«El Juicio de Jengibre». Capítulo II, por Juan Luis Mármol

    Para los Gándara, que son los mejores lectores que uno pueda desear.

    Hans y el funcionario entraron en la sala. Se sentaron y esperaron a que el juez diese por comenzada la sesión. La gente empezó a callar y el pesado hombre comenzó una diatriba llena de tecnicismos, hasta que dio paso al funcionario. Este se levantó y adoptó una pose más profesional, despojándose del todo de la imagen cansada que había mostrado entre bambalinas.

    —Honorable juez Hermann Weinkauff, con su permiso —el juez hizo un gesto con la mano y el abogado comenzó a hablar—. Vecinos, nos encontramos en una situación extraña. La paz de nuestro  pueblo  se  ha  visto  alterada  en  la  última  semana  con  una  violenta  sacudida  que  nos  ha pillado a todos por sorpresa. Y hoy estamos aquí para resolverla. No descansaremos hasta aclarar este  asunto  y  traer  la  justicia  necesaria.  Pero,  para  ello,  debemos  actuar  con  cautela  y  suma eficiencia. Por eso es una inmensa suerte tener con nosotros hoy al señor Weinkauff, que sin duda nos ayudará a encontrar nuestro camino a la luz y la verdad. La verdad de los hechos que traen aquí a estos dos jóvenes, acusados del asesinato de una anciana y la destrucción de su propiedad. A estos dos hermanos se les acusa de prender fuego a la choza de la mujer, que estaba encerrada dentro. Una  mujer  que  acogió  a  sus  presuntos  asesinos  durante  tres  días  y  tres  noches.  El  cuarto  día, mientras pedía ayuda para preparar el almuerzo, los chicos habrían aprovechado para inmovilizar a la mujer y prender fuego a la casa. Y no solo eso, sino que se habrían quedado fuera, contemplando su obra, sin hacer caso de los gritos de auxilio y dolor de la anciana.

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    »Esta  es  la  acusación  de  la  que  deberán  defenderse  estos  dos  hermanos,  a  los  que escucharemos más adelante. Porque mis propias palabras no bastan para justificar este juicio o la encarcelación de los dos acusados. Así que llamaremos a testificar al señor Hans Schulz. Si es tan amable, por favor.

    Hans notó cómo todas las miradas se fijaban en él, y por un momento se puso en el lugar de sus propias presas de caza cuando él las seguía con sus armas, esperando el momento adecuado para el tiro perfecto. Se sentó donde le indicaba el abogado, sin mirar a nadie.

    —Señor Schulz, por favor, ¿puede presentarse?

    —Bueno, creo que me conocen todos, pero está bien. Soy Hans Schulz, cazador.

    —¿Alguna vez había visto a los dos acusados? ¿Tiene algún tipo de relación previa?

    —No, señor.

    —¿Y con la fallecida?

    —Tampoco, señor.

    —Confirma,  entonces,  que  no  tiene  ningún  tipo  de  motivación  externa  para  estar  aquí sentado, testificando. Solo para contar todo aquello de lo que fue usted testigo en relación al caso que nos ocupa, ¿verdad?

    —Así es, señor.

    —Estupendo. ¿Puede contarnos con todo detalle lo que sucedió aquella mañana?

    Hans comenzó a relatar, una vez más, todo lo que había visto y sentido. Como si fuese un actor hecho al papel, el cazador no varió una sola palabra de lo que contó en tantos interrogatorios. Casi lo hacía de forma mecánica, igual que sus rituales previos a la caza. El abogado no interrumpió en  ningún  momento,  tampoco  el  juez  Weinkauff.  Solo  algunos  gritos  del  público  alteraban  la aparente paz del salón de plenos, convertido en el escenario de un teatro de vodevil. Hans continuó con su papel.

    —La escena era terrible, señor. La casa estaba ya muy consumida, pero podía verse que no era  una  gran  mansión,  nada  más  que  una  choza.  Aun  así,  el  fuego  era  demasiado  fuerte,  nada natural. Las llamas crecían con violencia y el humo era mucho más denso y oscuro allí de lo que parecía desde lejos.

    —¿Vio a los chicos nada más llegar?

    —Era imposible no verlos. Esto… —Hans hizo una pequeña pausa y, de forma inconsciente, lanzó una mirada rápida a los hermanos enjaulados. Estos tenían la mirada fija en él, inexpresiva— Los chicos estaban gritando de alegría. Se abrazaban, bailaban. Se… se mofaban de la mujer, con esta todavía agonizando.

    Esas palabras provocaron que los guardias tuviesen que poner el orden entre el público, que se había levantado encolerizado. Varios fueron expulsados a golpes tras lanzar fruta podrida a los acusados, que se protegían como podían, con el hermano cubriendo a la hermana. Cuando el orden se restableció, el juez Weinkauff dio su visto bueno para continuar.

    —¿Cómo procedieron, señor Schulz?

    —Fuimos corriendo a apartarlos del fuego. Estaban peligrosamente cerca, pero eso no les pareció importar. Cuando estuvimos a una distancia segura, les preguntamos qué es lo que había sucedido. El chico nos dijo que habían sido muy listos, que habían podido engañar a la bruja. Que ella iba a matarlos, pero que con su astucia, consiguieron atraparla y escapar. Al insistir en que nos diesen más detalles (porque no creíamos al principio que lo que el chico nos contaba pudiese ser cierto, sino más bien algún delirio provocado por el humo o el miedo), la chica nos contó que había sido idea suya. «En el horno, en el horno», repetía, sonriendo. «Nos había engañado al principio, pero nosotros fuimos más listos y ahora podremos volver con padre, y no pasaremos más hambre». Al decir esto, la chica abrió sus manos para enseñarnos un auténtico botín: joyas, perlas, piedras preciosas.

    —¿Fue entonces cuando decidieron retenerlos?

    —Así es —dijo Hans, y sus palabras fueron recibidas con una calurosa ovación de la masa enfervorecida—.  Ellos  se  resistieron,  decían  que  querían  volver  con  sus  padres,  pero  era  nuestra obligación moral traerlos ante la justicia.

    —Hizo bien, sin duda. ¿Hubo algo que llamase más su atención, señor Schulz?

    —El olor. Al  principio  pensé  que  era  una  mala  jugada  de  mi  cabeza,  por  la  tensión  del momento, o quizá el hambre (habíamos desayunado poco, con la intención de darnos un festín con la caza). El humo no traía el olor a madera quemada, sino que más bien parecía el de una pastelería. Así que me fijé bien en la casa. No parecía arder de la forma habitual en que arde la madera. Era como si se estuviese derritiendo, más bien. Y el olor… Llegaba olor de bollería, de pasteles… pero sobre todo, de jengibre.

    —¿Jengibre?

    —Eh… sí, jengibre —Hans observó al abogado, extrañado, pues actuaba como si fuese la primera vez que lo oía y ahora se sentía estúpido. Pero el funcionario le hizo un leve gesto para que siguiera—. El lugar apestaba a jengibre y yo no entendía por qué.

    —¿Y la anciana? ¿Seguía viva?

    —Ya lo creo, señor. Sus gritos eran terribles y jamás los podré olvidar. No me dejan dormir y me vienen a la cabeza en todo momento. Ahora mismo los siento clavados en mi cuello. Unos gritos desgarradores, casi imposibles de imaginar viniendo de una anciana.

    —¿Y por qué no trataron de salvarla?

    —Habríamos  muerto  nosotros  también,  señor.  No  había  manera  de  entrar,  el  fuego  había acabado también con todo arrebato de valor por nuestra parte —Hans contestó un tanto incómodo, pues esa era la primera vez que le hacían la pregunta que tanto estaba temiendo. Era cierto que el miedo les había paralizado, pero Hans no estaba contando el verdadero miedo que sintieron todos en aquel momento. Aquellos gritos…

    El  abogado  lo  estudió  durante  un  instante  y  Hans  temió  que  fuese  capaz  de  leer  sus pensamientos. Pero el abogado cambió su rostro a uno más amable y técnico.

    —Muchas gracias por su testimonio, señor Schulz. Puede retirarse.

    Hans se levantó de la silla y fue acompañado por un guardia a la misma puerta por la que habían entrado. El guardia le indicó que podía quedarse a escuchar el resto del juicio, pero ya era libre para marcharse a su casa. Sopesó esta posibilidad cuando el abogado llamó a los acusados para escuchar su versión de los hechos. Si los gritos de la anciana ardiendo viva se habían incrustado en la memoria del cazador, aquella sinfonía de alaridos inhumanos procedentes de las gargantas de los asistentes al juicio se convirtieron en la banda sonora de sus pesadillas durante meses. Jamás habría podido imaginar que gente en otro tiempo tan apacible y bondadosa se pudiese transformar, de la noche a la mañana, en una jauría de bestias sedientas de sangre. Había pensado que podría soportar todo aquello, pero no pudo. De repente, toda la gravedad del asunto cayó sobre sus hombros con fuerza y se sintió muy mareado. Se marchó a su casa y se encerró durante dos días.

    De día, deambulaba por su casa como un alma en pena, dejándose llevar por sus impulsos automáticos  para  mantenerse  medianamente.  Las  noches,  sin  embargo,  eran  peores.  Se  vio recorriendo  un  sendero,  rodeado  de  tinieblas.  La  luz  de  la  luna  proyectaba  formas  y  sombras intimidantes procedentes de ignotos infiernos. A su alrededor, un bosque muerto, negro y opresor sofocaba al cazador, que corría huyendo de un ente sin forma. Perdido, se adentraba cada vez más y más en ese bosque, sin saber si el siguiente paso le llevaría a una muerte segura o a una salvación que se antojaba cada vez más lejana. Tras correr pesadamente durante dos vidas, el cazador llegó a un punto en el que se abrían tres caminos, cada cual más aterrador que el anterior y sin ninguna garantía  de  que  fuesen  a  despistar  a  la  bestia,  que  avanzaba  lenta,  pero  firme  en  su  dirección. Desesperado, el Hans onírico estaba dispuesto a rendirse cuando un reflejo lunar llamó su atención

    al suelo. Un rastro de pequeñas piedras blancas brillaban con fuerza, recorriendo el camino que se adentraba más profundo en el bosque. Lo siguió con una pizca de esperanza. Los pequeños guijos estaban  dispuestos  de  forma  irregular  por  el  camino,  separados  entre  sí  por  una  distancia considerable. Al  poco  tiempo,  Hans  llegó  a  una  casa.  No  parecía  haber  nadie  dentro,  aunque  la chimenea escupía humo y una luz iluminaba las ventanas. Entró en el hogar y lo encontró vacío: ni vida  ni  mobiliario.  Probó  a  abrir  una  de  las  puertas,  pero  estaba  firmemente  cerrada.  Lo  mismo ocurrió  con  las  demás,  y  la  desesperación  por  lo  inminente  del  peligro  volvía  a  machacar  sus nervios.  Entonces,  encontró  una  salida.  Una  pequeña  puerta  de  latón  incrustada  en  la  pared  se encontraba  medio  abierta,  así  que  la  usó  como  escondite.  Se  agachó  para  entrar  y,  gateando,  se dirigió  al  fondo.  Pero,  de  repente,  perdió  pie  y  comenzó  a  caer  en  un  pozo  sin  fondo.  La  caída parecía eterna. Finalmente, logró ponerse de pie en una superficie irregular. El suelo crujía bajo sus pisadas, pero estaba demasiado oscuro como para poder ver dónde estaba y cómo salir. Se puso en marcha y, de repente, se dio de bruces contra una estructura. Unos barrotes impedían su paso. Los siguió  a  lo  largo  para  darse  cuenta  de  que  había  caído  en  una  jaula.  Estaba  construida  con  una especie de madera, así que trató de forzarla para poder escapar de allí. En ese momento, su cuerpo se paralizó al escuchar un ruido terrorífico. Una respiración agitada, el claro sonido de una lengua repugnante relamiéndose lentamente una dentadura podrida y fétida, ansiosa por probar carne.  Su carne.  Y  luego,  aquella  risa,  más  cercana  al  graznido  de  un  cuervo  que  al  de  una  voz  humana. Incapaz de localizar la fuente de aquella presencia hostil, Hans se sentó en el centro de su prisión. La superficie del suelo se le clavaba en las piernas y sus posaderas, así que empezó a palpar para ver qué era.

    Huesos.  Huesos  humanos.  Roídos,  algunos  con  la  carne  fresca.  La  pesadilla  le  tenía firmemente agarrado y Hans era incapaz de escapar. La presencia estaba cada vez más cerca, y un escalofrío terrible recorrió la espina dorsal del cazador cazado cuando escuchó una voz:

    —Saca un dedito, Hans…. Saca un dedito para ver si estás cebado.

    Sin  tiempo  a  reaccionar,  una  enorme  mano  le  agarró  y  lo  levantó,  como  si  fuese  un  muñeco  de trapo.

    —Sí… sí… el festín será delicioso.

    La mano arrojó a Hans a un caldero enorme que se calentaba con una hoguera de llamas negras. El líquido hervía y la carne de Hans empezó a formar ampollas con rapidez. Una enorme cuchara de madera  empezó  a  remover  el  contenido  del  siniestro  caldero,  y  lo  último  que  vio  Hans  antes  de despertar, fueron los cuerpos de miles de niños, flotando entre trozos de un guiso demoníaco.

    Esa  pesadilla  sería  revivida  durante  todas  las  noches  que  pasó  encerrado,  privándole  del descanso y afectando a su salud en el mundo real, que parecía tan lejano como el oscuro bosque que visitaba en su estancia en el país de Morfeo. Cuando salió a la calle, recibió la noticia que había estado esperando: el juez Weinkauff estaba listo para dictar sentencia.

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