SEMANA SANTA 2019_ “75 años de fe”, por Juan Manuel Guardado 

    75 años después, la Hermandad de los Salesianos volvió a hacer estación de penitencia. Sin lugar a duda, uno de los momentos más esperados por todos los hermanos. 75 años de devoción al Santísimo Cristo de la Buena Muerte y a María Santísima de la Amargura suponen una efeméride digna de regocijo y de orgullo para una congregación que ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos, pero que también ha sabido mantener esa esencia, que hace 75 años los fundadores quisieron otorgarle.

    Se abría en Morón un Martes Santo radiante. Sin embargo, la atmósfera dejaba entrever ese aire de tristeza, que sin saber por qué, sólo se percibe en nuestro pueblo. Algo densa, se fue apagando lentamente, convirtiéndose en el escenario perfecto para el desarrollo de la estación de penitencia salesiana a la Catedral de la Sierra Sur.

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    Con puntualidad meridiana, se asomaba la cruz de guía a los portones de la capilla salesiana. Dos faroles portados por servidores alumbrarían su caminar, cual estrellas de guía. El fiscal de cruz le marcaría el camino con seriedad y exactitud. De esta guisa comenzó un cortejo fúnebre al que el Sol se asomaba de vez en cuando dotándolo de un brillo especial. Poco a poco los hermanos nazarenos fueron tiñendo la calle Marquesa de Sales de negro y blanco.

    El señor de la Buena Muerte aparecía convertido en ese “tumbaito” con el que crecimos algunos. Lo hizo con muchísima humildad, casi sin querer. Escondido detrás de su cuerpo de acólitos comenzó a mostrarse ascendiendo para finalmente imponerse ante todos los allí presentes. De repente, todo parecía consumarse. Era como si ya se acabara todo, pero todo acababa de empezar.

    Clavado en un monte de lirios, claveles e iris, a sus pies una zantedeschia o una cala le aportaba aún más elegancia y sofisticación. De hecho, su nombre común proviene del griego y significa bonito. Lucía esplendoroso sobre sus andas ya con los respiraderos delanteros terminados en el taller de José Ángel Benegas. También estrenaba potencias doradas labradas por Orfebrería San Juan sobre la base un diseño de Francisco José Coronado.

    A los sones de la capilla musical y el grupo vocal de Cámara “Redentoris Mundi”, comenzó el parsimonioso y elegante caminar del Señor, quien lentamente se adentró en el silencio de la multitud moronera que lo esperaba para ir alejándose de ellos dejando notas de mudez en sus labios. Sólo aquellas saetas, que saben romper el silencio, anunciaban que el señor de la Buena Muerte ya estaba en las calles de Morón.

    Poco después, del portón de la capilla salesiana surgió Ella: María Santísima de la Amargura. Esplendorosa se presentaba ante Morón, para regocijo de la su Hermandad. Austero su exorno floral: claveles blancos. También austera, pero elegantísima en su vestir. Bellísimo el encaje de aplicación de Bruselas que lucía la Virgen. Con los sones de la marcha “Amarguras” comenzaba su largo peregrinar por las calles de Morón. Amarguras que suena como un silencio en el rachear de las alpargatas costaleras de la Amargura.

    El discurrir de la cofradía por la calle Sagasta evoca estampas antiguas. Sin duda alguna esta calle es uno de los puntos más auténticos de su recorrido. La altura de sus edificios, engalanados sus balcones con rojas colgaduras, convierten a la cuestecilla “sagastiana” en el escenario perfecto. Con suavidad y elegancia discurrió el señor de la Buena Muerte. El silencio, sólo roto con tierno respeto, por la multitud de monaguillos que acompañan al Señor. La Virgen se acercó por Espíritu Santo a los sones de la marcha “Mater Mea”. El sonido de tambores sordos culminaría su entrada en la Plazoleta Meneses, donde de nuevo arrancaría “Amarguras”.

    Máximo respeto y recogimiento para el discurrir de la Hermandad por el palquillo de oficiales, donde la luz del crepúsculo comienza a teñir de naranja el blanco de las túnicas de los nazarenos y los cirios de la candelería del palio. Luz que se rompe en maravillosos contraluces de silencio del Cristo de la Buena Muerte. Sonaron “Tengo sed de Ti”, “Jesús Salvador Mundi” y “Amarguras” para la Virgen.

    La llegada de la Cruz de Guía a San Miguel confirmó el rápido discurrir de la Cofradía. Cinco minutos de antelación sobre el horario previsto, que permitieron contemplar al Señor por San Miguel con poco público y mucha tranquilidad. La Virgen llegó más acompañada, reuniéndose con su hijo en su hogar de San Miguel 20 minutos después de las ocho de la tarde. Cuando la cofradía abandonó la Catedral las tinieblas ya cubrían el cielo de Morón.

    El recorrido de la cofradía nos dejó maravillosas estampas, como la del Señor de la Buena Muerte por la antigua Plaza del Polvorón, donde la sombra del ilustre Fernando Villalón no quiso perderse el paso del Señor. También, el paso de la Virgen por la calle “las Morenas”, donde la estrechez de la calle y la “revirá” hacía Luis Daoiz, hicieron valer el buen hacer de la cuadrilla de costaleros.

    Pero sin lugar a duda, es en la calle Carreta donde las esencias de esta cofradía se magnifican. Oscuridad. Tan oscura que casi es imposible distinguir las capas y capirotes negros de los nazarenos. Si no fuera por el blanco de las túnicas se diría que la cofradía transita por un túnel que culmina en el cielo. Cielo de luz que pone el paso de la Santísima Virgen, la cual se acercó a nosotros en maravillosa chicotá a los sones de “Virgen del Valle”. Minutos antes el Señor se introdujo en un mar de silencio aclamado por los rezos de los que allí nos encontrábamos. Dos saetas. Una para el Señor y otra para la Virgen. Dos rezos salesianos.

    Poco a poco llegó la hora de encerrarse. La Hermandad, como de costumbre, lo hizo casi en la intimidad en una media noche a la que se asomó un pelliquizto de una madrugá evocada por los sones de la marcha “Reina de San Román”. Una “nana”, para la reina de la Amargura que sin duda evocó momentos de antaño cuando arropaba a su hijo hoy muerto en la cruz. Pero cuando hay amargura, hay poco de felicidad y de nuevo el centenario himno de José Fon de Anta pondría el punto final a la noche salesiana.

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