Capítulo V, por Juanlu Mármol

    Excelencia

    BannerDUELOAusencias y presencias.

    Muchas veces catalogamos la existencia en torno a divisiones, enfrentamientos. Blanco contra negro. Un bando contra otro. Antiabortistas contra pro-vida. Mi equipo de fútbol contra el tuyo. Sí o no. El candidato de la derecha contra el de la izquierda (¿otras opciones? Ja).

    Es una manera de afrontar nuestra vida que lo simplifica todo, que lo hace mucho más reconfortante. Desde muy pequeños debemos tomar partido por uno u otro bando en todas las cuestiones del mundo, desde las más banales hasta las más trascendentes. Porque así todo es mucho más fácil y fluido. No hay que pensar, ni siquiera cuando argumentas las razones que te han hecho cambiar de parecer, de «traicionar» tus principios. Incluso es más fácil aceptar que estás en el bando perdedor. Hasta para eso nos sacamos motivos que justifiquen que nuestro equipo es una mierda (pero tiene la mejor afición), que sigamos votando al partido corrupto (al menos los conocemos).

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    Porque eso es más bonito que la verdad.

    Y la verdad es que lo único que define al todo es si está o no. Alguien dijo alguna vez que el Mal es la ausencia del Bien. El frío campa a sus anchas cuando el calor no se encuentra disponible en esos momentos. La Muerte es cuando la Vida ya no está. Y eso es lo terrible del asunto. Tienes que esperar a que las cosas «positivas» hagan acto de presencia o rezar para que estas no dejen su lugar a lo terrible. A lo que entendemos como terrible, claro.

    Hay muchas más verdades como las de antes, pero todas son más o menos digeribles. Incluso nos las hemos apañado para combatirlas en cierto modo. Cuando hay Mal, el Bien llega tarde o temprano para cambiar las cosas. Si el frío es nuestro compañero, más mantas para convocar al calor. Cuando muere un ser querido, suele llegar otro que lo remplace.

    Pero hay una verdad que es inmutable, y por ello, la más pavorosa de todas. Cuando no hay Luz, hay Oscuridad.

    No, no me refiero a esa oscuridad de tu dormitorio, a la que te puedes acostumbrar cuando pasa un tiempo. Eso no es Oscuridad, sino una luz débil. Hay un tipo de Oscuridad que no puedes contrarrestar. No hay ninguna Luz que pueda ahuyentarla. Porque esta Oscuridad está al traspasar la última puerta que cualquier ser humano será capaz de abrir.

    Alfredo estaba experimentando ese tipo de Oscuridad.

    No sentía dolor, pero sí una terrible sensación de pánico. Aterrado, era incapaz de dar un solo paso. No podía ver nada. Donde segundos antes se encontraba la puerta de su casa, ahora no había nada. Empezó a sentir mareos por la desorientación. Sin ningún punto de referencia al que agarrarse, se agachó, llevándose las manos a la cabeza. Su respiración se aceleró y, en poco tiempo, lágrimas de terror comenzaron a caer por sus mejillas.

    Quiso gritar, pero el pánico lo había anulado por completo. Intentó comprender qué estaba sucediendo a su alrededor. ¿Cómo había sucedido todo eso? ¿Dónde se encontraba? Hacía menos de media hora estaba en casa de José, con Miguel, escuchando aquellas patrañas del pirado de su amigo. No eran más que los delirios de alguien que no supo afrontar un recuerdo traumático. Y él no tenía tiempo para seguir escuchando sus cosas, así que se fue a su casa… donde le esperaba él.

    Alfredo recordó la terrible figura que se erguía al final de la calle… pero era imposible. ¡Esas cosas no existen! Pero ahí estaba, observándole. Hablándole.

    —Tú eres especial, hijo… tú podrías llegar a ser tan grande…

    De repente, el joven volvió a sentir el mismo terror que había experimentado aquella noche, diez años atrás. La ausencia de luz que lo envolvía todo multiplicaba el temor que le producía esa voz… Aquello no era humano. Por tanto, no podía ser.

    «Esto es una pesadilla, una terrible pesadilla. Estás asustado, es normal. Ese sobre, ese pirado y el puto pervertido que nos ha gastado una broma de mierda han entrado en tu cabeza. En realidad estás en tu cama y te despertarás pronto», pensaba una y otra vez Alfredo.

    Una risa inhumana se retorció en el interior de su mente, eliminando toda posibilidad de convencerse de la irrealidad de la situación.

    —¿De verdad piensas que estás en tu casa? No seas necio, Alfredo… tú eres más inteligente…

    —¿Cómo puedo saber dónde estoy? ¡No veo nada! ¿Quién eres? ¿Qué quieres de nosotros?

    De repente, Alfredo se encontraba de vuelta en aquel terrible lugar donde su vida cambió hace diez años. Aquello lo aterró más. No se había cambiado de colegio, por lo que, durante los seis años siguientes, fue testigo de los cambios que había experimentado aquel edificio. Por eso sintió pavor al darse cuenta de que volvía a estar en aquella fatídica noche, en el punto donde sucedió todo.

    De algún modo, fue transportado al laboratorio. Aún no había sucedido.

    «¿Qué está pasando? ¿Cómo he llegado aquí?», se preguntaba. En ese momento, las puertas del laboratorio se abrieron. Dos personas entraron, pero no supo distinguirlas. Eran sombras borrosas. Sus contornos estaban definidos, por lo que, aunque no podía escucharlos, sí tuvo la certeza de que estaban discutiendo. Uno de ellos hacía más aspavientos que el otro, pero los dos estaban haciendo el mismo trabajo, desplazando las mesas del aula para situarlas en la disposición que jamás olvidaría, dejando un gran espacio abierto en el medio de la sala.

    Alfredo asistía al espectáculo con el miedo clavado en la nuca. De alguna forma, había algo más en esta escena que le provocaba una sensación de angustia constante. Cierta familiaridad… y eso lo aterraba.

    Cuando las dos siluetas terminaron su trabajo, la que parecía más contrariada volvió la espalda a su compañera. Señalaba la puerta y luego hacía el inequívoco gesto de señalar un reloj, para luego abrir los brazos. Alfredo dedujo que estaba indicando un retraso de más personas. En ese momento, la otra persona se acercó por la espalda y la degolló con rapidez. Era uno de los tajos que más se había grabado en la memoria del niño.

    El cuerpo del otro cayó al suelo y la figura atacante comenzó a despojarlo de sus ropas. Estaba de rodillas a su lado cuando levantó el cuchillo con las dos manos, dispuesto a completar la matanza. Alfredo no pudo verlo, porque la imagen cambió de nuevo. En ese momento pudo ver a los tres niños, entrando en el pasillo superior. Recordó que se dirigían a la jefatura de estudios. Trató de alertarlos, pero no salía ningún sonido de su boca. Impotente, vio cómo los niños conseguían abrir la puerta, la euforia contenida, la adrenalina… cuando la vida era más fácil.

    Ocurrió algo que no recordaba. Miguel golpeó sin querer la silla, que hizo bastante ruido. En ese momento no se habrían dado cuenta, pero al Alfredo actual le sorprendió lo violento del sonido. El escenario volvió a cambiar al laboratorio. La figura había sido alertada por el sonido. Se incorporó, puso una silla para sostener la puerta del laboratorio y se dirigió hacia la fuente, hacia los niños. El terror seguía martilleando las sienes de Alfredo, y aquella terrible sensación que se había agarrado a su nuca se volvía cada vez más intensa. Había algo muy familiar en aquella figura, que avanzaba a grandes pasos hacia la jefatura de estudios. Alfredo seguía la imagen, impulsado por una fuerza extraña.

    La figura se detuvo en la esquina, vigilando. Estaba sosteniendo el cuchillo, como sopesando si actuar o no, cuando un fuerte ruido había llamado la atención de todos los presentes en el recuerdo. La silla no era suficiente para sostener la puerta, que se había cerrado de un portazo.

    La figura huyó, y Alfredo se vio arrastrado con ella hasta la salida del colegio. Notaba la furia del enigmático asesino, la frustración por no poder acabar su tarea. Y el miedo. Giraron por un callejón a la salida del colegio. El asesino buscaba un lugar donde deshacerse del arma, cuando se congeló. Alfredo también lo notó. Había alguien más en el callejón. Era la misma presencia que había notado en su calle.

    La figura encaró lentamente al ente, temblando de miedo. Se arrodilló. Empezó a hacer gestos con los brazos, unos gestos en los que Alfredo pudo reconocer un intento de justificación. Él mismo había hecho eso durante años.

    El ente parecía indiferente a las súplicas del asesino y se dirigió a paso lento hacia este, que permaneció inmóvil, paralizado por el miedo. La presencia puso una mano sobre la cabeza del asesino y este empezó a retorcerse de dolor. Alfredo también se llevó las manos a la cabeza, porque también estaba sufriendo. Tras un instante eterno, el ente cesó su tortura y la figura se desplomó.

    La imagen empezó a desvanecerse, pero clareó un instante para que Alfredo pudiese reconocer el rostro del asesino, aunque no lo necesitó. Aquello solo confirmó su temor. Volvió a ver aquella expresión, ida, vacía de todo sentimiento, que tantos días había contemplado. La misma que un día dejó de aparecer y a la que tanto había aprendido a odiar.

    El rostro de su padre.

    Alfredo volvía a estar en la Oscuridad. Un coro de risas y aullidos acompañó las palabras que el ente le dirigió.

    —¿Lo ves, hijo? No tienes escapatoria. Es tu destino. Lo llevas en la sangre… donde tu padre fracasó, tú triunfarás… o sufrirás mi ira como él…

    La terrible Oscuridad. Ausencia de toda Luz. El mismísimo Infierno. Aquello era más deseable que la última imagen que aquel ser maligno compartió en su cabeza. Un cuerpo despedazado, vuelto a montar y despedazado de nuevo. La piel vuelta del revés, tirada con garfios que le atravesaban por todas partes. Alaridos de locura y dolor repetidos una y otra vez. El destino de su padre.

    —No me falles, Alfredo.

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