“Entrar al trapo”, por Antonio Morales

    Desbaratar entuertos quizás. Eso debiera hacer quien los provoca, para que no nos salgan cardenales a los demás sin haber pretendido ni el golpe ni el efecto. Tanto si votaste como si no lo hiciste, no está de más que recuerdes que la clase política empieza en el mismo lugar donde cualquier ciudadano muestra su podredumbre y hay otro que lo consiente.

    Y hay mil maneras de mostrar la podredumbre. Y otras tantas de consentirla.

    De todas esas maneras, hay una que quizás comprenda por encima de las demás: consiste en no entrar al trapo. Puede ser que la comprenda por inconsciencia o por comodidad. Puede ser que me esté olvidando de ejercer como persona políticamente competente cuando decido no recoger la basura que se vierte en la puerta, ya no sólo de mi casa, sino también de la del vecino. Los muros están abarrotados de hollín, y no hay ganas de gastar la cal para enjalbegar pamplinas.

    Sí. Estoy hablando de los muros de la red.

    Soy muy feliz de poder pasearme por las avenidas del pensamiento global, aunque a veces me salgan ronchas de puro pavor. Será quizás que el tiempo, ese gran forjador de cataclismos, me ha convertido en un alma pusilánime, y me alarma el esplendor de la planicie mental que observo desde mi ventana. Y no. No me refiero a temas como la independencia de Cataluña ni al deber de promover una ciudadanía solidaria ni a la posibilidad de disentir de una cosa o de la otra. Me refiero al insulto y a la tontería, a los órdagos de personas que no conocen la diferencia entre el humor negro, la ironía y el insulto: quizás debieran visitar cualquier manual de ciudadanía y releer la definición de ética, para no pegar tantos bandazos hincando en los demás la ira de su nefanda estupidez.

    Esta reflexión catártica (sé que mis palabras no son contenidas) me sobrevino al entrar en una conversación pública en la que yo afirmaba no comprender que una cadena emitiese un programa titulado “Adoptar a un famoso”. No pasó ni un segundo cuando ya me habían contestado varias personas acusándome de tener poco sentido del humor. La conversación derivó en un punto que no voy a transcribir, por innecesario. Justo entonces alguien acudió al humor como falso argumentos de autoridad:  hay quien cree que si calificas tus propias reflexiones como ‘humor negro’ estás exento de recibir respuestas poco complacientes. Y con esa etiqueta, las personas xenófobas, homófobas y machistas inundan la red con chistes de moros, de maricones y de mujeres con bigote. ‘Por Dios, no me respondan, que estoy hablando con humor’.

    Posiblemente esas mismas personas sean las que van poniendo títulos ofensivos a los programas, derramando basura ante nuestras propias puertas y esperando nuestros likes para hacerse fuertes mientras suman seguidores en el fondo de un contenedor vacío; esperando que entremos al trapo, como acabo yo de hacer para no arder de indignación.

    Pero es que considero que para aceptar que nada es sagrado y que todo se puede decir, primero hay que comprender que hay altares que se profanan con el silencio.

    Y a veces el silencio es tan cómplice que duele en los oídos.

    moroninfo-mar17
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