Capítulo III, por Juan Luis Mármol

    0
    5
    moroninfo-mar17

    —Nunca he podido olvidarlo, ¿sabéis? Cada vez que cerraba los ojos, allí estaban los suyos. Abiertos, desencajados. Sin vida. Pero con el terror y la desesperación del dolor y la muerte grabados para siempre. Esa imagen es la que más pavor me provoca. No fueron las tripas desparramadas. La carne cortada y el pecho abierto. Los horribles dibujos con la sangre. Nada de eso me inquieta más que la mirada de aquel cuerpo.

    José hizo una pausa para contener la respiración. De vez en cuando tenía ataques de ansiedad que duraban poco. Había aprendido a contenerlos en los últimos años. Al principio le costó mucho, eso sí. Su recuperación había sido muy lenta, pero eficaz. Sin embargo, desde que recibió la carta, todo el progreso se había derrumbado por completo.

    Ahora estaba de pie, mirando por la ventana de su habitación, de donde no había salido más que para lo indispensable en la última década. Daba la espalda a sus dos amigos (bueno, conocidos, después de tanto tiempo) y miraba de reojo a la mesa donde reposaban los tres sobres. Solo el suyo permanecía cerrado. No necesitaba abrirlo para saber qué contenía.

    moroninfo-mar17

    Alfredo y Miguel se miraron incómodos. Para ellos también había supuesto multitud de noches de pesadillas y trastornos, pero jamás se dieron cuenta de la dimensión del daño que los sucesos de aquella noche habían provocado en José. Miguel no podía evitar sentirse culpable por haberlos arrastrado hasta allí en ese momento, pero… ¿cómo iba a saberlo? ¿Quién sospecharía que un cadáver aparecería en el colegio?

    José se serenó y volvió a encarar a los otros dos. Rehusaba sus miradas.

    —Lo intenté. Con todas mis fuerzas. Apartar todo aquello de mi cabeza. Pero no he podido. Tenía siempre la sensación de que esto volvería algún día, que tenía que estar preparado… No me ha dado tiempo, no lo esperaba tan pronto, pero ha ocurrido.

    —Tenemos que acudir a la policía —intervino Alfredo—. Ellos sabrán qué hacer con este imbécil. No es más que otro bromista. Lo siento mucho, José, sé que para ti no es fácil, pero tienes que comprender que aquello empezó y terminó en esa misma noche. Nada más.

    Miguel asintió.

    —El muy gilipollas habrá pensado que sería divertido asustarnos. Esto lo he leído en un manual de la facultad. Siempre hay pirados que tratan de parasitar en el sufrimiento de las víctimas de sucesos para satisfacer un ego desmedido.

    José empezó a temblar y a negar con la cabeza. Una vez más se encontraba ante sus amigos, exponiendo una clara situación de peligro para los tres, y una vez más estos hacían como el resto de personas a lo largo de los años: charlita condescendiente y a otra cosa.

    Viniendo de los demás podía hasta entenderlo. Ellos no habían estado implicados en aquella noche maldita y no podrían comprender.

    Por eso le dolía tanto que las dos personas que más podrían apoyarle le traicionasen de esa manera, arriesgando tanto.

    —¿Pensáis de verdad que esto es una broma? ¿De verdad creéis que no estamos en peligro? ¡No sé cómo estáis tan ciegos! ¡Estamos marcados! ¡Vienen a por nosotros!

    —¿De qué estás hablando? —preguntó Alfredo.

    José se dirigió a su escritorio, abrió un cajón y sacó un archivador. En él había un taco gordo de papeles atados con una cuerda que el joven desató con prisa. Desparramó las hojas por el escritorio y encendió el flexo.

    Los dos compañeros contemplaron con estupor una serie de fotografías y dibujos que reconocieron enseguida. Junto a ellos, miles de notas manuscritas con la letra de José analizaban cada trazo de las imágenes.

    —Dios mío… —suspiró Miguel al cabo de un instante.

    Alfredo miró a José con una mezcla de tristeza e incredulidad.

    —Su mirada… el terror en sus ojos. La desesperación. ¿Sabéis por qué murió con esa mirada? Porque comprendió. Antes de morir descubrió una terrible revelación. Una verdad tan terrible que eclipsó todo dolor por la tortura a la que fue sometido.

    —¿De qué estás hablando, tío?

    José miró a sus dos compañeros de clase.

    —Pronto nosotros tendremos esa mirada también. Ya vienen. Y no podemos hacer nada para salvarnos.

    moroninfo-mar17