ENTREVISTA. Moroneando sobre… “Karate, cantera de igualdad, valores humanos y sociales; con Manuel Serralbo Gamero. Parte I”, por J.D. Vidal Gallardo

0
690
Manuel Serralbo Gamero, seleccionador andaluz de karate, en plena competición.
moroninfo-mar17

En entrevistas anteriores: https://moroninformacion.es/entrevista-moroneando-sobre-poesia-superacion-y-mujeres-luchadoras-con-isamar-cabeza-garcia-parte-ii-por-j-d-vidal-gallardo/.


Cuando lo extraordinario se convierte en habitual sobrevienen dos situaciones: primero, con el paso del tiempo dejamos de ser conscientes de lo meritorio de dicho tránsito; y tras ello, el reconocimiento suele acabar diluyéndose. ¿Cómo evitar ese punto de injusticia? Incidiendo en aquellos sueños que a base de constancia y buen hacer dejaron de ser ‘solo’ eso (sueños) y terminaron por convertirse en realidad. Pero, ¡ojo!, no en realidad efímera, sino contrastada, en motivación para mucha gente. ¿Ejemplos? Aquí les va uno: el Club Shotoyama de Karate, todo un sueño hecho realidad, todo un espejo en el que mirarse. Un referente inspirador no solo en términos deportivos, sino también en cuanto a valores humanos y sociales. Un ejemplo de logros extraordinarios que se instalan en el nivel de lo habitual. Y eso, señoras y señores, ¡eso es muy grande!

El Shotoyama, que actualmente acoge a unos 320 alumnos/as, es algo más que una escuela donde son impartidas clases de artes marciales y de donde salen campeones a nivel provincial, autonómico, nacional, europeo y mundial (este club se ha convertido en uno de los más destacados de Andalucía y de todo el país). La entidad es sinónimo de una excelente cantera donde se forja a personas, a buenas personas, a seres que cultivan comportamientos y capacidades como la responsabilidad y la humanidad, a ciudadanos que a través de esta práctica deportiva desarrollan el sentido de la justicia social y de la lucha contra la desigualdad. Algo verdaderamente maravilloso que, además, tenemos la suerte de tener radicado en nuestra ciudad. Por ello, Moroneando se acerca a la figura de su gran artífice: Manuel Serralbo Gamero.

moroninfo-mar17

Hijo de emigrantes andaluces en Cataluña, Manuel nació hace 49 años en Barcelona (como también su hermano, el músico y productor Domi Serralbo). Siendo niño volvió con su familia a Morón, de donde es su madre (su padre, el gran cantaor de flamenco Manolo Paradas, es de la localidad por la que coge su apellido artístico) y donde tantos años ha vivido (actualmente reside en Marchena). Se formó en diversas áreas como el aikido, el ninjitsu, la defensa personal y policial, los deportes de aventuras, la animación sociocultural o el buceo, sobre el que él mismo aclara que “me encanta, volveré a dedicarle más tiempo tan pronto como pueda”, pero fue en el karate donde encontró su vocación docente, enseñando y entrenando. A partir de ahí, y mediante un sentido admirable de la disciplina y la paciencia, fue adquiriendo los conocimientos que finalmente le servirían para fundar el Shotoyama allá por 1992, entidad pionera que hoy se configura como uno de los máximos exponentes del deporte en Morón de la Frontera.

Largo ha sido el camino recorrido en estos casi treinta años, con sus dificultades, sí, pero repleto de éxitos y objetivos alcanzados. Seleccionador sevillano y andaluz, entrenador en diferentes escalafones del combinado nacional o miembro de la junta directiva del Consejo Superior de Deportes, entre otros, y estando siempre rodeado de un equipo progresivamente más cualificado, su trayectoria lo convierte hoy en uno de los preparadores de karatecas más importantes de este país. Alguien muy querido en las localidades donde el Shotoyama tiene sede (Morón, Marchena, La Puebla de Cazalla y El Coronil), un reconocimiento cuyo peso es mayor, si cabe, por la cantidad de ideas que él y su equipo han enfocado siempre a la juventud, trabajando con niños y adolescentes: Manuel siempre vio en el karate una excelente herramienta para -además de potenciar habilidades deportivas- ayudar a moldear a ciudadanos mejores, más empáticos y reflexivos. Y sus proyectos no se quedan ahí, sino que siguen adelante, abarcando más, adaptándose a más franjas de edad y a otras realidades que la vida requiere, tales como entrenar a mujeres para defenderse en situaciones de violencia de género, montar talleres de diversas temáticas, organizar campus, jornadas de convivencia, cursos, charlas…

Así pues, llega el momento de ajustarnos el kimono y conocer mejor a nuestro primer protagonista de 2022. Se ha hecho de rogar esta charla (¡no se puede estar más ajetreado que Manuel!), pero al fin, en plena época navideña, se dio el encuentro. “Dentro de lo que cabe, es buena señal, porque estoy implicado en un montón de iniciativas, actualizando información para el club, organizando viajes, competiciones…”, nos dice. Pues eso, que el líder del Shotoyama no para, lo cual es una excelente noticia, por lo que a continuación van a leer. Y ahora sí, entremos ya en el tatami y dispongámonos a moronear

Juan Diego: Manuel, ¿recuerdas cuándo te acercaste por primera vez al karate? ¿Qué es lo que te sedujo de ese mundo?

Manuel: Era aún un chaval cuando poco a poco me enamoré de toda la actividad de equipo que entrañaba este deporte. Me influyó mucho uno de mis tíos, que en Barcelona llevaba ya tiempo practicándolo (fue uno de los pioneros allí, cinturón negro y 7º Dan). Siempre que viajaba para vernos tenía la emoción de: <<¡Que viene el tito Paco!>>. Él me metió el karate en las venas. A partir de ahí, como yo era muy curioso, empecé a indagar, comencé a viajar a Barcelona y a ver cómo entrenaban los equipos, cómo competían, conocían lugares cuando tocaba torneo, el ambiente de compañerismo en los autobuses, hacían amistades en otros sitios… Descubrí un mundo que me apasionó. Piensa que en el Morón deportivo de los años 70 u 80 se practicaba fútbol, baloncesto y poco más, al margen de casos puntuales en tenis, frontón o atletismo, o de épocas doradas, como la del motocross. Así que, cuando regresé a Morón me puse manos a la obra para montar mi propio gimnasio y poder dar clases de karate.

J. D. O sea, que la inquietud resultó, una vez más, un elemento clave a la hora de querer descubrir, saber más y, de ese modo, acabar dando con algo que previamente desconocías pero que, a la postre, te lo dio todo…

Manuel: Fomentar la inquietud y la curiosidad es fundamental. En mi época, los chavales no teníamos la tecnología o la información de la que disponen los de hoy, sin embargo, en estos días escuchas mucho lo de “me aburro”. Cuando un niño me dice eso, siempre pienso: “¿Pero, cómo te puedes aburrir? Si cuando yo tenía tu edad salíamos de ver una película o tan solo con un palo y poco más ya jugábamos, soñábamos y éramos felices”… Supongo que con el tiempo hemos ganado en algunas cosas, pero, sin duda, hemos perdido en algunas otras.

J. D. Hablando de inquietud y de niñez, imagino que el perfil de alumnos que llegan hoy al club ha ido cambiando con respecto a los inicios.

Manuel: Así es. A principios de los 90, por lo general me llegaba el típico chico ‘guerrero’, con un puntito agresivo, cuyo objetivo principal era el de ponerse fuerte, con mucho ego… En esos casos, lo primero que hacíamos era tratar de calmar ese temperamento, que no se viniera arriba, y gestionar bien la situación. Porque, desde nuestro punto de vista docente, lo primero en el club es hacer ver a los alumnos que el karate puede ayudarte a ser una especie de ‘héroe’, por así decirlo, pero no en sentido individual o sobrenatural, sino un héroe por el hecho de llegar a ser capaz de ayudar a los más débiles en la sociedad. Esta idea es clave.

A mediados-finales de los 90, observé cómo la mayoría de los niños iban decantándose no ya por la práctica del fútbol como tal, sino que sobre todo se sentían atraídos por esa parte más show, más merchandising, más mediática que se ha vendido de ese deporte en las últimas décadas. Era el prototipo de chico que hasta entonces me llegaba a las clases: destacaba en fútbol y quería probar también en el tatami. Pero a finales de los 90 y a partir del 2000 la cosa comenzó a cambiar. Poco a poco, la chavalería que me venía era, en la mayoría de los casos, la que no destacaba en otros deportes, se sentía aburrida jugando a otras cosas (como al propio fútbol) o no se sentía integrada en otras actividades… Y así hasta estos últimos años, en los que los chavales que se me apuntan suelen tener ya un carácter más centrado, más tranquilo, mucho ratón de biblioteca, con inquietudes, al que le gusta estudiar, que suele defender las causas justas y que quiere aportar y estar comprometido socialmente.

J. D. Y con esa idea, la de alejar este arte marcial de prejuicios ligados a la violencia o al ‘pegar por pegar’, lograsteis recoger los primeros frutos y reconducir el día a día de tantos niños…

Manuel: Sí, bajo esos principios mucha gente en Morón empezó a entender lo que verdaderamente es el karate. Estamos hablando de años dorados para el Shotoyama, el periodo donde levantamos los pilares que hoy nos identifican. En esa década de los 90 tuvimos un equipazo, y no solo en chicos, también poco a poco en chicas.

J. D. ¿Costó que las chicas se incorporasen al karate?

Manuel: Costó más que entre los chicos, pues ya sabemos que hasta hace no mucho se tuvo la idea errónea de asociar la práctica de artes marciales solo a ellos. Pero, de alguna manera, en aquellos años supe ver lo que estaba por venir: el futuro próximo del karate pintaba precioso para ellas. Y así ha sido. Desde hace ya varias temporadas, la presencia de las chicas en este deporte, en los clubes y escuelas, así como los éxitos logrados en competiciones, constituyen algo increíble.

J. D. ¿Qué detalles te hicieron prever que el karate sería pronto un deporte masivamente practicado por las mujeres?

Manuel: Mientras que el perfil de niños ha ido variando en el sentido que he referido antes, a ellas, por lo general, las movían otras inquietudes. Las chicas que nos llegaban eran (son), por lo general, gente con las ideas muy claras, con mucha madurez y capacidad de concentración, chicas a las que les gustan las artes marciales, que quieren estar bien preparadas y que desean compaginar esa voluntad con el crecimiento a nivel de conocimientos. Por lo tanto, desde que tuvimos a las primeras alumnas, ellas han sido siempre un valor al alza. Han ido subiendo de nivel y, actualmente, nuestro equipo femenino en todas las categorías es impresionante, buenísimo.

J. D. Un aspecto fundamental de cuanto estamos hablando es el componente social y humano que, más allá de lo meramente deportivo, caracteriza a este arte marcial. Tengo la sensación de que se trata de algo sobre lo que no se habla lo suficiente…

Manuel: Y fíjate que para quienes amamos el karate, ese aspecto que destacas resulta muy relevante. Las artes marciales son una herramienta deportiva que tiene mucho de espiritual, una filosofía, una manera particular de ver la vida, una voluntad verdadera por defender las causas justas y ponerse en el lado de los más débiles. Y eso no solo lo educamos en los chavales cuando llegan a las clases, sino que, como te decía antes, cada vez lo vemos más ya en ellos una vez que nos llegan el primer día: gente con la cabeza muy bien amueblada que aprende a organizar su tiempo, a establecer las prioridades en su día a día, a disfrutar con este y otros deportes, a respetar la naturaleza (las artes marciales tienen una fuerte conexión con el respeto por ella, de la que formamos parte), a canalizar sus estudios y a empatizar mucho con los demás. Esos valores son parte del corazón del karate.

J. D. Más allá de lo puramente técnico o reglamentario, ¿qué tienen de diferente el karate u otras artes marciales con respecto al resto de disciplinas deportivas?

Manuel: Además de lo que ya hemos explicado, que de por sí tiene una importancia brutal y que ojalá llegue a todos los rincones de la sociedad, las artes marciales nos hacen entender que por supuesto es importante cultivar la potencia, la agilidad y otros parámetros de la capacidad física, pero al mismo tiempo nos ‘explican’ que esas habilidades (las más físicas) se acaban perdiendo con el tiempo, sin embargo, lo que no se pierde y sí se puede seguir acrecentando de por vida son los conocimientos y la esencia del enriquecimiento del alma. Yo siempre lo explico mediante un ejemplo: las artes marciales son como los árboles, que nacen, crecen, se hacen robustos y fuertes para resistir vientos, lluvias, sequías, tempestades…, y al resistir, con el tiempo puede que algunas ramas se caigan, pero para entonces ya ha dado frutos, y los ha dado para los demás. Es como un continuo proceso vital de rotación primero y de traslación después, es decir, movimiento constante desde ti y hacia ti -aprendizaje-, para después proyectar a los demás -enseñanza-. Así son las artes marciales. Y te digo más, cuando a nuestras clases llegan chicos con mucho ego y con objetivos más centrados en mirarse a sí mismos y destacar, en lugar de en mirar al colectivo y ayudar, acaban dejando el club.

J. D. ¿Por qué?

Manuel: Porque no encuentran su sitio, se dan cuenta de que lo que buscan no está en las artes marciales. En nuestro mundo es crucial entender conceptos como el (auto)control y la conciencia. Buscamos lo contrario a exaltar el ego, no lo alimentamos, ni eso ni el sentirse superior al otro. Y un ejemplo de ello lo tienes en el modo en que los y las karatecas celebran sus triunfos y aceptan sus derrotas en el tatami: lo primero es mostrar respeto por el contrario (que no enemigo). Y quien esté leyendo estas líneas puede ver el vídeo de cómo reaccionaron Sandra Sánchez y Kiyu Shimizu en la final de los Juegos Olímpicos de Tokio, el pasado verano. Fue precioso. Eso es el karate. Encarnamos bien el espíritu deportivo. En otras disciplinas se provoca al rival antes, durante y después, e incluso se humilla al vencido, lo cual, para mí, está hueco: cuando no se respeta, eso no es deporte. Las artes marciales no son eso.

Manuel, acompañado por algunos de sus alumnos/as del Shotoyama

J. D. Deporte para el cuerpo, para la mente y para el alma. Por cierto, maestro, ¿cuál es el requisito indispensable para llegar a ser sensei?

Manuel: Lo primero de todo es tener vocación. Sin ella es casi imposible llegar a ser un buen sensei. La vocación por enseñar, por saber enseñar, por transmitir ilusión, valores, y no solo pensando en que estás entrenando a deportistas, sino en que estás tratando con personas.

Siguiendo esa línea, lo segundo es sentirte un niño, siempre. Es decir, claro que poco a poco te vas haciendo mayor, pero la motivación no puede desaparecer. No podemos dejar de aprender, de formarnos nosotros mismos, de beber de la fuente del conocimiento. Así seremos fuente también para los demás.

Y al mismo nivel de importancia que todo lo anterior: la humildad. Lo que hacemos, nuestra forma de ver la vida, lo concebimos a través del prisma de la mayor humildad posible. Si no somos capaces de expulsar el ego de nuestro interior, no llegaremos a ser buenos sensei. Está bien sentir que la gente te transmita cariño y amor por lo que haces, porque eso hará que tú también desprendas eso a los demás. Pero, al recibir esas muestras o, qué te digo, al ganar premios y galardones, no puedes creerte más grande que los demás. Un sensei nunca ha de caer en esa trampa. De hacerlo, incurriría en un gran fracaso: no conectar con alguno de sus alumnos precisamente por no mantenerse humilde. Y cuando eso pasa, que sepas que el alumno, decepcionado, se irá. Quien no es humilde nunca se cuestiona a sí mismo, pues piensa que todo lo sabe. Y quien no se cuestiona a sí mismo se niega a querer seguir creciendo, reconociendo errores, aprendiendo, cosas que sí hace quien es capaz de cuestionarse y de buscar en qué aspectos puede mejorar. El buen sensei saca lo mejor de sí mismo y de sus alumnos.

J. D. Y para llegar a ser sensei se avanza por el sendero del obi y de los Dan

Manuel: El obi es el cinturón y el Dan es el grado o nivel que se tiene. Pero con respecto a esto último, que tanto obsesiona a algunos cuando se inician en el karate, te diré que el Dan no tiene por qué mostrar el verdadero nivel de un /a karateca. ‘Una cosa es lo que dicen que soy y otra cosa es lo que soy’. Los grados Dan se convierten en caramelos envenenados para según qué personas (el ego, de nuevo). A mí me resulta mucho más importante fijarme en que el profesor al que lleves tus hijos sea capaz de demostrar y transmitir otras cosas, y no necesariamente que tenga tal o cual Dan. He conocido a profesores que han fanfarroneado de tener ‘x’ Dan y que luego han sucumbido en combates ante alumnos karatecas con -en teoría- menor nivel. He ahí la paradoja. Y eso lo trasladamos en las artes marciales a cualquier otro tema de la vida. Además, durante mucho tiempo, obtener un Dan ha obedecido a criterios menos formales y sí más ‘espontáneos’ y subjetivos… Ahora es diferente, hay una estructura más firme, para subir de nivel tienes que pasar pruebas y demostrar formación y estudios bajo los órganos deportivos competentes, tanto de tu comunidad como del país.

En resumen, desconfía de quien ha obtenido muchos cinturones y Dan en poco tiempo, porque lo normal es que para ser cinturón negro emplees cuatro o cinco años, y que para llegar al primer Dan (hay diez) necesites otros dos más, aproximadamente. El tiempo es sabio, como también lo son la paciencia y la constancia. Las cosas no se consiguen así como así. Y si nos referimos a los grados o niveles de enseñanza de karate, entonces has de sumar la titulación y los estudios correspondientes, diplomas, primeros auxilios, no tener antecedentes penales y muchas cosas más que a los profesionales nos son exigidas. Ahí está la diferencia: los clubes cuyos docentes sí podemos demostrar esa preparación somos lo que, sinceramente, mejor podremos luego inculcar dichos valores a los chavales. Así que, si eres madre o padre y quieres apuntar a tu hijo a clases de karate, antes infórmate bien acerca de cómo se hacen las cosas en ese club.

     Con este sabio consejo del maestro-sensei llegamos a la mitad de Moroneando con Manuel Serralbo Gamero. Toca meditar y reflexionar sobre lo que el presidente del Shotoyama ha explicado. Y toca (como también él nos ha transmitido) ser inquietos y preguntarse cosas, preguntárselas y hacerlas, aprovechar el tiempo, “que no sé cómo alguien puede aburrirse en esta vida”, nos dice. “Lo único que tienes que hacer es ser siempre curioso y rodearte de buena gente, gente con ganas de ayudar y aportar”. Así es nuestro protagonista, pura energía que desprende a los demás generosidad, amabilidad, compromiso y ganas de trabajar.

Entre quienes estén leyendo estas líneas habrá alguno que pensará: “pues yo creía que el karate era otra cosa…”. De eso se trataba, de divulgar y hacer ver que este arte marcial constituye un magnífico -y sorprendente- mundo donde la faceta ética y colectiva se respeta como la que más. Un mundo en el que se hacen más amigos que enemigos y que, efectivamente, también ayuda a poner el cuerpo a tono. Prueba de ello es que, en los últimos meses, mientras preparaba esta entrevista, he visto cómo practican y disfrutan de este deporte desde niños con apenas 4 o 5 años hasta ancianos.

Así que, si quieren saber un poco más acerca de Manuel, de cuáles son algunas otras de sus aficiones o de lo que sintió el pasado e histórico verano (el karate debutó como deporte olímpico en Tokio), estén atentos a Morón Información: en breve, la parte II.

Ossu!

moroninfo-mar17