Capítulo I, por Juanlu Mármol

    BannerDUELO—¿Dónde está? ¡Debería haber llegado hace media hora! —protestó en voz baja uno de los chicos.

    La oscuridad les ocultaba, pero sabían que el más mínimo ruido les delataría y acabaría con todos sus planes. Lo habían estudiado todo al detalle y, si trabajaban en equipo, todo saldría a las mil maravillas. Serían los héroes de la clase. Pero, para ello, todos tenían que cumplir su papel. Sin errores.

    El tiempo es oro, dicen. Y los dos muchachos se retorcían de rabia sabiendo que el tercero les estaba costando una fortuna.

    —¿Estás seguro de que le dijiste bien la hora y el sitio? —preguntó el otro muchacho, algo más calmado.

    —¡Claro que lo hice! —afirmó, mientras se preguntaba si había sido totalmente claro con el tercer miembro del grupo.

    Unas ligeras pisadas alertaron a los dos chavales, pero pronto se relajaron al ver que se trataba del impuntual de su amigo.

    —¿¡Dónde te habías metido!? Casi nos da un infarto esperando… —protestó el primer chico.

    —Lo siento… —musitó el interpelado. Aún estaba recuperando el aliento de la carrera para poder llegar lo más pronto posible a su destino. Tomó un par de bocanadas más para calmarse y justificar su tardanza — pero mi padre ha tardado mucho en quedarse dormido. Ya sabéis, una de esas noches…

    Ambos chicos asintieron sabiendo a lo que se refería. Tras unos segundos en tenso silencio, el líder del grupo, el más calmado de los tres, hizo una recapitulación para ejecutar el plan maestro.

    —Alfredo, el agujero en la alambrada sigue abierto. José y yo hemos estado estudiando la zona mientras llegabas y no hay señales de vigilancia. ¿Has traído el material?

    El rezagado Alfredo sacó una pequeña funda por toda respuesta. El cerebro de la operación se dio por satisfecho y prosiguió.

    —Bien, pues en cuanto entres, ya sabes: ve lo más rápido que puedas a la puerta y ábrela. Te estaremos esperando al otro lado.

    —¿Estás seguro de esto, Miguel? ¿Y si le pillan? ¿No hay otra forma de entrar? —preguntó José, que no terminaba de fiarse de Alfredo.

    Miguel suspiró dejando a entender que no tenía ganas ni tiempo de volver a discutir el plan. Alfredo tenía que entrar por el hueco de la alambrada (que ya era demasiado pequeño incluso para el menudo chico) y abrir las puertas del colegio desde dentro.

    Tras esto, los tres chicos tendrían que recorrer rápidamente el pórtico en dirección hacia las escaleras que llevaban a las aulas de secundaria, donde se encontraba el despacho del jefe de estudios. Tendrían que ser sumamente sigilosos si no querían despertar a los curas que vivían a dos palmos de allí.

    Se habían dado de margen cuarenta minutos, por si la cerradura no era tan sencilla de abrir como habían sospechado. Además, había que andar con mucho sigilo. Rápido, pero silencioso. Sin levantar alarmas. Miguel se sonrió pensando que estaba dentro de un videojuego. Que era Sam Fisher en Splinter Cell. Solo esperaba no tener que noquear a nadie.

    El objetivo era simple: llegar a la jefatura de estudios, abrir la cerradura y buscar en los cajones de don Jesús las preguntas para el examen de Matemáticas que tenían una semana más tarde, hacer un par de fotos con el móvil y vender el valioso botín.

    En la mente de un niño de 12 años todo es posible.

    El trío avanzó a buen ritmo por el patio, una gran superficie cuadrangular con columnas pintadas de azul eléctrico. Siguieron el camino de la derecha, dejando en ese mismo lado las grandes puertas que conectaban el patio con la iglesia donde cada mañana recibían los buenos días de los curas que llevaban el colegio. Pronto alcanzaron la escalera para subir a la segunda planta, a la que habían llegado ese curso, dejando atrás las aulas de Primaria.

    —Este sitio me pone los pelos de punta —se quejó José. —¡Y más de noche!

    Alfredo y Miguel le chistaron a la vez.

    Llegaron por fin a su destino. El pasillo parecía estar en calma (¿por qué no iba a estarlo?), pero completamente a oscuras. Miguel sacó su móvil y activó la luz de la pantalla, menos potente que la linterna trasera. Apuntó hacia la cerradura y le hizo un gesto con la cabeza a Alfredo.

    Su padre era cerrajero, por lo que el chico sabía todo lo necesario para abrir cerraduras. El conocimiento legal y el ilegal. Sacó el pequeño kit de herramientas de su padre y se puso a trabajar. La sencilla puerta no puso demasiadas pegas y se abrió con un chirrido. En ese momento, José sintió un escalofrío más acuciante y se giró, nervioso, como buscando al bromista que te ha dado un golpecito con los dedos en el hombro contrario… pero no eran más que imaginaciones y los nervios.

    No tardaron en encontrar su preciado botín. Hicieron dos o tres fotos, para asegurarse, cada uno con su móvil y salieron rápidamente de la sala.

    —Esto está marchando bien, ¿no? —dijo José.

    Un fuerte golpe le respondió inmediatamente. Parecía venir de una de las clases del pasillo. Los tres chicos se quedaron paralizados, conteniendo la respiración. Tras lo que parecieron interminables horas, Alfredo rompió el más tenso de los silencios con la pregunta más evidente del mundo.

    —¿Qué ha sido eso?

    Ninguno de sus compañeros respondió. José optó por ignorarlo y salir pitando de allí, pero Miguel no quería dejar nada al azar.

    —Deberíamos echar un vistazo —dijo, provocando la alarma de sus compañeros. —Imaginad que nos siguen o algo… No quiero que me sorprendan por la espalda.

    Sus amigos no estaban muy convencidos, pero tampoco se atrevían a salir de allí solos. Así pues, emprendieron el camino por el largo corredor. Había ocho aulas en aquel pasillo, más el laboratorio, que se encontraba al fondo. Los chicos se agacharon y lo recorrieron a gatas para no asomar por las ventanas de las puertas. Habían dejado atrás ya seis clases, sin ninguna actividad aparente.

    Miguel trató de concentrarse en el ruido que habían escuchado. Había sido un estruendo metálico, el inconfundible sonido de sillas y mesas al caer. Todas a la vez. Pero eso no era posible. No había conseguido ubicarlo con exactitud, pero estaba claro que no estaba cerca. Cada aula que pasaban repetía el patrón de la anterior: la puerta cerrada y el mobiliario intacto.

    José y Alfredo trataban de hacer entrar en razón a Miguel, pero el joven era demasiado testarudo. Ahora pensaba que estaba en Amnesia y eso le aceleró el pulso aún más. Sin embargo, llegaron al final de las aulas y no encontraron nada fuera de lo común.

    Estaba a punto de rendirse ante la evidencia cuando una leve corriente de aire hizo chirriar las puertas del laboratorio. Los chicos se acercaron poco a poco. Una rendija lo suficientemente grande para ver sin ser vistos se había abierto con ese soplo de aire.

    Cinco segundos.

    Eso fue lo que tardaron los chicos en abandonar todo sigilo. Primero con gritos. Luego con carreras escandalosas hacia la salida. Finalmente con llantos en la puerta del colegio. Sin mediar palabra, cada uno huyó a casa en mitad de la noche, sin mirar atrás.

    La policía no tardó en llegar al centro.

    No habría clases al día siguiente. El laboratorio estaría inaccesible a profesores y alumnos durante varias semanas. Dejó de ser un aula para convertirse en la escena de un atroz crimen.

    Alfredo, José y Miguel tardarían años en olvidar aquel cuerpo desnudo y abierto en canal tirado en el suelo del laboratorio, rodeado de un charco de sangre que no dejaba de crecer.

    moroninfo-mar17
    Compartir