ENTREVISTA_ Juan Domínguez: “Cuando venía con la empresa por la carretera de Arahal y veía la Sierra ya me entraba un gusanillo”

Son muchos los moronenses que, por aquello de la falta de trabajo o tener que buscar un mejor futuro, en algún momento de sus vidas han tenido que emigrar lejos de su tierra. Algunos de ellos lo hicieron, como tantos otros andaluces, a Cataluña. Otros, a las Baleares. De todos estos casos, hay algunos que han tenido suerte y han podido volver a su hogar, a la ciudad del Gallo. Sin embargo, otros, ya sea por motivos laborales o familiares (ya que incluso algunos han formado sus familias en sus nuevos sitios de residencia) se han quedado en esas otras ciudades. Esta nueva sección que hoy estrenamos está dedicada a conocer las historias de esos moronenses ‘expatriados’.

La primera historia que vamos a conocer es la de Juan Domínguez, un moronense de 74 años que emigró con 18 años a Cataluña, en concreto a Figueres, donde estuvo durante un año (1964) trabajando en un poco de esto y aquello, pero, sobre todo, en la construcción del cine Las Vegas, dónde dejó buena cuenta de su presencia allí al dejar grabado su nombre y el de nuestra ciudad en uno de los ladrillos de aquel edificio (hecho que ha conocido esto medio gracias a Lluis Benejam, de Figueres).

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PREGUNTA: ¿Qué le motivó a irse?

RESPUESTA: Estaba trabajando aquí. Tuve unas palabritas con el jefe y “no aguantaba”. Entonces, fui una mañana, preparé la maleta y por la tarde fui a pedir la cuenta. Y yo ya me iba, si no era a Rusia era dónde fuera; yo me iba. Me quedé en la frontera de Francia porque no pude pasar y me quedé en Figueres buscando trabajo.

La cosa de electricidad estaba muy floja por allí. Yo me he tirado 47 años en casa Sancho de electricista. Entonces me metí en una obra para hacer placas de escayola, porque para estar allí había que trabajar.

En esa obra estuve unas tres o cuatro semanas. En otro sitio donde fui a buscar trabajo, el jefe (de apellido Oliva) me vio haciendo placas de escayola y me preguntó qué hacía allí. Y me propuso irme a su empresa. Entonces me coloqué en esa otra empresa, que era de Figueres.

Esa empresa se estaba encargando de la construcción de un cine. Yo recuerdo que tenía siete plantas de altura. Me acuerdo bien porque las siete plantas las tenía que subir todos los días un montón de veces, porque yo me tiré allí hasta de día y de noche trabajando.

También estuve en ese mismo cine instalando toda la parte de sonido por otra empresa. Luego me quedé de ayudante en máquinas.

Estuve allí unos meses hasta que volví a Morón para terminar el servicio militar. Yo salí de aquí el día 8 de enero y entré el día 8 de enero. Me tiré allí el año justo. Luego ya, tendría yo 19 años, me fui otra vez a Barcelona. Allí estuve 18 meses.

P: ¿Cómo era el cine?

R: Para mí fue una época muy bonita, aunque no veía el sol en toda la semana, porque me metía a trabajar allí de día y de noche. Fue un cine muy bueno, nunca lo he visto cómo ese. Eso no se ha montado nunca. En Sevilla lo pusieron de prueba portátil. Eso se dejó de hacer.

Hoy te llevas el móvil a todos lados, se hacen fotos, y gusta recordarlo luego. Entonces me hubiera gustado tenerlo porque aquello fue un trabajo muy bueno, y tenía yo 19 años; no sabía nada.

Me acuerdo que tenía siete plantas de altura porque en un lateral del cine había un bloque de pisos que se construyó a la misma vez. Ahí monté una lámpara desde el centro de la escalera hacia abajo. Era una lámpara con cable de plancha. Era una circunferencia hasta llegar abajo.

El cine era fantástico. La pantalla tenía unos 40-42 metros, ovalada. Era una pantalla con altavoces uno al lado de otro, toda cubierta. Ese cine ya no lo he visto más.

Además, el jefe que tenía allí era fantástico. Recuerdo una vez que iba a hablar con él para que me subiera el sueldo y le dije: “Oliva, ¿puedo hablar con usted?”. Y me dijo: “Si es asunto de dinero el sábado tienes el sueldo subido”. Esa es la única vez que yo hablé con él de tema de sueldo. Yo ganaba allí mucho dinero, trabajaba mucho también.

Juan Domínguez de joven

P: ¿Qué supuso para usted montar aquel cine?

R: Se hizo allí un trabajo muy bueno, que eso hoy no se puede hacer. Me gustaría verlo hoy porque las máquinas que se ponían en la parte de sonido pillaban una pared de ocho metros y eran módulos. Hoy se montaría igual pero no ocuparía nada más que dos metros.

Eso era un trabajo bonito de verlo, pero como no había máquinas de fotos.

En el mismo cine había otro cine. Por ejemplo, si un matrimonio llevaba a sus hijos y la película era para mayores de 18 años, ahí no había niño que entrara. Entonces, se podían meter los niños en ese otro cine, que era como una guardería y echaban película de niños continuas.

P: Hábleme del ladrillo

R: Yo el ladrillo ese no me acuerdo dónde estaba, pero supongo que estaría en el voladizo de la general porque eso llevaba una viga de punta a punta grande, gorda. Ya ves si era gorda que yo me tendía al medio día después de comer un ratito en lo alto.

Ese ladrillo tendría algo puesto con escayola o algo porque no se ha borrado y la pared no estaba libre. Entonces, cogí un rotulador y puse mi dirección y dieron con él.

Ladrillo instalado por Juan

P: ¿Por qué le da a usted por escribir su nombre?

R: Cuando se hace un trabajo grande normalmente se pone el nombre de uno y de la empresa. Yo estuve allí un año justo y yo hice allí solamente tres trabajos, pero eran trabajos grandes. Y tú te vas de aquí, dónde yo arreglaba cuatro lamparitas, una instalación de poner un enchufe; y llego allí y hago un trabajo de esos, pues me siento orgulloso.

P: ¿Cómo vivió esa experiencia de emigrar y volver a su tierra?

R: Es duro porque estás solo, no conoces a nadie, pero te encuentras personas buenas en todos sitios. Yo me las encontré. Pero también se echa mucho de menos el pueblo, bastante. Yo me acuerdo cuando venía con la empresa por la carretera de Arahal y veía la Sierra ya me entraba un gusanillo, porque de un año sin estar aquí…eso es duro, no se puede explicar.

P: ¿Repetiría la experiencia?

R: Sí. Más que nada porque estaba escrito así. La vida te sale así y ya está. No tiene otra lógica. Pero sí, repetiría otra vez. Me fue bien. Estuve allí muy bien. Bien vigilado. Los jefes de allí eran fantásticos, fuera de lo normal.

Luego, la experiencia que me dio a mí el trabajo aquel me la traje aquí y ya hice yo trabajos aquí parecidos a aquello.

Aparte, nunca he sido un electricista de estar estancado. A mí me ha gustado siempre ir por encima, saber más y actualizarme.

No he estado en el colegio. Yo estuve en casa de Fajardo, en la cantera, con los borricos y me daban las 4 de la mañana con un libro enseñándome; y me decía mi padre que me acostara porque al día siguiente había que trabajar otra vez, y yo me acostaba por aburrimiento. Si yo pudiera estar todavía estudiando, lo haría. Eso es lo más bonito que hay: saber. Saber de todo.


*Si usted es o ha sido uno de esos moronenses ‘expatriados’ y nos quiere contar su historia, póngase en contacto con nosotros a través del correo contacto@moroninformacion.es. 

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