Capítulo IV, por José Carlos Valverde

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    BannerDUELO“Estáis siendo observados, siempre lo habéis sido, pero no erais los elegidos. Insolentes gusanos, no debisteis acudir a la cita del maligno. Habéis sellado el compromiso con la oscuridad. Desde ese día nos pertenecéis… ¿Pensáis que fue un simple asesinato? Dichosos mortales, a todo tratáis de darle forma. ¡Estúpida explicación racional!

    Haced caso a las señales, estamos aquí. Vuestra hora no tardará en llegar”.

    Finalmente, y casi obligado por sus acompañantes, José decidió abrir el sobre y leer en voz alta el contenido de la misiva. Justo al acabar, dobló el papel y lo introdujo de nuevo en la cubierta. Colocó la carta al lado de las otras dos y se sentó sobre la cama cabizbajo.

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    Alfredo y Miguel resoplaban y aguardaban a la espera. El tiempo era tan denso que absorbía el pensamiento silencioso de cada uno de ellos. Miguel comenzó a sudar, y en un segundo cambió varias veces de posición. Alfredo clavó sus ojos en la imagen de José, que movía sus piernas en forma de tic nervioso.

    —¿Alguien conoce a ese señor? —lanzó de repente Alfredo.

    —¿A quién te refieres? —respondió Miguel.

    —¿Quién os entregó la carta? —Interrumpió José.

    —No pude verle bien —contestó Alfredo—. Era la hora del cierre, el bar estaba casi a oscuras. Era un hombre extraño, su forma de vestir… —arrugó el rostro, dando la sensación de disgusto.

    —Lo sé —se adelantó Miguel—. Gabardina larga y oscura. ¡Ah! Y sombrero… ¿no es cierto? -sonrió mientras miraba a los dos chicos.

    —Es la imagen del mal… —afirmó José, mientras se levantaba de la cama y volvía a coger sus libretas—. Puede estar en varios sitios a la vez —insistió continuando su búsqueda.

    —Chicos, chicos… —trató de controlar la situación Alfredo—. ¡Si sólo era un señor! Un estúpido gilipollas, desde luego. Vale, conoce la historia, pero… ¿Quién no la conoce? ¡Joder! ¡Se os olvida que vivimos en un puñetero pueblucho! Me niego a continuar siendo el hazmerreír de toda esta patraña.

    —¿El mismo caballero en tres lugares a la vez? —Cuestionó Miguel—. Dejemos que José explique toda esta locura, él ha trabajado estos años buscando una explicación.

    Alfredo pareció serenarse, o al menos aceptó, de momento, aquella explicación.

    —Creo que he sido el único que no ha tenido contacto con La Bestia —aclaró José mientras sacaba de su cuaderno una enorme cartulina plegada.

    Alfredo resopló mientras negaba a la par con la cabeza, como queriendo desviar la seriedad del asunto.

    —¿La Bestia? —preguntó Miguel.

    —Cruces de color rojo en posición invertida, es la imagen del diablo —soltó señalando un enorme mapa de simbología que él mismo había confeccionado. Mientras deslizaba sus dedos por las arrugas del papel, miró fijamente a Miguel—. La Bestia, el diablo… Llámalo como quieras —¡El mal existe! ¿Es que no lo veis? Se alimenta de las almas de este mundo…

    De nuevo silencio y cruce de miradas, pero todas no parecían decir lo mismo.

    —Creía que te habías recuperado —ironizó Alfredo acercándose a la mesa para curiosear los extraños dibujos del muestrario—. Estás peor de lo que pensaba…

    José sonrió con sorna, cogió aire desde el ínfimo rincón de la rabia, y contestó.

    —Al menos a mí, mi familia, me apoya. Les preocupo. Mi padre nunca me abandonaría como hizo contigo.

    —¡Hijo de puta, chalado! —Alfredo explotó…

    El arranque se llevó por delante la mesa donde estaba el dosier con la misteriosa información recopilada. Ambos cayeron al suelo, y Alfredo propinó un puñetazo en la mejilla a su particular contrincante. José se resintió y consiguió agarrarle las muñecas mientras giraban de izquierda a derecha como un balancín. Todo sucedió en pocos segundos, Miguel intentaba detener aquella estúpida disputa, pero en un primer momento le resultó imposible. Al cabo de unos segundos decidió abrazarse a la espalda de Alfredo, que continuaba, sobre el cuerpo de José. Con algo de fortuna y mucho esfuerzo logró apartarles. Todos recuperaron la verticalidad, Miguel separó a ambos con un despreciable empujón sobre el pecho, y les dedicó unas palabras…

    —¿Os dais cuenta? —Cuestionó con rabia—. ¡Joder, estamos en peligro! ¿Qué coño estáis haciendo?

    —Me largo —Se adelantó Alfredo sacudiéndose el pantalón. No le importaban lo más mínimo las palabras de su amigo—. Aquí os quedáis con vuestras teorías ritualistas y esquizofrénicas. ¿Habéis pensado en realizar un programa nocturno para la radio? Estas gilipolleces, ahora, se estilan mucho —Bromeó ridiculizando la situación.

    El portazo sonó en los cimientos de la morada. Ya en la puerta de la casa, Alfredo miró hacia arriba, a la ventana. Comprobó cómo José y Miguel se asomaban, sus rostros eran serios, parecían preocupados. Alfredo les señaló y se obligó a carcajear, continuó unos metros hacia delante, se giró, y les dedicó una peineta.

    A medida que avanzaba por la avenida, el día se iba oscureciendo. Lo que parecía un movimiento natural, una parte del ciclo de los días, se tornó en algo extraño cuando a cada paso, la oscuridad ganaba a la claridad. A penas eran las cuatro de la tarde…

    Extrañado miró al cielo, casi no quedaba un ápice de color azul en las alturas. Todo estaba demasiado oscuro. Empezó a inquietarse cuando en las ventanas que proyectaban el interior de las viviendas, tampoco había ningún atisbo de vida.

    Sus alarmas internas, el chivato del miedo que interioriza cada cuerpo… se aceleraron de repente. Justo en la puerta de casa, cuando ya parecía a salvo de la extrañeza. Lo que divisó le atropelló su discurso despectivo e incrédulo. Las palabras de José, resonaron como una sirena que delata el peligro.

    El maligno… Cruces de color rojo en posición invertida… El diablo… El diablo… El diablo…

    Allí las tenía, justo delante de él, una a cada lado del portón de la entrada de casa. Dos cruces dibujadas en color rojo, ambas de forma invertida, bocabajo…

    Pero había más. Mientras rebuscaba por los bolsillos de la mochila tratando de encontrar las llaves de casa,  al fondo de la calle, desde la profundidad más sombría que había conquistado aquel pueblo en escasos minutos, se oyó un ruido ronco y confuso. Una especie de ronquido animal. Parecía de otro mundo…

    Alfredo no quiso mirar, aterrado y con las llaves en la mano se dispuso a entrar en la casa. Justo al poner la palma sobre la puerta comprobó atónito que ya estaba abierta. Miró la cerradura, no había sido forzada. Por lo que rápidamente se coló hasta el interior. Ya estaba a salvo. O tal vez no… Un olor a podrido le hizo arquear retorcido. Buscó la luz por la pared del pasillo. No podía aguantar tal pestilencia, iba a vomitar cuando, de pronto, aquel desagradable rumor, ahora se reproducía en forma de voz, justo detrás de él:

    —Escúchame, hijo…

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