“Capítulo I: De la Libertad de expresión”, por Rafael Fernández Osuna

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    “Capítulo I: De la Libertad de expresión”, por Rafael Fernández Osuna

    Rafael FernándezEn los últimos tiempos y ante un descontento social generalizado, ha tomado una relevancia superlativa el concepto de la “libertad de expresión”. Es un derecho fundamental reconocido en el artículo decimonoveno de la Declaración Universal de Derechos Humanos, así como en nuestra propia y, de momento, vigente Constitución del 78 en su artículo 20.

    Pero ¿realmente tenemos claro que implica este derecho o libertad fundamental?

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    A menudo, con el parapeto de esta concreta libertad o derecho, tendemos a decir lo que nos viene en gana como nos sale del alma pues, a priori, estamos legítimamente habilitados para hacerlo. Pero, al contrario de lo que pueda opinarse, las ideas y, sobre todo, las formas son bastante más relevantes y la línea que separa el ejercicio de un derecho del daño a terceros se difumina y distorsiona hasta pasar de lo lícito a lo ilícito.

    La Libertad de expresión toma en la Ilustración la finalidad de servir como  herramienta de discusión y fomento del progreso, un medio que permitiese aunar diferentes ideas que trasladasen al Poder aquello que pudiera representar el mayor interés para todos. En otras palabras, una garantía para el ciudadano, de que su voz y sus ideas pueden ser libremente exteriorizadas sin tener que sufrir ningún tipo de represión o censura por ello. Una garantía de libertad.

    No obstante, esta libertad no es ilimitada. Nuestra esfera de libertad representa una frontera abstracta que linda con las esferas de libertad de aquellos que nos rodean. Para hacer un ejercicio legítimo de nuestros derechos, debemos procurar y respetar que los demás puedan ejercer los suyos en igualdad de condiciones. Sin imposiciones ni coacciones. De este modo si yo quiero decir que la madre de fulano trabaja en un lupanar, no estaría ejerciendo mi libertad de expresión, sino que estaría quebrantando un límite: el daño y el discurso del odio.

    Estos errores interpretativos nos hacen tropezar una y otra vez en la piedra de la intolerancia y el radicalismo. Nos queremos mucho a nosotros mismos, quizá demasiado, sin pensar muchas veces, que nuestras convicciones y principios son tan férreos y válidos para nosotros, como los suyos para los que piensen de forma diferente. Es en ese ejercicio de orgullo irracional en el que pasamos del debate a la imposición. Cada vez que tildamos de imbécil a un cristiano por creer en algo intangible; llamamos asesino a un taurino por acudir a un evento legal; le colocamos el cartel de borracho a un carnavalero; o llamamos terrorista a todo musulmán (como ocurrió con el grupo de radicales de Bruselas), no estamos ejerciendo la libertad de expresión, se está violentando y coartando la libertad de otros apoyándonos en las creencias e ideologías propias. ¡Claro que es lícito defender los derechos e ideales propios! Pero desde el respeto y la argumentación. Desde la vía democrática y pacífica, nunca desde la agresión y el improperio.

    No en pocas ocasiones, nos quejamos de la falta de entendimiento entre aquellos que nos gobiernan, de su egoísmo político y su visceralidad ideológica. Pero cuando atendemos a la discusión entre dos personas en una terraza, o en la barra de un bar, vemos que aquello de lo que nos quejamos, no es más que el reflejo de lo que ocurre en la sociedad. Quizá debiéramos comprender que todo cambio y mejora comienza en cada uno de nosotros, con cada acto aparentemente banal de nuestro día a día. Que escuchar al diferente no tiene por qué ser ofensivo, sino constructivo. Quizá debiéramos comprender que ceder no es síntoma de debilidad, sino de fortaleza y madurez. Pues al fin y al cabo, la Libertad de expresión nació para integrar las diferencias en un heterogéneo colectivo de iguales en Derecho, y no para imponer por Derecho nuestras ideas a un heterogéneo y ricamente diverso colectivo.

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