“Ansiedad moral”, por José Carlos Valverde

    Solamente hay una cosa en el universo a la que no me gana nadie. Lo digo absolutamente convencido. Ni siquiera Cristiano Ronaldo o Messi. Ese don no es otro que el de repetir los errores. Tanto es así que he llegado a exponer mi prototipo constante –y estéril– de mejora, como una especie de virtud inmoral. Un recurso pobre y moralista que no sirve de nada. Desde luego si alguien piensa, o alguna vez lo ha pensado, que soy ejemplo de algo en esta vida, puede dejar de seguirme. No así de leerme.

    Por eso he optado por la vía más simple y humana de exponer mis conflictos internos: aceptarme. No hay más. Y reconozco que no me va del todo mal. Sacar las virtudes únicamente de las denuncias de los errores me divierte. Por muchas razones. Desde luego cuando alguien intenta tirar por tierra mi trabajo, y “haberlos haylos”, ya ha llegado demasiado tarde. Es la ventaja de mirarse al espejo con sinceridad, sin avergonzarse de sus defectos, y apoyando los pies en la tierra. No me gusta jugar a ser Dios. Yo prefiero tropezar y estar con la gente corriente, a sentirme perfecto y subirme al altar empujado. Y aunque soy agnóstico, por si alguien todavía lo dudaba, últimamente me marean demasiado las alturas. Quizá me esté haciendo cobarde…

    Todos conocemos a ese grupo de individuos perfectos, virtuosos, idealizados. Yo no quiero ser como ellos. Prefiero vivir alejado de sus intereses. Porque sus pretensiones son demasiado correctas para ser ciertas. Y, a sabiendas de lo irreal, suelen ser más nocivas que beneficiosas…

    Cuando recibí mi primer pseudolinchamiento como juntaletras (por cierto, deberían canonizar esa palabra. Juntaletras, quiero decir) me di cuenta de que ya existía esta corriente. Un movimiento elitista que iba más allá de la dosificación de egos múltiple y la perfección moral. Ya saben, el reparto cerrado, empalagoso, y constante de halagos digitales en forma de likes. Decidí entonces bautizar aquella tendencia como Búnker.

    El Búnker se sumó de forma sutil a ese intento de linchamiento porque, realmente, necesitaba desmarcarse de mi acusación (aquella imputación horizontal, por si alguien todavía no lo sabe, me presentaba al mundo como un individuo terriblemente machista). El sector de la perfección ética tenía, entonces, que renegar de mis creaciones desde la superficie, sin reflexionar. Porque mi verdad no poseía una buena acústica sentimental. Actuaron alejados del raciocinio. Ocurrió así porque, si en ese justo instante no lo hacía, si no entraba a formar parte de la destrucción de mi universo, mi supuesto machismo podía salpicarle. Aquel movimiento no fue generoso con la sociedad, sino todo lo contrario. Fue el más egoísta, cobarde, y narcisista que he conocido jamás. Su objetivo no era otro que el de lavar su propia imagen.

    Yo prefiero confesar mi espantosa imperfección. Revelar que hay días en los que no me apetece peinarme, y de hecho no lo hago; o que he dejado muchas veces para mañana, lo que podía haber solucionado en un instante. Que prefiero escuchar a los demás, aunque piense que sus revelaciones no tienen nada que aportar a mis ideales. Y he defendido tanto la libertad de expresión exacerbada que, a veces, he visto restringida la mía. También voy confesar que hubo (y habrá) tardes en las que me colocaba los cascos para acudir al estudio por el mero hecho de no pararme a conversar con nadie. Porque no me apetecía hacerlo. Y que si alguien te ve a la una de la madrugada, en un bar cerveza en mano, no creo que el delatador esté allí para leer a Faulkner…

    Los movimientos de la corrección se fundamentan, en gran medida, en la ansiedad moral. Sus fieles son codiciosos en la falsa aprobación ajena. Precisan mostrar el carnet de la moralidad. Enseñar al mundo lo buenas personas que son. Y yo, quizá, estoy demasiado alejado de esa aparente perfección política y moral. Quizá porque no dispongo de esa habilidad o virtud. Todo hay que decirlo. No me vanaglorio absolutamente de nada, simplemente me acepto. Prefiero conocer mis tropiezos, por una sencilla razón. Mis errores, para bien y para mal, me hacen sentir que estoy vivo…

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