“Siempre hay Esperanza”, por Ezequiel Ríos

FirmaEzequielHa dado comienzo la celebración litúrgica de la Semana Santa en las iglesias mientras la Hermandad de La Compañía plantó el árbol de la cruz en la calle. Un suspiro duró el trance de la salida. Sobre la portada barroca de los jesuitas, haciendo honor al concepto barroco de la fugacidad, el Cristo de la Expiración fijó su mirada en el intradós del arco y en un abrir y cerrar de ojos exhaló su aliento al aire de Morón.

Dejando atrás a la multitud que se agolpó en la salida, el paso afrontó el ascenso de la calle San Miguel acompañado por los sones de Montecalvario. En el interior, los nazarenos del palio, dispuestos como piezas de ajedrez sobre el damero de la iglesia, fueron saliendo, decididos a entregarse por una Dama, por la “Esperanza, Reina de nuestros corazones”.

En ningún momento hubo prisa en resolver la partida. El paso de la Santísima Virgen dilataba el tiempo, sobre los pies, sabiendo que es imposible desandar lo andado, aunque también llegara a hacerlo. Como cuando recibió los pétalos caídos del cielo antes de desembocar en la Plaza del Ayuntamiento. Allí, desde el templete del reloj, hasta la cigüeña se asomaba para contemplar por primera vez las cuatro bambalinas del palio ya restauradas. El trabajo del taller de Manolo Solano ha resultado sobresaliente, seguro que diría al verlas. Para entonces, se estaba fraguando la noche más amarga, y en el convento de Santa María, en el silencio de la oración ante el sagrario, redoblaban, alejándose, los tambores de la Esperanza.

El Cristo de Illanes anduvo todo el tiempo buscando fachadas donde proyectarse expirando, como queriendo que su Amor fraterno quedara impreso en este día sobre todos los hogares de Morón. Y lo consiguió elevándose sobre la sangre de los claveles del monte. Ante la debilidad siempre existe la fortaleza, siempre hay Esperanza, parecía querernos decir.

En la cuadrilla de Juan Piña se ejecutaron chicotás que llegaron a parecer, literalmente, sobre ruedas; mientras, en el palio, una levantá tras otra, perfectas, se clavaban en los ojos de quienes las miraban, como la del palco del Consejo de Hermandades, en la Plazoleta Meneses, tras la que la imagen de la Santísima Virgen se arrancó a andar con “Esperanza Macarena” en busca de un Callejón del Pescao que la llevara a su sede canónica.

Antifaces de raso y de terciopelo rodearon la Plaza de Abastos, repartiendo sus últimas estampitas de un Jueves Santo donde al final hizo más fresco que los días precedentes, pero suficiente calor entre los hermanos de la Hermandad como para mantener encendido el cirio de los donantes. En la candelería del paso de la Santísima Virgen podía leerse con claridad el lema que mantiene la llama de la oración: “Esperanza de Vida”.

“Caridad” y “Medea” sirvieron para que el Señor llegase a encarar la recta final de la calle Ánimas, desde la que entró de nuevo, otro año más, premonitoriamente, bajo el arco de su triunfo: el de la Esperanza. Esa que se nos escapó, de nuevo, de entre las manos, pero que cada año vuelve en forma de paso de palio.