Capítulo VIII, por José Carlos Valverde

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    BannerDUELOY entonces abrió los ojos…

    Miró a su alrededor, todo estaba oscuro. Se encontraba en el suelo, tenía la pierna izquierda dormida y, desesperado, con el tacto de sus manos, le costó reconocer cada tramo de su cuerpo. En aquel momento sintió pavor, rápidamente restregó con fuerza sus dedos sobre sus ojos con la intención de adaptar la vista al entorno y despertar de aquel letargo de angustia. Pensó que estaba ciego y eso le aceleró el minutero del alma. Se encontraba fuera de sí, desorientado.

    La débil visión situaba, justo enfrente y de forma borrosa, las escaleras de la entrada. A tientas se incorporó, estaba mareado. Con la palma de su mano izquierda buscó a tientas por la pared el interruptor de la luz. Empezaba a reconocer el lugar. Finalmente lo consiguió, la luz venció en su partida a la oscuridad. Estaba en la entrada de casa…

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    Suspiró y se acarició el pelo. Trataba así de recuperar la calma. Pero no lo consiguió. Un fuerte dolor de cabeza le volvió a doblegar y cayó de bruces al suelo. Pataleó como un crío, se estiraba y encogía aterrado. No podía dominar sus movimientos y eso le absorbía por momentos. Numerosas imágenes iban y venían a su cabeza. Sangre, rituales, sombras, muchas sombras… Pero sobre todo una llamó su atención: su padre.

    Alfredo sacudió su cabeza mareado nuevamente. Las visiones se repetían en intervalos cortos de tiempo. En una de ellas visualizó a José y a Miguel en la habitación de la casa de José, rodeado de documentos. Allí, en el suelo, aparecía la maldita daga… La misma que en su visión había utilizado para asesinar a su amigo. Un escalofrío le recorrió el cuerpo en ese instante. ¡La escena era tan real! Se sentó en el primer escalón y se limpió el sudor de la frente con cautela. Todo había sido una pesadilla… Él estaba a salvo. Aquel horror no era cierto, nunca había existido.

    ¿Una terrorífica pesadilla? Había algo más…

    Las cosas no iban bien, «todo era tan real…», pensó. Necesitaba volver a casa de José y aclarar las cosas. Nada era producto de la casualidad.

    Salió de casa asustado. Temía que su alucinación cobrara vida. Aquella escena se le había clavado en la retina como un deseo. El corte en el cuello, la sangre manando del pecho de Miguel… Era horrible.

    Paseaba por la calle y los viandantes parecían colocados a conciencia. Todos ocupaban exactamente el mismo lugar que en la terrible visión de Alfredo. Incluso tropezó con el escalón de turno.

    —Míralo, es Alfredo, el pirado del crimen… ¡Está borracho! —¡Repitieron el mismo rumor los jóvenes y mayores que se cruzaron al paso!

    Todo ocurría tal y como había sucedido en la pesadilla.

    Hacía años que dejó de rezar. La última vez fue en la escuela, cuando el cura de turno daba los buenos días al colegio cada mañana. Pero en aquel momento lo necesitó y volvió a entonar el padre nuestro. Cerró los ojos y suplicó clemencia para que todo no fuera más que una mera coincidencia.

    Prosiguió su marcha y tropezó nuevamente con la acera. Entonces algo cayó a su espalda. El sonido era el mismo que el de un cristal al ser destrozado contra el suelo. ¡Otra vez! ¡Igual que en la pesadilla!

    Apretó los dientes y se volvió. Lo que visualizó no fue más que la sonrisa de un niño que había caído un pequeño espejo con los bordes amarillos. Ambos se miraron, Alfredo aguardó casi petrificado, el chiquillo le sonrió con ternura y le dijo:

    —Mamá dice que ahora tendré muchos años de mala suerte…

    Alfredo le devolvió la sonrisa, estaba demasiado cansado para conversar. Su único objetivo es volver a ver a sus dos amigos y, sobre todo, enterrar su premonición.

    Justo cuando se dispuso a reanudar la marcha, el crío continuó con su particular conversación.

    —¿Tienes miedo?

    Boquiabierto se giró y miró a los ojos del niño que sonreía mientras en cuclillas recogía, casi desinteresadamente, los trozos de cristal que se habían esparcido por el suelo.

    —¿Por qué dices eso? —respondió acercándose a él.

    —No, yo no he dicho nada —contestó sonriendo sin levantar la cabeza.

    —Me has preguntado si tengo miedo, ¿no es así? —insistió Alfredo.

    —Sí, pero no he sido yo.

    —¿No has sido tú? ¿Entonces quién ha sido? —interrogó algo preocupado.

    —El señor Oscuro —rebatió situando los trocitos de cristal sobre la diminuta palma de su mano.

    —¿El señor Oscuro? ¿Quién es ese? —solicitó nervioso.

    —Quiere la daga —refutó levantando por primera vez la cabeza.

    Alfredo se paralizó, de nuevo un sudor frío recorrió cada rincón de su cuerpo. Respiró hondo varias veces seguidas y trató de calmarse. Necesitaba esa información. Ahora no debía de sentir miedo, era crucial mantener los ojos bien abiertos.

    —¿Quién quiere la daga? —arrancó de nuevo agachándose junto al niño.

    —Ya te lo he dicho —confesó sin más.

    —El señor Oscuro. Entiendo… —rumió.

    —Tus amigos están en peligro, ¿sabes? —añadió cogiendo la mano de Alfredo.

    —¿Mis amigos? ¿Por qué? —se interesó tratando en vano de aparcar su miedo—. ¿Quién eres?

    El niño sonrió, se levantó aún con la mano de Alfredo sujeta, y desde su pequeña visión agregó:

    —Soy yo…

    Sus ojos empezaron a tornarse diabólicos, su sonrisa se afiló como la de un vampiro. El rostro de la inocencia fue difuminándose hasta oscurecerse como una sombra espectral. De nuevo la dimensión oscura, tal y como Alfredo creyó soñarla. Todo volvía a repetirse. Pero, entre tantas sombras, aún quedaba algo de luz…

    Alfredo retrocedió víctima del miedo y la sorpresa. La sombra se acercaba, él reculaba sin perderla de vista. Pasaron varios minutos, la acción volvía a repetirse. Finalmente quedó acorralado. Aquel relieve oscuro se engrandeció ante él, la imagen le subía varios metros de altura, parecía querer poseerle. Había llegado el final, apretó los puños, cerró sus ojos y comenzó a llorar aterrado.

    Justo cuando la unión entre perseguidor y perseguido iba a efectuarse, alguien interrumpió a lo lejos…

    —¡Detente! ¿Es esto lo que buscas? —Solo pudo comprobar dos siluetas, una de ellas llevaba algo en sus manos.

    Mientras se acercaban hasta ellos la sombra retrocedía, parecía asustada. Alfredo suspiró aliviado al reconocerlos. José y Miguel seguían con vida. Habían traído la daga, aún existía esperanza.

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