“Huerta tiene que dimitir”, por José Carlos Valverde

    Me apetecía mucho tornar por estos rincones digitales. Es una paradoja, horrible por cierto, que el foco intermitente de esta cabecera textual, “Hablemos”, haya estado apagado y en silencio durante algunas semanas. A veces la agenda presiona demasiado y cortocircuita la luz de la entrada, apagando este, mi/nuestro, rincón para el debate. Pero hoy, si pasan hasta el fondo y se sientan a leer estas líneas, comprobarán que la luz interior vuelve a estar más viva que nunca. Sean de nuevo bienvenidos, y bienvenidos los nuevos.

    Siempre he tratado de alejarme de los corsés (casi siempre sin éxito), por eso he llegado a la conclusión de que las denuncias sociales son similares a las muestras de solidaridad. La gran mayoría son a la carta y eso es algo espantoso. Sin embargo quiero pensar que la base es bien distinta. Las dos acciones deberían tener una sola cosa en común, carecer de “apellido”. Por ejemplo y para que me entiendan, no concibo que el hambre y la legalidad vayan sujetas a ideales, razas… Si un tipo roba es un ladrón, si alguien tiene hambre hay que darle de comer. No hay más. Soy de los que prefieren recoger alimentos para los más necesitados, incluido tu vecino del quinto, que cargar un camión de alimentos solo para oriente. Porque ambas penurias me duelen en el mismo lugar y de la misma forma.

    En cuanto a la corrupción hay mucho todavía por escribir y sentenciar. Con toda probabilidad seguirá así algunos lustros, o quizá décadas más, independientemente de las intenciones ideológicas, las mal llamadas líneas editoriales de los medios de comunicación, esas que pretenden a toda costa sacar los trapos sucios de los demás y tapar los de su corrillo de camaradas.

    No me sorprende nada la noticia que ha estallado en la mañana de hoy sobre el recién nombrado ministro Màxim Huerta. Un tipo que me cae bien, y al que por cierto defendí en su nombramiento ante la masa que lo crucificaba y linchaba por no ser del gusto deportivo. Al parecer, este señor, defraudó a Hacienda algunos cientos de miles de euros a través de una sociedad. La corrupción no entiende de bandos. Fijaos, igual que sucede con el hambre.

    Más allá de los pretextos que el periodista ha puesto sobre la mesa para defenderse, es casi imposible, y demasiado frustrante, comprender y aceptar la normativa para acceder al empleo público en este país. Curiosamente si un ciudadano comete un delito, jamás podría conseguir alguna plaza para el funcionariado. Sin embargo si alguien defrauda a Hacienda, sentencia inclusive, puede llegar a capitanear un ministerio. Desde luego fallan demasiadas cosas en nuestro sistema.

    Por otro lado el presidente de Técnicos del Ministerio de Hacienda (GESTHA), Carlos Cruzado, explica el fraude fiscal que cometió Màxim Huerta entre 2006 y 2008. El ministro de Cultura ha justificado en los medios que hubo “un cambio de criterio” del Ministerio de Hacienda. Cruzado explica por qué ese cambio no fue tal diciendo lo siguiente:

    “…Máxim Huerta lo que hace es utilizar una sociedad y fingir en definitiva que ese servicio lo prestaba a la sociedad cuando lo estaba realmente prestando el actual ministro de cultura.  La sociedad se utiliza solamente para evitar el pago del impuesto sobre la renta, tributando a un tipo menor el impuesto de sociedades y además incluyendo gastos que no se corresponden con la actividad. Gastos personales. Esto es lo que hace la Agencia Tributaria, incluir esos gastos que se habían deducido por unas cuantías importantes y desde luego trasladar al impuesto sobre la renta las cantidades que en realidad llegó a cobrar…

    Entre los años 2006 y 2008 deja de ingresar algo más de 200.000 euros, según la Agencia Tributaria, y esto sumado a los recargos por intereses de demora y la sanción correspondiente supera los 350.000 euros.

    Viene diciendo que hay un cambio de criterio y que fue lo que forzó esa sanción. En realidad jamás ha existido un cambio de criterio, nunca se ha podido utilizar una sociedad de esta manera…”

    Huerta tiene que dimitir. Y él lo sabe. Lo sabe mejor que nadie porque, entre otras muchas cosas, conocía sus antecedentes y trató de saltarse sus obligaciones.

    Según El Confidencial, y después de acceder a las dos sentencias del Tribunal Superior de Justicia de Madrid (TSJM) emitidas en mayo de 2017,  “la conducta del sujeto infractor [Màxim Huerta] es culpable y que la buena fe o inexistencia de culpa, presumida por la ley, queda destruida por la prueba de que ha actuado, cuando menos, negligentemente, con el resultado de eludir el cumplimiento de sus obligaciones fiscales tributarias en perjuicio del erario público”.

    Desde luego mantener en sus filas a Màxim Huerta no parece una buena carta de presentación para un gobierno que ha enarbolado la regeneración democrática como estandarte ético de su política. Ya veremos que sucede en los próximos días. De momento el presidente del gobierno no se ha pronunciado, pero al parecer Huerta no dimitirá.

    Lo cierto es que cada minuto cuenta, y no corren buenos tiempos para las especulaciones. Pablo Iglesias lo ha manifestado pidiendo la dimisión del ministro. Ya conocemos de sobra el final de los tramposos, que es el mismo para los cómplices. Esos que tratan de tapar a los malos y empecinarse en una finita huida hacia delante por mantener el poder. Lo cierto y verdad es que, tarde o temprano, los que miran al lado contrario de la corrupción acaban, afortunadamente, fuera de la Moncloa.

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