«El amor consiste en encontrar a alguien con quien compartir tus rarezas»_ (Rosa Montero, escritora).
Hay historias de amor que son únicas. Ya sea por lo inverosímil de su origen, por lo rocambolesco de su desarrollo o por lo simpático de su día a día. Pero únicas, al fin y al cabo.
Eso mismo piensa Luna, tan dada a lo místico, lo mágico, lo que trasciende la lógica. “Ciertas cosas no se pueden explicar. Al menos, en lo relacionado con las pasiones humanas”, suspira al mirar cada noche desde el balcón, ensimismada y durante horas, hacia la homónima bola beige que flota en el estrellado telón de fondo.
Luna vive con su pareja, Estela, que es más de vivir en la Tierra, razonarlo todo e intentar encontrar conexiones empíricas antes que sucumbir a la atractiva tentación de las supersticiones. Luna sabe cómo buscarle las cosquillas: “A ver, dime cómo es posible que, llamándonos Luna y Estela, hayamos acabado juntas. ¿En serio crees que es solo casualidad?”. Tras resoplar y antes de responder, a Estela no le queda otra que pensar: “Joder, qué caprichoso es el destino… ¡Con la de nombres que hay!”.
Luna, que es panadera, se pasa las horas leyendo, escribiendo, escuchando la radio, viendo series, películas, documentales, haciendo deporte en el parque… Es muy de inspirarse en reencuentros imposibles, de soñar con viajar más allá de la realidad (“¡Estela, tienes que ver el Striking Vipers de Black Mirror!”), de emocionarse con la belleza (“El San Junípero de esa misma serie es el mejor capítulo de todos los tiempos”) y de apostar por los finales felices. Por su parte, Estela le recuerda que “yo no tengo ni un minuto para pensar en las musarañas: cobramos poco, el horario de camarera me tiene loca, me está costando horrores aprobar la carrera y, encima, no sé cómo logro cuadrarme con el capullo de mi ex para recoger a mi hijo”. Vano intento de dramatizar, porque, cuando así argumenta, se lo pone en bandeja a Luna: “¡Ay, pobrecita, la mala suerte te persigue! Y a pesar de todo, aquí estás, en la gloria conmigo, porque soy lo mejor que te ha pasado en la vida, y lo sabes”. Estela siempre acaba sonriendo con el tono socarrón de su novia.
Cuando están con más gente y les preguntan cómo se conocieron o qué les gusta de la otra, Luna es capaz de levitar y dejar embobados a quienes estén con ellas en ese momento. Sus anécdotas y relatos son puro ingenio: “Conocí a Estela cuando ella compaginaba tres curros: relojera de planetas por las mañanas, veterinaria acuática por las tardes y catadora de cerveza por las madrugadas. Luego, coincidimos en una marcha del Orgullo y me hizo rabiar, porque llevaba una pancarta mejor que la mía: mi pancarta decía A quienes nos odiáis por ser ‘así’, uníos a nuestra manifa y luego nos adoraréis; en la suya ponía Por todas las abuelas que no pudieron mostrar lo que sentían, y, claro, la mía caló, pero la suya lo petó. Poco después volvimos a coincidir, en este caso en un casting para modelos de pies, y me enamoré. De sus pies y de ella. Me encanta lo guerrera y lo versátil que es. En los últimos años ha sido testadora de sofás, telonera de Chavela, navegante de alfombras voladoras, cartera entre nubes, mecánica de corazones, doctora de tímpanos caprichosos, dibujante de perfiles abisinios, archivadora sonora de pujidos, campeona mundial de guiso de espinacas con garbanzos, profe ayudante de Lengua (le flipa explicar la diferencia entre enunciados analíticos y sintéticos, o entre documentólogo y documentalista), profe titular de lengua (bien lo sé yo…), especialista en versos de Valeria Luiselli (Los eufemismos esconden, borran, recubren / conducen a tolerar lo inaceptable y, tarde o temprano, a olvidar. / Contra un eufemismo, la memoria. Para no repetir), tatuadora de caminos que se hacen al andar, malabarista a tiempo parcial e incluso escultora de utopías. Hoy, además de camarera, estudiante y madre, es miembro del grupo del barrio que recoge voluntariamente basura del bosque, presidenta electa de Marte, portavoz de la Atlántida, protectora de algarabías, cuentista vespertina, dobladora de lluvias nocturnas y, lo mejor, repartidora anónima de libros por casas ajenas. ¡Bueno, y una amante fabulosa!”.
Estela no sabe dónde meterse cada vez que Luna suelta de las suyas, especialmente si le da por recitarlo mientras toca la guitarra, cual trovadora medieval. Y cuando, ya pasados el rubor, el jolgorio, las risas y los brindis propios del momento, toca la réplica, Estela es mucho más escueta: “No sé cómo ni por qué, pero me quedé prendada de ella… Lo admito: esta tía es la caña”, claudica finalmente.
Así son ellas y así es su historia. Dos astros bien diversos. Dos caracteres muy diferentes. Dos luces de distinta intensidad. Y, sin embargo, dos sentires complementarios. Dos mochilas cargadas de rarezas dispuestas a ser compartidas. Dos modos de vivir unidos bajo el mismo arcoíris. “Es caprichoso el destino”, reflexionaría Estela. “Caprichoso y, a veces, inmejorable”, contestaría Luna. Dos formas de mirar, pero una misma manera de mirarse.




