Capítulo VII, por Juan Luis Mármol

    Excelencia

    BannerDUELOBienvenidos a los últimos instantes de la vida de un joven. Su nombre es Miguel. Aunque no le gusta el fútbol, dice ser aficionado al Madrid, por contentar un poco a su familia. A veces ve los partidos del equipo de baloncesto, pero poco más.

    A Miguel lo que de verdad le gusta es escribir. Plasmar con palabras todo lo que pasa por su cabeza. Narrar lo que le rodea. Dar forma a esas historias que todo el mundo puede contar.

    Le gusta hacerlo sobre las personas que inventa, pero también con las que le rodean. Quizás por eso se metió a periodista. No lo sabe, porque la carrera nunca le enseñó demasiado. No le otorgó, al menos, las respuestas que él buscaba. Pero pudo aprovecharla hasta cierto punto y comenzó el gran proyecto de su vida: un dietario sobre la gente de su pueblo.

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    Siempre trataba de buscar el lado positivo de la gente, contar lo hermosas que eran las miniaturas que realizaba el bajista de un grupo de música local, o lo relajante que era pasear a la luz del atardecer por el paseo principal, donde los niños salían a jugar mientras sus padres paseaban. Todo con un halo de paz, de tranquilidad y de bienestar en el que, sin embargo, se podía adivinar cierta desesperanza. Como si el autor no pudiese disfrutar de todo lo que le rodeaba y se lo presentase al mundo para que ellos sí fuesen capaces de aprovechar todo lo que la vida les ofrecía.

    Porque Miguel era incapaz.

    Había enterrado durante muchos años aquella fatídica noche. No quería permitir que le afectase tanto como a su amigo José. Tampoco quería mostrar la indiferencia de Alfredo. Sabía que tenía que seguir adelante, pero no podía evitar el remordimiento de saberse el «cabecilla». Todo fue culpa mía, se repetía una y otra vez. Si no hubiese ideado aquello…

    Pero lo que ocurrió no pudo evitarse, le decía otra voz. Eras un niño, un niño estúpido que hacía cosas estúpidas como todos los niños. Tu presencia allí fue circunstancial, producto de la mala suerte. Fruto del azar. Una noche antes no habría pasado. Dos noches después habría sido inviable. Fue la casualidad la que quiso que entraseis en aquel laboratorio diez años atrás.

    La presencia de Miguel en aquella sala hoy no era azarosa.

    Estaba volviendo en sí. Le dolía mucho la parte posterior de la cabeza. Probablemente le habrían golpeado para dejarle sin sentido. Al principio no sabía dónde estaba ni qué estaba pasando. Notó presión en las muñecas. Las tenía atadas a su espalda. También las piernas, por los tobillos. Estaba sentado en una silla.

    Entró en pánico por la inmovilidad. Su boca estaba tapada y no podía respirar bien. Una fuerte sensación de claustrofobia comenzó a apoderarse de él, aunque fue sustituida por otro sentimiento más primitivo, más salvaje: estaba aterrorizado.

    Le había costado reconocer la sala. El laboratorio del colegio no había cambiado nada durante aquellos diez años. Eso lo tenía claro, aunque jamás había vuelto a pasar por él. Supo que estaba de nuevo allí, pero todo estaba cambiado. Recordó que era de noche cuando había salido de casa de José y comprobó que todo seguía oscuro.

    Pero aquella negrura era demasiado insoportable. Eso no era lo peor. La sala estaba deformada, como si fuese un cuadro sobre el que han derramado agua y la pintura empieza a correrse, dejando formas antinaturales de mesas, sillas y materiales. Además, hacía demasiado frío. Recordaba que, al salir de casa de José, hacía calor.

    José…

    De repente, todo volvió a Miguel. La desaparición de Alfredo. Las pinturas en la calle. La neblina rodeándole. La traición de José. Alfredo, como ido, con una daga en la mano. Y él…

    Una voz lo sacó de sus pensamientos.

    —Parece que ya estás con nosotros de nuevo, Miguel.

    El chico se dio cuenta de que no estaba solo. Hace unos instantes no estaban allí, pero ahora podía verlos con claridad. Se encontraba en el centro de un círculo de individuos. Sus rostros estaban tapados por capuchas negras, el mismo color de los cirios que aparecieron por toda la sala, proyectando una luz tenue y fantasmagórica que multiplicaba el efecto deformado de ese lugar.

    Miguel reconoció a la figura que se estaba acercando.

    —¿Por qué haces esto, José? ¿Por qué? —gimoteaba. Trató de aflojar sus ataduras, pero eso no hizo más que aumentar el dolor en sus muñecas— Tú eras el que lo había descubierto todo. Tú eras el que había visto la amenaza del mal… ¿Por qué te unes a ellos?

    José se detuvo y lanzó una risotada.

    —¿Por qué? ¿Por qué? Miguel… mírate. Te jactas de saberlo todo, de conocer a las personas. De ser bueno con todos… menos con los tuyos. ¿Cuántas veces viniste a verme en estos años? ¿Cuántas veces te interesaste por mí? Yo era tu amigo, maldita sea. Y me abandonaste. Todos me abandonasteis.

    »Pero no Él… Al principio le tenía miedo, ¿sabes? Mientras más investigaba, más me horrorizaba. Tenía que detenerlo, me decía. Salvar a todos. Quizás así volveríais a mí. Qué equivocado estaba. Qué iluso. Él me encontró. Aquel día pensé que era el final. Pero no fue así… me aceptó, me acogió. Me dio un propósito… y ahora le sirvo.

    Miguel vio que José señalaba a un punto concreto del laboratorio, pero era incapaz de ver nada.

    —Pronto llegará su momento. Traerá un nuevo orden al mundo. Y yo estaré con él… Oh, no te preocupes, amigo. Te perdono… ¿Cómo no hacerlo? —José se acercó al oído de Miguel y le susurró—: tú vas a ser la puerta… Solo necesitamos que alguien la abra con la llave adecuada, ¿verdad, Alfredo?

    En ese momento, uno de los encapuchados se dirigió a los dos muchachos. El resto de figuras empezó a entonar un cántico de palabras extrañas que Miguel no podía comprender, pero que se agarraban a su espalda provocando un terror puro. Aquellas voces no eran humanas.

    El encapuchado dejó su rostro al descubierto. Era Alfredo, claro. Pero había algo extraño en él. Su mirada estaba perdida. Parecía una carcasa animada por unos hilos invisibles. Se situó al lado de José y sacó la daga.

    —Completa el trabajo, hermano…

    Miguel estaba desesperado. Vio con pavor cómo su amigo se acercaba, ignorando sus súplicas. Notó cómo las lágrimas caían por su rostro. Un líquido caliente recorría sus piernas.

    —Alfredo… por favor…

    El títere avanzaba a paso lento, murmurando el cántico que el coro repetía cada vez con más estridencia y rapidez. Se agachó para ponerse a la altura del sacrificio humano y empezó a hacer una señal blasfema con la daga. De repente, Alfredo alzó la mano. La cadencia de cánticos se interrumpió y un estruendoso silencio se apoderó de la sala. Miguel contuvo el aliento mientras paseaba la mirada de su amigo a la punta afilada de la daga. En la hoja, Miguel pudo ver con horror todo el mal que venía, retorciéndose y luchando por salir.

    El chico sollozó con resignación en lo que pareció un instante eterno.

    Entonces, con un rápido movimiento, la daga se hundió en el pecho de Miguel. Al principio no le dolió. Ahogó un grito de sorpresa por la rapidez del golpe, que le seccionó con precisión una de las arterias del corazón.

    Miguel notó cómo se le escapaba la vida cuando Alfredo repitió con precisión sobrenatural el mismo golpe en otra de las arterias. La visión se iba apagando poco a poco.

    Lo último que el joven pudo ver antes de morir fue cómo Alfredo soltaba la daga, como dándose cuenta de lo que había hecho. Y lo último que sintió fue la presencia inequívoca del Mal triunfando…

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