“Domingo de Ramos al compás de la Bondad”, por Juan Andrés Siles

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Las miradas volvieron a ser ilusionadas y nerviosas las sonrisas de los niños. La nostalgia volvió a ser presente y la Borriquita, por fin, marcó de nuevo el paso del Domingo de Ramos. El sol volvió a salir, tres años después, para jalonar la entrada triunfal en Morón del Cristo de la Bondad desde María Auxiliadora. Los costales volvieron a ceñirse con fuerza y las notas musicales volvieron a sonar con ecos moroneros. Y hasta aquí el espacio de esta crónica para cuanto se nos fue y no vivimos en años pasados por la pandemia.

Es Domingo de Ramos de 2022: Cielo azul, sol dorado y brisa de primavera con olor a incienso y azahar, ingredientes perfectos para una mañana bella e inolvidable. Así se prepararon nuestros sentidos para vivir el momento más esperado de cada Semana Santa, la primera venia: “Dejad que los niños se acerquen a mí”, escuchamos con voz de niña, la de María Romero Cabeza en el palquillo de la plaza Meneses.

Poco a poco, entre izquierdos y costeros se adivina al Cristo de la Bondad. Sus costaleros no quieren avanzar, quieren vivir en plenitud el momento, pues todo en esta Semana Santa de 2022 se está viviendo multiplicado por tres, como las tres marchas con las que trabajó la cuadrilla su impecable entrada en la plazoleta Meneses: “La Fe”, “Pilatos a Jesús” y para terminar una chicotá de ensueño: “Y fue azotado”. El paso parecía levitar y aunque la banda del Nazareno de Arahal se estrenaba en el Domingo de Ramos moronense era como si llevaran toda la vida, al unísono, al compás de la Bondad.

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La musical era una de las novedades del Domingo de Ramos. Poco a poco va tomando forma la talla del paso de la Bondad, obra de José Ángel Banegas, quien para este 2022 ha finalizado la canastilla y los respiraderos frontales y también la parte trasera del canasto.

La Borriquita es una cofradía llena de yuxtaposiciones: la infancia vivida y la recordada; el sol deseado y la sombra buscada al calor del mediodía; la bulla de los jardines de la Carrera y la intimidad del rezo en la capilla de Santa Clara; los sones más clásicos y las marchas más populares; casi el paso mudá por Espíritu Santo o Sagasta y el tiempo detenido en las revirás; las rosas con los claveles en el paso de Cristo…

Fue un Domingo de Ramos de primeras veces: la primera vez en tres años que la puerta del Archivo de San Miguel se abría para la estación de penitencia de una cofradía, mientras la banda interpretaba “La Sentencia de Cristo”; la primera vez que un niño o una niña tocaba un tambor de juguete imitando a los mayores; la primera vez que los cofrades de Morón cangrejeaban al regreso de la cofradía por Marquesa de Sales y María Auxiliadora, a los sones de “Historias de Judea”, melodías de cornetas y tambores por el barrio salesiano que sirvieron para rememorar los romances de un pregón memorable para la historia de la Semana Santa de Morón. Así fue como volvimos al “eterno Domingo de Ramos”, tan magistralmente descrito por Ezequiel, hermano de la Bondad:

“Alzad las ramas de olivo / que la pasión está escrita: / que soy un niño y revivo / al verme en mi Borriquita”.

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