“El camino de la memoria”, por José David García

    La Semana Santa de este 2020 pasará a la historia por ser una celebración más cristiana que cofrade. Al menos, en el ámbito donde nos movemos. La luna llena del Jueves Santo, el día que murió nuestro Señor, nos acerca el camino más corto para herirnos: el recuerdo.

    La Esperanza habita donde mismo. Y, como una niña recién salida del colegio de las Filipensas, cumple ya sus 89 primaveras. Si echamos la vista atrás, conoció aquel viejo taller que se mojaba, al escultor que quiso echarle mano a su Hijo un Jueves Santo desde una ventana, a Juan Díez, Carmela, al entierro de Diego del Gastor, a la extinta banda de la Base, o los cientos de rayos que, como antorchas espontáneas, daban paso a esas lluvias torrenciales que terminaron con el personalísimo rojo guindilla del palio antiguo. Como todos los ciclos, se acabó. Se fue. Y lo hizo para dar paso a ese verde. Verde Esperanza, como la que guardamos durante el año en esa herida que supura esta Cuaresma, en ese recuerdo de cuando el Santísimo Cristo de la Expiración se pasea sobre la fría roca del Gólgota buscando las estrecheces del centro, de la memoria de nuestras primeras veces sacando la papeleta de sitio, o de la vez que entregamos esa pulserita a alguien que nos ocupa el corazón, ese salvoconducto (palabra muy de moda en la actualidad), que, como talismán, desea y atrae lo bueno a las personas que amamos.

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    Pasarán nuevos días con sus noches. Superarán los cientos mirando a diario ese cuadrito con la data por detrás. Y esos niños que este año esperaban estrenar sus zapatitos de monaguillos crecerán, dando paso a los futuros nazarenos, acólitos, costaleros u oficiales de junta. El cuerpo agranda, más así, paralelo a él, lo hace también la mente. Y ellos también escogerán el camino más corto para herirnos, en ese recuerdo que, por este año, nos daña pero nos alimenta, a la espera de ver un nuevo Jueves Santo el discurrir de la Hermandad llevando la Esperanza a quienes no pueden ir a verla. La memoria, dañina, insomne y aleatoria, nos hará incluso esbozar una sonrisa por aquellos momentos que vivimos en hermandad, mientras hacemos frente a otro año lleno de sorpresas. Y así será, como lo ha sido esta Cuaresma de 2020. La luna llena nos seguirá hiriendo por el camino más corto mientras anhelamos otra resurrección de la Fe. Porque la vida es un estado constante de Esperanza.

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