“Escribir en Carnaval”, por Antonio M. Morales

    El carnaval no se entiende si no se sitúa justo en frente del poder, para viviseccionarlo sin contemplaciones y encontrar así las causas de sus patologías.

    O al menos eso creo.

    Parto de una afirmación del ético inglés Richard Henry Tawney, quien asegura que “los fundamentos del poder varían de una época a otra, con el cambio de los intereses que motivan al ser humano y de los aspectos de la vida a los cuales tales seres humanos atribuyen una importancia preponderante. Fuentes de poder han sido la religión, el valor y el prestigio militar, la fuerza de las organizaciones profesionales, el control exclusivo de ciertas formas de conciencia …”

    Esos fundamentos de poder, que varían de una época a otra pero que siempre echan el ancla entre una religión decadente y una patria anquilosada, son a todas luces susceptibles de cuestionamiento, puesto que si adoptamos una actitud servil es posible que hundamos los pies de nuestra comunidad en el fango de un pensamiento único y globalizador. Y en ese sentido considero que el carnaval, cuando no le enseña los dientes al poder, sea este del signo que sea, está completamente desvirtuado y se convierte en otra cosa, que no tiene por qué ser mejor ni peor, pero que no es carnaval.

    Si tomamos en consideración algunas de las propiedades de la cultura carnavalesca, según el filósofo del lenguaje Mijaíl Batjín, encontramos que la burla hacia las instituciones establecidas se erigía como una de las primeras y más evidentes manifestaciones del género. Cuando se trataba de las instituciones religiosas, las sátiras de carnaval no dejaban títere con cabeza.

    En el carnaval, las jerarquías tienden a ser abolidas. El universo de igualdad se expande ad infinitum. El rico puede disfrazarse de pordiosero, aunque normalmente sucede lo contrario. Las relaciones sociales se quiebran, y durante un breve periodo de tiempo las personas conviven en un plano de igualdad, si bien es cierto que amparadas tras la máscara.

    La semiótica Angélica Corvetto lo explica mejor que nadie cuando sentencia que “el carnaval es un espacio y tiempo de excepción, donde las categorías se anulan, las diferencias se allanan. Lo alto se degrada, lo bajo se eleva, lo rico se hace pobre, la miseria se enriquece, el villano y el noble se igualan. La lógica es burlada y la locura reina. Basado en la anulación de las distancias, de la medida, del miedo, respeto y etiqueta, el carnaval produce una atmósfera de caos, irrealidad, paroxismo grotesco que lo constituye en un hecho altamente estético”.

    Siempre se me ha antojado que la situación ideal de un autor de carnaval es el exilio, pues aunque su mismo hermano fuese el alcalde, estaría obligado a enmendarle la plana. Digo más: aunque él mismo ostentase el poder, estaría condenado a romper los espejos a puñetazos. El carnaval no acoge a los autores complacientes. Un autor de carnaval tiene que estar siempre más cerca de Lorca que de Queipo de Llano, y ha de encaminar más sus pasos a las cunetas que al altar. Un poeta de carnaval vive más en el conflicto que en la placidez; cualquiera podría pensar que estoy diciendo que hay que escribir desde un ideario político determinado. No. No se trata de eso. Rafael Alberti, cuando escribió la elegía cívica “Con los zapatos puestos tengo que morir”, puso los puntos sobre las íes. Afirmaba que aquella elegía fue el principio de toda su poesía comprometida aun cuando él todavía era demasiado joven como para tener un ideario político definido. Sus palabras ilustran con claridad lo que intento explicar:

    “A mí me gustaría hablar del mar, que tanta alegría me ha dado siempre, del mar límpido y puro, incontaminado, libre de navíos de guerra; del cielo claro, con estrellas, sin necesidad de saber que se ve cruzado por aviones que lanzan bombas y llenan la tierra de muertos, el aire de gritos lacerantes. Éste es el drama. Despertamos por la mañana pensando que el mundo es bello, un mundo en el que la gente es buena, las relaciones humanas perfectas, o cuando menos civilizadas, y de pronto te das cuenta de que nada de ello corresponde a la verdad, en la situación en que estamos, en el estado en que se halla el mundo”.

    ¿No podríamos aplicar las palabras de Alberti a la escritura de un repertorio de carnaval? Bajo mi punto de vista, está claro que sí.

    Según Batjin, “la seriedad es autoritaria, y se asocia a la violencia, a las prohibiciones y a las restricciones. Esta seriedad infunde el miedo y la intimidación”. Precisamente de esos dos polos es necesario que huya un autor de carnaval: no es lícito tener miedo para decir lo que se piensa, pero tampoco lo es provocar el miedo con lo que se dice. Y a estas alturas de la película, no se nos puede escapar la importancia de cuidar siempre el lenguaje, porque la crítica al poder no solo se ha de ejercer contra las instituciones religiosas y políticas, sino que también se debe practicar  contra el lenguaje sexista y patriarcal. Y por supuesto tampoco se nos puede escapar que el abordaje de la temática religiosa, política y lingüística entra de lleno en el territorio de la autocrítica y de la introspección, puesto que todos hablamos y nos relacionamos con los demás adoptando roles que tienen que ver con las normas sistémicas.

    Nos queda mucho camino por andar a los autores de carnaval para depurar nuestro lenguaje de palabras ofensivas, como aquellas que se producen contra las opciones sexuales de las personas, por poner tan solo un ejemplo que me parece sangrante.  Quizás uno de los terrenos que menos hayamos abonado en la fiesta de Eros sea el de la sexualidad. Las bromas que atentan contra la identidad sexual denigran a la fiesta, y es preciso cambiar esta realidad de una vez por todas. El escritor Andrés Sorel da en el clavo:

    “Lo de homosexual o heterosexual son conceptos reaccionarios, propios para ser utilizados como insultos por quienes al fin empezaron su carrera como delatores o censores. Machismo impulsado por la herencia judía que marca nuestra historia. Demos al sexo lo que es del sexo, es decir, su completa libertad. El sexo debe ser íntimo, pertenecer a cada uno, ejercitarse sin cortapisas de ninguna índole ni violencias como las que impone, en la publicidad, en la ley, en el uso, en la historia, en las costumbres, nuestra sociedad. Combatir los prejuicios es difícil cuando están alentados por una industria del ocio agresiva y reaccionaria”.

    Creo que deberíamos aplicarnos el cuento y no ser consentidores de ningún tipo de discriminación. El carnaval no puede formar parte de esa industria del ocio que estigmatiza al que ejerce libremente sus opciones vitales. Y ese lenguaje que muchas veces hemos utilizado para provocar la risa fácil debe evolucionar hasta infundir la risa liberadora e inteligente de la que hablaba Julio Vélez en su antológico pregón de carnaval.

    Llegados a este punto, las palabras de Sorel me parecen sumamente esclarecedoras como punto de partida para elaborar un repertorio con aspiraciones a calar en la sensibilidad colectiva:

    “Siempre la enfermedad, la diferencia, son consideradas enfermizas por quienes nacen y mueren en la auténtica enfermedad: la de la vulgaridad, la corrupción, la fealdad. Recordad a Nietzche. Repasad la lista de los creadores, esa inmensa minoría de quienes fueron considerados locos o conducidos al suicidio. Y aquellos que por rebeldes – rebeldes contra el feísmo, las ideas retrógradas, la autocracia – son condenados, encarcelados, torturados o simplemente silenciados. Desde Jesús, el de Nazaret, a Lorca, el de Granada”.

    Por supuesto que todo lo dicho hasta aquí no debe erigirse como dogma de fe, porque si algo tengo claro es que un autor de carnaval debe ser libre para elegir desde dónde quiere escribir su repertorio. El pueblo soberano lo colocará en su sitio cuando las letras ya no le pertenezcan.

    Y eso sucede en contadas ocasiones.

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