Capítulo VI, por José Carlos Valverde

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    BannerDUELOTodo estaba oscuro. Las ventanas cerradas, la calle vacía, el sordo trueno se diluía en el horizonte. Ni rastro de la vida… Era una dimensión diferente, el momento de la “nada” había llegado. El viento ya no soplaba, el tiempo se estrelló en el interior de su ancestral cambio hacia el inframundo. El caos parecía haber llegado, el mal se adueñaba de todo atisbo de vida. Aquel ritual empezaba a tomar forma… En una visión engañosa.

    Alfredo caminaba cabizbajo. Sus pasos, entrecortados, parecían alisar el pavimento pesado de la calzada. Le costaba ordenar la cadencia de sus pies, sus brazos arqueados colgaban como hilos a punto de descolgarse.

     —Hazlo, hazlo, hazlo… —revoloteaban, susurrando, las sombras por su espalda.

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    El camino del joven se difería con la realidad. Sus ojos percibían la oscuridad del momento. “Su falso momento”. Parecía absorto e hipnotizado. Flases a su alrededor contrarrestaban con el mundo y la vida, que tenían un carácter paralelo.

    —Míralo, es Alfredo, el pirado del crimen… ¡Está borracho! —Murmuraban los jóvenes, y no tan jóvenes, a su paso.

    La vida seguía su curso, pero las visiones habían dejado de coincidir. El contexto era demasiado diferente para no caer en el error de la burla. Porque el mal necesitaba de Alfredo para fundir ambos mundos.

    El chico continuaba su marcha, dobló la esquina y tropezó con la acera. En ese choque cayó al suelo, y el sonido de un cristal se escuchó junto a él. Se detuvo, observó que había un zapato. Lo miró, sonrió y se agachó. Sin más volvió a seguir su camino, pero había dejado el zapato.

    Ahora además de aturdido cojeaba en cada pisada. Las burlas subían en intensidad al otro lado del abismo. En su lóbrego mundo las tinieblas iban resbalando por las paredes, parecían sábanas estiradas al viento en una azotea cualquiera. Algunas parecían dibujar cruces en posición invertida. “La Marca” señalaba una única dirección…

    Voces y más voces, pero al amparo de las sombras, en la realidad que subsistía ajena a lo que iba a suceder.

    Mientras tanto, en la habitación de José el clima era extraño. Ninguno de los dos quería romper el momento de la calma. Pero ambos, sobre todo José, percibían el olor del miedo.

    Pasaban las nueve de la noche y José se acercó a recoger el dossier para depositarlo en su estantería. Había renunciado a seguir con la explicación. Todo era en vano. Justo en el momento de cerrar el cuaderno, Miguel le agarró por la mano y le detuvo

     —¿Todo esto es cierto? —preguntó.

    —¿El qué?

    —Las cruces, tu investigación, el mal… —Le costó pronunciar ésa, la última palabra.

    —Es un ritual, necesita sangre. Tiene que alimentarse. Vive a costa de la sangre inocente. Hay quien le da culto…

     —¿Quién? —Insistió Miguel.

    —El mal, amigo. Es el mal, ¡existe y está entre nosotros! —Repuso José.

    —¿Pero qué quiere de nosotros? ¡Es imposible!

    —No lo sé. Las cartas, la insistencia… Me temo lo peor.

    —¿Lo peor? Por favor, José. No me asustes, dime la verdad. ¿Qué has investigado? ¿Qué sabes realmente?

    —Las fuerzas siempre han existido, es un pulso. Cada muchos años vuelven a desafiarse. Pero esta vez…

     —¿Esta vez? —Reclamó Miguel.

    —No sé, creo que hay algo más. No debimos de entrometernos…

    —¡Fue casualidad, José! Solo éramos tres chicos que querían correr una aventura…

    —No me preocupa el desafío de las fuerzas. Me preocupa el ritual… —añadió.

    —¿Qué ritual? Joder…  —El inframundo siempre ha querido doblegar a nuestro mundo. Si las puertas se abren el caos llegará y todo lo que conocemos como mundo llegará a su fin.

    Miguel estaba aturdido, le costaba respirar. El sudor empezaba a resbalar por su frente, caminaba desesperado de un lado para otro.

    —Si el portador consigue la daga, solo falta la sangre y un nuevo ritual…

    —¿Qué? ¿Daga? ¿Ritual? Pero… —a Miguel le costaba pronunciar palabra alguna. Finalmente, con dificultad consiguió hacerlo —. Tenemos que dar con Alfredo, hay que preparar un plan. ¿Cómo puede evitarse tal desastre?

    —No lo sé. Mis investigaciones no son del todo precisas…

    Los dos amigos se miraron, estaban perdidos, pero algo en su interior les decía que tenían que intentar pelear para salvar sus vidas, pero sobre todo tenían que defender al mundo. Había una lucha, y se estaba fraguando en el interior de las sombras.

    —No contesta —dijo José mientras guardaba el teléfono.

    —Llama a su casa, Alfredo ya habrá llegado —respondió Miguel.

    —No contesta tampoco… Algo va mal —añadió José.

    —Vamos, no hay tiempo que perder. Hay que llegar a su casa. Tenemos que darnos prisa, él también está en peligro. Si permanecemos juntos será más fácil —expuso Miguel con energía.

    José afirmó con la cabeza sin mediar palabra alguna. Cogió el dossier de investigación y lo metió  en una mochila, rápidamente abandonó junto a su amigo la casa. Al llegar a la avenida José se detuvo sujetando el brazo de Miguel…

    —Espera… —indicó.

    —¿Qué sucede?

    —Las señales, no me gustan nada… —Dijo José señalando dos cruces invertidas a modo de grafiti en un viejo paredón.

    —¡Joder! —Se asustó al verlas.

    El cielo empezó a dibujar en la lejanía numerosos truenos. Era de noche, pero la negrura, más si cabe, se había cargado de una fuerza tan grande que ahogaba cualquier luminosidad. El suelo empezó a tambalearse y una corriente helada de aire rasgó los rostros de los dos amigos, que se habían aferrado a sus posiciones con dificultad. Miraron a su alrededor, todo había sido consumido por una neblina que les aislaba del mundo…

    José agarró la mano de su compañero, le miró a los ojos y le dijo:

    —No temas, ya hemos llegado… —sonrió—. ¡Ahora te entregarás a las sombras! —Gritó mientras señalaba a la espalda de su acompañante.

    Miguel se volvió aterrorizado y observó una silueta a lo lejos. Miraba al suelo y en su mano portaba algo. Volvió a girarse y se encontró con José, que aparecía acompañado de un misterioso, pero conocido, señor.

    —¿Le recuerdas? Preguntó José con sorna. Era el extraño señor que había visitado a Alfredo aquella noche en el bar. Miguel giró la vista y observó la silueta que ahora ya se situaba a pocos metros de él.

    —¡Alfredo!- ironizó José. Cumpliste tu misión, has traído la daga…

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