos…”, se despiden todos.
Escena 10: Varios medios de comunicación recogen con agrado las escenas anteriores, vendiendo pluralidad y rigor todo el rato. Mucha “pluralidad”. Mucho “rigor”. Y vendiendo mucho. Hay decenas de cadenas de tv, emisoras de radio y medios escritos, pero las informaciones y análisis de unos y de otros son calcados. Pura casualidad…
Escena 11: En medio de toda esta orgía escenográfica, un grupo numeroso de personas figura al fondo, sin recibir miradas ni focos. Es el 35% del plantel. Ni más ni menos. Un montón de peña llamada a dar su opinión sobre el resto de la obra, pero que no quiere o no puede hacerlo. Abstención, se llaman. Y casi nadie se pregunta por qué tanta gente interpreta ese papel. Como si no interesase escuchar sus voces. Como si no fueran importantes.
Escena 12: Se apagan las luces, se queda todo a oscuras y, unos segundos después, un único foco apunta a una pancarta en la que puede leerse: “Si es verdad que errar es humano, nadie podrá negarle a esta sociedad el mérito de haber alcanzado un nivel de humanidad realmente asombroso” (Quino). Y ahora sí, cae el telón.
Acto 2:
Una única escena: Se avanza por un túnel oscuro y ruidoso, con ecos de las escenas del Acto 1. Al final del túnel se atisba una luz. Al fin, y a pesar de tanto, una luz. La luz se hace más grande, y varias voces en off entonan que no es tiempo para la resignación, pues crece un grito de honestidad, reivindicación, alegría, sencillez, empatía e identidad andalucista. No es un grito nuevo, lleva años fraguándose, mucha gente currándoselo poquito a poco. Es un grito que emerge de la gente de abajo, la de la calle, la de los andamios, las fábricas y los campos, la de los movimientos sociales y los colectivos de barrio, la de los sanitarios/as y los/as docentes de la pública, la de los sindicatos de estudiantes y los espacios ocupados con arte y activismo comunitario, la del canto punk, flamenco o carnavalero, la de los grupos de acogida y las plataformas de inquilinos, la que no mira el grosor de las carteras ni el lugar de nacimiento en los DNI, la de los medios alternativos y no de masas, la de las iniciativas cooperativistas y de autogestión, la gente normal y corriente, la que viene de la mayoría de currelas. Quizá sea una luz momentánea, espontánea, furtiva. Pero también puede que sea la luz al final del túnel. Por lo pronto, es una luz de color verde omeya, colores arbonaida, con vocación de integrar y de ayudar a otros muchos colores. Y los gritos que la sustentan solo piden ser escuchados: intentan demostrar que con verdad, programa y optimismo, y sin grandes sumas de dinero ni jefazos mandando desde Madrid, es posible mejorar e ir adelante con nuestra tierra. Sobre todo, si esa tierra es Andalucía.
Epílogo:
No hay, como tal. El epílogo de esta obra lo conforma el público. Hay quienes se ilusionan con lo que apunta el Acto 2 pero acaban sucumbiendo ante las múltiples escenas del Acto 1. Y también están quienes, tras no entender cómo es posible que hoy se vivan las escenas del Acto 1, se motivan y se inspiran con la escena del Acto 2.
La obra termina, pero el epílogo del domingo electoral está aún por encontrar su forma. El público asistente a la representación lo irá esculpiendo a diario, decantándose por un acto o por otro, manteniendo unas escenas o atreviéndose a asomarse a la luz de la escena final. Son los días de la ciudadanía.




