ENTREVISTA_ “Moroneando sobre… Crónicas maestras, con Juan José García López. Parte I”, por J.D. Vidal Gallardo

Juan José García López, Cronista Oficial de Morón de la Frontera
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*En entrevistas y reflexiones anteriores: https://moroninformacion.es/entrevista-moroneando-sobre-_-melodias-con-alma-con-carmen-espejo-vazquez-parte-iii-por-j-d-vidal-gallardo/


<<No se entendería Morón de la Frontera sin la figura de Juan José Gª López>>, comentó hace unas semanas una vecina, a colación de un artículo escrito por nuestro protagonista de hoy en este mismo medio. Y no se me ocurre mejor forma para empezar a repasar su huella.

Extensa es la historia de nuestra villa. Copiosos los episodios de su milenaria existencia. Celtas, visigodos, romanos o musulmanes son algunos de los pueblos que han dejado su ADN en nuestra tierra. Prolíficos los ejemplos en diferentes facetas y áreas que han parido nuestras calles para sembrar un poquito de la ciudad del Gallo allende las fronteras. Pues bien, buena parte de todo ello lo ha explicado de inequívoca manera (¡sigue haciéndolo!) Juan José.

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Hombre humilde, de incuestionable dignidad e integridad, no especialmente amante de la pompa, nuestro cronista oficial merece el agradecimiento eterno de Morón (¡le guste o no a usted, maestro!). Persona de recorrido vital apasionante, enamorado precoz de los libros, hábil silbador, periodista como la copa de un pino, de escritura deliciosa… Ejemplo a seguir para quienes hemos desarrollado -o seguimos haciéndolo- cualquiera de esos senderos. Dialogar con García López es pegarse un chute de respeto y recorrer la idiosincrasia de nuestros barrios. Y como privilegiada es su memoria, eternas serán a buen seguro sus anécdotas y recuerdos, además de sus pensamientos.

Hoy reflexionamos sobre no pocos temas con quien hace 84 veranos y pico nació en el barrio de Santa María, estudió en los colegios El Castillo (“entonces llamado Franco”) y Padre Manjón (“por razones de supervivencia”), fue carpintero aprendiz, pasó por escuelas particulares, arribó a la Banda Municipal de Música (fuente de enseñanzas para él), aprendió -autodidacta- inglés, declamación o radio… Y lo mejor de todo: tras esos periplos, hoy sigue viendo la vida con tal curiosidad (“la de siempre”) que emociona.

Sirvan estas líneas de modesto homenaje a su vida y obra, por cuanto significa para nuestro municipio y por lo que es como persona. Reconocimiento sencillo, cariñoso, lo que todo él suscita. Seguro estoy de que más tributos (más completos, de mayor enjundia) tuvieron y tendrán lugar. No busca este rivalizar con ellos, sino, al contrario, sumarse: toda admiración por la que se le reconozca es de justicia y valor más que justificados.

J. D. Juan José, la lucidez es algo que, en el fondo, ansiamos alcanzar y perpetuar todos los humanos. Usted es portador de ella, no hay más que escucharle o leerle. Así que, antes de nada, dígame qué he de hacer para, cuando tenga su edad, conservar esa facultad: la de estar tan activo y al tanto de la actualidad.

Juan José: Eso será cosa de la madre naturaleza. Yo he sido un individuo enfermizo desde que nací, por lo tanto no me he podido extralimitar en nada. Tan solo me arrepiento de haber fumado tanto (un paquete al día) desde los 13 hasta los 72 años, de ahí la máquina que hoy me suministra el oxígeno que mis pulmones no pueden ya generar. Lo que sí te digo es que si yo no fuera un empedernido curioso, ganado por la incontestable afición a la escritura, creo que ya la habría diñado.

J. D. (Ea, pues ya tenemos la receta). Llevo más de 15 años viviendo fuera de Morón, así que tengo mi propia opinión sobre lo que voy a preguntarle, pero me interesa mucho más saber la suya: ¿qué se conoce más de nuestro pueblo en otros lares: la leyenda del Gallo, el flamenco, la aceituna de mesa…?

Juan José: Supongo que El Gallo se lleva la palma. El que tengamos una estatuilla dedicada al Implume se debe a la cantidad de curiosos que venían preguntando por él. De todas formas, en la América hispanohablante será el Gallo; en la norteamericana será la Base Aérea que tenemos aquí al lado y de la que ahora dicen “de utilización conjunta» (pero que conste que la aviación española estaba antes en ella, desde 1942); por el flamenco se nos conocerá más en el Japón; y lo de la aceituna de mesa está muy repartido. Pero por lo que yo creo que se conoce más a Morón es por una hablilla que le dicen a su gente desde el siglo XVI: «Los de Morón, como son son». Y no olvidemos la cal, que tanto blancor, limpieza e higiene esparció por las edificaciones de Andalucía y medio Magreb, y que en nuestros días es valor inmaterial de la Humanidad.

*(En el siguiente enlace podemos escuchar a Juan José explicando la leyenda del Gallo durante la emisión de un programa de Radio Sevilla en nuestro pueblo con motivo de la celebración de la Feria, en 1972: https://www.youtube.com/watch?v=16QONV-DoNk).

J. D. Sobre la aceituna de mesa: El paisano Óscar Gª Jurado, doctor y divulgador de Economía, da buena cuenta en su libro El capitalismo en carne y hueso. Las aceituneras de Morón de la Frontera (Planta Baja, Baladre y Zambra, 2009) del papel crucial que desempeñaron las trabajadoras de la industria para que Morón se convirtiera en productor de referencia mundial desde los años centrales del S. XX. Qué generaciones las de aquellas mujeres, y menudo sacrificio el suyo…

Juan José: Las aceituneras están muy arraigadas en el pensamiento y la copla de los moronenses. Se les tiene mucho respeto. He ahí el monumento levantado por la oficialidad en una de las avenidas del Pantano, el barrio obrero de Morón, con una artística recreación que plasma a la aceitunera de los años 50.

J. D. ¿Cuán bueno -o no- es nuestro pueblo para reivindicar trayectorias que sí han sido muy seguidas en otros términos? Tres ejemplos: ¿Conocemos los moronenses lo suficiente acerca de Cristóbal Bermúdez Plata, Julio Vélez Noguera o Juan Antonio Carrillo Salcedo? Sí, el tiempo es sabio pero, caray, quizá debiéramos regarlo más a diario para no esperar a rescatar más adelante lo que pudiéramos admirar hoy…

Juan José: Quizá la figura de Cristóbal Bermúdez Plata, con el transcurso del tiempo y desaparecida de Morón la élite que le dio vida y fama, puede que esté algo apagada. No obstante, la Biblioteca Central de la ciudad lleva su nombre. Julio Vélez sigue siendo muy admirado, cuando no idolatrado por una buena parte de moronenses. Tiene concedido el nombre de una calle en La Milagrosa. Y Juan Antonio Carrillo Salcedo, el querido profesor por todos, y para la oficialidad Hijo Predilecto, tiene un instituto de enseñanza secundaria a su nombre y es Medalla de Oro de la ciudad.

J. D. Esto ha de quedar entre usted y yo: ¡Puedo viajar en el tiempo! No sabe la de cosas que he conocido gracias al Anacronópete que en su día ideara Enrique Gaspar y Rimbau (me adelanté a El Ministerio del Tiempo, a H. G. Wells, etc.). El caso es que puedo trasladarme a todas las épocas pasadas de cualquier lugar…, ¡a excepción de Morón! Y he pensado que nadie mejor que usted para contarme, a grandes rasgos, cómo fue nuestra villa en el último siglo…

Juan José: El Morón de la posguerra era gris y frío: no lo pasó bien la gran mayoría de los trabajadores. No obstante, una vaga señal de progreso del hambre lo colmaba todo. El atisbo industrial existente no acababa de remontar el vuelo: un ferrocarril funcionando diariamente desde 1864, una fábrica cementera desde 1922, diversas industrias de materiales de construcción (cal, ladrillo, yeso, media decena de cantarerías), las carpinterías mecánicas previas al aluminio, los ebanistas y, sobre todo, la construcción de la base aérea americana (1954-1960). Morón llegó a tener más de 32.000 habitantes. La carencia de agua potable impidió que los americanos levantaran su barriada donde estaba previsto. De haber sido así, Morón se habría “rotarizado», como ocurrió con la instalación de la Marina en aquella ciudad gaditana.

En la década de los 70, un impulso social se apoderó cuando los sindicatos, desde el oficial y Vertical hasta los clandestinos, y los partidos políticos en ciernes (todavía no autorizados) tomaron este pueblo como plaza propiciatoria para la protesta por el estado de cosas que había que cambiar. Son datos que corroboran los sucesos de este tiempo, que fueron muchos y convulsos: en el Colegio del Llanete se fundó el Sindicato Obrero del Campo (SOC); la prensa nacional llamó a Morón la Euskadi andaluza, y en uno de los enfrentamientos con la Guardia Civil, una estudiante resultó gravemente herida; la Iglesia Diocesana de Sevilla surtió a las parroquias de Morón con sacerdotes progresistas (los ‘curas obreros’ los llamaba el pueblo, y los ‘curas comunistas’ los que temían por la institución eclesiástica). A todo ello siguió una importante emigración, por el paro en la década de los años 60/70, y el censo de Morón bajó en diez mil habitantes.  

J. D. Vaya años convulsos… Aunque para turulato, el mundo de hoy. Si alguien le hubiera pronosticado hace unas décadas el taco gordo que en estos tiempos está provocando un virus, usted habría dicho que…

Juan José: … demasiada higiene y profilaxis para haberse imaginado esto, en un tiempo en que las personas se duchan a diario, usa papel higiénico, pasta de dientes y todas esas cosas que hay ahora. Pero sospechábamos que la suciedad que estamos depositando sobre este planeta nos podía pedir cuenta algún día, nunca de la forma que ha explotado… En una camiseta litografiada leí recientemente: PLASTIC OR PLANET.

J. D. Cambio de marcha. Me gustaría ahora ir, poco a poco, virando hacia facetas más centradas en usted, y lo haremos dando pequeños brincos temporales hasta acabar hilando un dibujo personal y entrañable. Pregonero de la Semana Santa, del carnaval, de la Feria, Rey Mago, Medalla de Plata honorífica de la ciudad, una biblioteca que lleva su nombre… ¡Le falta a usted meter el gol que ascienda al equipo a Primera División!

Juan José en uno de los muchos actos que ha presentado en nuestro pueblo

Juan José: Lo de ser pregonero de tantas cosas… ¡Quizá escasea el género! Te confieso que yo, de declamación ni ‘pun’, y lo que me gusta del pregón es escribirlo, porque en el fondo soy un lírico. Lo de pronunciarlo o simplemente leerlo es casi un martirio, pero cuando la gente me interrumpe (aplaudiendo) o con el calor entusiasta del público al final, ya me entra el cuerpo en caja.

Sí, fui el primer pregonero del Carnaval de Morón en el año 79/80. Estaban todos tan eufóricos por recuperar esta vieja fiesta, suspendida por la dictadura, que yo también me enganché. Por cierto, que mi pregón resultó un fiasco. Creo que el teatro donde se celebró dobló el aforo. Comencé a leer y allí no se callaba nadie, hablaban todos. Ellos iban a oír las murgas. Yo lo entendí, así que leí 5 minutos y pegué el carpetazo inventándome un chiste concluyente. Luego, con el tiempo, a cada cosa le dieron su sitio: el pregón es todo un éxito; los pregoneros/as disfrazados, un exitazo; la presentación de las agrupaciones, otro éxito; y el pasacalles que aglutina a un tercio de la población, un auténtico atractivo, no solo para Morón sino también para los centenares de visitantes.

En 1985 hice el pregón de Semana Santa. Lo presentó Adela Escribano Carrasco, la primera mujer que ocupó el sillón de la alcaldía (en este caso, por el Partido Socialista) desde la vuelta de elecciones democráticas, en 1979. Creó el cabildo de Morón independiente de los regidores de su castillo. Aquellos fueron unos años delicados para la comunidad cristiana de Morón, en plena transformación hacia una Iglesia más abierta, menos caciquil que estuvo precedida por un grupo de sacerdotes progresistas que la archidiócesis hispalense envió a la Sierra Sur sevillana, en virtud de un sínodo influenciado por el reciente Concilio vaticano. Yo estuve muy ligado a ese movimiento, pero era corresponsal de un periódico conservador, católico y ‘capillita’. Lo que hice en el 85 fue una exhortación lírica en defensa antropológica de la Semana Santa como fiesta arraigada en este pueblo que gustó mucho. A mi pregón, que levantó expectativas, fueron ‘moros y cristianos’, pero el equipo de sonido me la jugó y estuve varias semanas explicando las metáforas. <<Es que desde donde yo estaba no me enteraba muy bien>>, decían quienes querían saber más.

En cuanto al pregón de Feria de 1986, fue una petición personal de la alcaldesa (mujer que dirige el Ayto., y no la esposa del alcalde, como dice el DRAE en su 5ª acepción). No ganaba yo entonces para las muchas colaboraciones literarias que me salían… Como me habían nombrado Cronista Oficial de la Villa años atrás (1972) y salí retratado en ‘Libro de Feria’, me llamaban para todo. He de decir que todas esas colaboraciones fueron gratuitas, incluso las del Ayuntamiento, y como mucho me dieron algún pergamino, medallas, diplomas o placas de recuerdo. La más simpática, por cierto, el diploma de la Banda Municipal de Música, de la que formé parte durante años, que me nombró ‘Músico de Honor’ de la misma. También he colaborado con esta entidad centenaria presentando conciertos especiales, como rapsoda en obras como El Quijote

Otra actividad que llevé a cabo unos cinco años fue la de delegado comarcal de la Obra Cultural de una entidad bancaria de Andalucía: la única ocasión en que cobré mis mensualidades, porque había que dedicarle tiempo a organizar actos en los pueblos de mi demarcación en la provincia de Sevilla. Por aquel tiempo, la Asociación Española de Cronista Oficiales me otorgó la Medalla de Oro de dicha institución, la cual me entregó la alcaldesa Escribano en un sencillo acto celebrado en el Ayuntamiento, junto con mis familiares y amigos.

J. D. De entre esas fechas señaladas en nuestro calendario anual, ¿ha sido usted más de disfrutar con el recogimiento del ambiente cofrade o con el jolgorio de los farolillos en septiembre? ¿Más de disfraz carnavalero o de trasnochar en las verbenas de barrio?

Juan José: Me encantan todas las fiestas y las vivo moderadamente, no así la de los toros y la del balompié, como tampoco las del deporte en general. De la feria y el carnaval me quedo con su revolución anímica. La Semana Santa fue siempre mi fiesta preferida, y aun así rara vez vestí el ritual uniforme de capirotes, unas veces porque acompañaba de acólito (monaguillo crecido) y otras porque iba en la banda de música.

J. D. A eso iba ahora, a su relación con la música. Antes de nada, no sabía yo que era usted todo un pajarito. También me paso el día entero silbando sin darme cuenta, me alegra el alma… A lo que iba: Tengo entendido que Martín Quesada rescató de las gubias y las lijas al por entonces joven carpintero Juan José, y de ahí a la banda municipal. ¡Al parecer le daba usted a muchos instrumentos! ¿Eso fue también mérito del maestro jiennense, al que ya sabemos que aprecia de manera muy especial, o se trata de una habilidad prestada por Orfeo?

Un joven Juan José tocando los timbales en la Banda de Música de Morón

Juan José: En la banda toqué varios instrumentos: de la madera, la flauta; del metal, la tuba (más de 15 años); y en percusión, los timbales. Tuve que dejar la banda con más de treinta años porque me matriculé en el instituto para estudiar bachillerato nocturno. Después vinieron otros compromisos, pero nunca abandoné mis contactos con este grupo de queridos músicos, ni siquiera cuando en algunos momentos estuvo en apuros con su patrocinador (el Ayuntamiento) y hubo que reivindicar sus derechos. Fui el primero en tomar los platillos y gritar al viento: “¡BANDA VIVA! ¡VIVA LA BANDA!”, una frase que pasó a ser coreada por los asistentes a una manifestación en defensa nuestra, y enarbolada en pancartas aquellos días, lo cual me emocionó. Mi Banda…

J. D. De hecho, no a todo el mundo se le ha dedicado una pieza musical, cosa que usted sí puede decir gracias a El Charrito

Juan José: Pues sí, un pasodoble compuesto por Óscar Román, músico saxofonista de la banda. Por cierto, la presentación de la obra fue originalísima. Se había fraguado en secreto. La banda la componen actualmente 70 u 80 músicos, y nadie me dijo ni pío en todos aquellos meses que costaría montarla. La estrenaron en el pasacalles que hace la banda en vísperas de feria. Yo me encontraba entre el público, y se me acerca el maestro Cristóbal Cárdenas, quien tendiéndome la carpetilla del repertorio me suelta: <<Dicen los músicos que partamos de aquí con el pasodoble o marcha que más te guste>>… Hojeo las partituras y leo: “‘EL CHARRITO’, pasodoble de Óscar Román”. Y allí mismo, en la Plaza del Ayuntamiento, se estrenó públicamente la obra. Me emocionó mucho. Al finalizar abracé al muchacho que la compuso y acompañé a la banda, como siempre, hasta el real de la feria.

J. D. ¡Vaya si se le quiere, Juan José! Por cierto, casi se nos queda en el tintero de aquellos años de juventud y música la librería y sus comienzos con el English language… ¿Eran muchos los moronenses por aquel entonces que se defendían como angloparlantes, o le faltó a usted poco para ser traductor de los militares yanquis?

Juan José: Eso fue influencia del director de la Banda Municipal, don Francisco Martínez Quesada, que una noche de primavera en 1954 nos alertó a los jóvenes músicos de que, según había leído en el periódico, en este pueblo los norteamericanos iban a instalar una base aérea, y que su construcción necesitaría de mucha mano de obra. Y, por tanto, quienes aprendieran inglés (que entonces me enteré yo de que era el idioma de los estadounidenses) iban a poder ocupar puestos muy bien remunerados. Algunos tomamos la palabra del maestro y estudiamos gramática inglesa. Yo trabajé en la base aérea americana del 58 al 82, en puestos en los que el idioma era lo principal.

J. D. Ya que estamos dando saltos en el tiempo, demos uno más atrás aún para cerrar este primer bloque. Usted ya dijo en alguna entrevista que vino al mundo “a escondidas”, mientras en Morón sonaban los tiros. Pero he ahí que la belleza surge donde menos se la espera uno: pienso en su infancia e imagino a un zagal cuya imaginación cultivada por su tempranero amor por los libros le hacía ver lo linda que puede llegar a ser la vida, incluso en medio de guerras y dictaduras…

Juan José: Así fue. El 12 de agosto de 1936, Morón olería a chamusquina, como muchos otros sitios de Andalucía y de toda España, y yo no pude nacer en la casa de mis abuelos, donde vivía mi madre con sus dos hermanas. Ese “nacer a escondidas” tiene su explicación: de aquella casa habían sacado los matarifes a sueldo a cuatro miembros de la familia, a unos para prenderlos y a otros para asesinarlos, como a mi tía Antoñita, hermana de mi madre, casada, con 27 años, dos hijos pequeños y embarazada de un tercero. Su marido sí fue un revolucionario destacado. Fueron a mi casa para «pasearlo», pero como no estaba y mi tía desconocía su paradero, le pegaron a ella dos tiros en la esquina de la calle Vilches. Muchos lo vieron. Al marido de otra hermana de mi madre también se lo llevaron y aún no ha vuelto. A un hermano, Antonio, con 17 años, lo quiso la Falange para pelear por esos montes y en Cabeza de Buey cayó de un bombazo. Así que viendo el panorama, mi madre no las tenía todas consigo, y una amiga le ofreció su casa para que me diera a luz.

Por eso nací en la calle de la Mina, número 2, y no donde lo hicieron todos mis hermanos, en el 1 de las Siete Revueltas, la casa solariega de los Charritos. Viví una infancia de dolor y llanto, como todos los niños de mi generación. Había una brutal escasez de todo y así aprendimos a buscarnos el sustento que nuestros padres no nos podían dar. Y lo que recuerdo que aprendimos antes de nada fue que en las conversaciones de las personas, cualquiera que fuera su edad o situación, estaba prohibido hablar mal del Régimen. Y en medio de tanta calamidad, los niños de la guerra también fuimos ‘felices’, porque a los nueve o diez años nos ponían a trabajar, de manera que de ese modo podíamos ayudar a nuestras familias… Y sí, a mí también me ayudó a sobrellevar aquello mi temprana curiosidad y amor por los libros.

    *En este punto les emplazamos hasta el próximo jueves, entre esos rayitos de esperanza que “en medio de tanta calamidad” surgían en la infancia de Juan José. Lo que se viene es fascinante. Su gusto por la historia o sus facetas como periodista o escritor vendrán a lanzarnos claves de cómo el maestro vio y aún ve las cosas, los oficios, Morón, su vida, anécdotas desconocidas, otras sabidas pero alumbradas desde su particular experiencia… Siete días les pido. Nada más. ¿Les hace? Las vivencias y reflexiones de Juan José García López, relatadas por él mismo, lo merecen.

Hasta entonces.

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