Capítulo II, por José Carlos Valverde

    0
    18
    moroninfo-mar17

    Diez años. Diez difíciles años transcurrieron desde aquella maldita noche. El tiempo había calmado, si es que es posible serenar un acontecimiento así, la vida de los tres chicos. Numerosas especulaciones, continuas idas y venidas al departamento policial para repetir el eterno discurso de la primera noche; la misma declaración de siempre… Una y otra vez durante una década, o casi. Investigaciones eternas que nunca se resolvieron con claridad. El colegio permaneció cerrado durante cuatro meses. Finalmente, todo acabó en nada…

    La estampa de héroe escolar les había salido demasiado cara. Una marca que les acompañaría en el más ínfimo rincón de los secretos. Todos quisieron olvidar, pero ninguno de ellos había conseguido hacerlo completamente.

    Miguel, el líder de la operación, se arrastraba entre clase y clase de periodismo. Llevaba varios años cursando el primer curso, pero no le importaba. Parecía extasiado ante el paso del tiempo. Desde aquella noche su mirada se había perdido en el interior de aquel terrorífico despacho. Sus padres decidieron que la mejor opción era un cambio de aires. Por eso habían encargado a Irene, su tía, la responsabilidad de atender al muchacho.

    moroninfo-mar17

    Por el contrario, Alfredo, aguantó bien las embestidas de los curiosos que, aún diez años más tarde, cotilleaban a su paso. Al menos aparentaba hacerlo bien. Había dejado los estudios de arquitectura porque decidió que lo que necesitaba un hombre para triunfar era dinero. Más cuando su padre abandonó sin motivo aparente a la familia, dejando a la empresa y a la casa en bancarrota. Él siempre decía lo mismo: -Le pudo la presión que los demás aguantamos durante mucho tiempo.

    Trabajaba en un pequeño pub a las afueras de la ciudad.  Era el encargado del turno de noche, le encantaba trasnochar y hacer vida cuando todos, o casi todos dormían. Lo curioso del asunto es que el bar, en su día, fue el refugio de los profesores de su antiguo colegio. El mismo que miraba de reojo cada madrugada cuando bajaba la verja para cerrar el local.

    Sin embargo, José fue el peor parado de los tres. Continuaba en tratamiento psicológico, y evitaba el contacto con el exterior desde aquella noche. Se había convertido en una persona oscura, huraña, que apoyaba toda responsabilidad en la figura de sus padres.

    La relación de los tres compañeros se había enfriado con el paso de los años. Y aunque Alfredo, al principio, visitó durante un largo periodo de tiempo a José, siempre conocía el estado de su amigo por mediación de sus padres en el recibidor de casa. Algo que terminó por distanciarles definitivamente.

    El tiempo había asentado la leyenda entre los ciudadanos. El colegio llevaba años impartiendo clases con normalidad. Incluso reforzó la seguridad para recuperar el prestigio perdido tras el crimen. Todo parecía en calma. O no…

    Era una noche fría, Alfredo limpiaba la barra con una vieja y húmeda bayeta. Sobre el mostrador había un pequeño cuenco con agua y algunas gotas de ginebra que solía utilizar para dar brillo al cristal de la misma. El bar estaba vacío, y la luz era tenue. La televisión comenzaba su periplo por las ofertas absurdas que, cada madrugada, trataban de seducir a los trasnochadores.

    De pronto la puerta se abrió…

    -Buenas noches -dijo una voz rota a la espalda del chico. Alfredo se giró, miró el reloj, y algo ofuscado por la visita contestó.

    -Estamos cerrando, caballero. Gracias.

    -No tardaré nada -reprochó abriendo su larga gabardina-. Solo he venido a traerle esto. No suelo beber en días tan señalados… Por cierto, Felicidades -terminó mientras sacaba del bolsillo de su camisa un pequeño sobre.

    Alfredo se paralizó por la sorpresa. El opaco ambiente le había impedido reconocer el rostro de aquel misterioso señor. Soltó la bayeta en el recipiente y se acercó hasta el interruptor para dar más fuerza a la luz del local.

    -¿Qué es eso? -contestó mientras el último cliente de la noche tomaba asiento.

    La luminosidad mostraba un señor de mediana edad. Llevaba un borsalino como sombrero, lo que dificultaba la visión de su rostro, una larga y oscura gabardina, y se apoyaba sobre un elegante bastón color marfil que ahora, sobre el banquete, situaba entre sus piernas.

    -No se esfuerce, no me va a reconocer -lanzó-. ¿Es que no la va a coger? La carta quiero decir.

    -Sí, pero yo no soy el dueño del local. Si le parece puedo dejarla sobre…

    -Le busco a usted, Alfredo -interrumpió-. Es uno de los tres destinatarios de la misiva. Hoy tienen algo que celebrar.

    -¿Celebrar? ¿Quiénes? Perdone, pero no le entiendo…

    -Lo entenderás muy pronto -hizo una pausa, y se levantó. Parecía no querer mostrar su rostro, y agachaba con esa intención el ala de su sombrero. Se envolvió en el interior de su capa y caminó apoyado sobre el bastón hacia la puerta. Una vez allí se detuvo-. Tres… tres amigos… ¡Y qué tres amigos! -carcajeó mientras salía al exterior.

    Alfredo observó cómo el extraño señor del bastón se diluía en la oscuridad. Miró hacía el sobre, era de color negro, y suspiró. Encendió un cigarrillo y se acercó a la puerta del local. Echó un vistazo a ambos lados de la empedrada calzada, -vacía-, dijo en voz baja. Dio una segunda calada al pitillo y entró de nuevo.

    Pensativo se acercó hasta la carta. La cogió, y la giró extrañado. Había algo escrito.

    “Los tres amigos: Alfredo, José, y Miguel”

    -¡Dios mío! -gritó. En ese momento sintió náuseas, y un terrible dolor de estómago. Soltó la carta y retrocedió unos pasos. Incrédulo sacudió la cabeza, volvió a darle una calada al cigarro y sin pensarlo lo arrojó al suelo. Se dirigió al almacén para buscar su mochila donde guardaba el teléfono móvil. Tenía claro a quien llamar, daba igual el paso del tiempo. Tropezó con algunas sillas y cayó varios vasos que aún ocupaban las mesas. Finalmente se hizo con el teléfono, lo desbloqueó y comprobó que había dos mensajes de whatsapp.

    Abrió los ojos y centró sorprendido la mirada en los remitentes. Miguel, y José. Ambos con un mismo texto: “También nos ha visitado, tenemos que vernos. Hemos recibido la carta”.

    moroninfo-mar17