“La Buena Muerte volvió a herirnos”, por Ezequiel Ríos

FirmaEzequielUna hora le ganó la Cruz de Guía al umbral de la puerta para convertir en eterno el instante de la Muerte, para anticiparnos cómo de bien muere Cristo. En una clase magistral, el Maestro de Los Salesianos convirtió la calle en aula para impartir la lección divina de su entrega. Como siempre, tan sólo le bastó explicarse a través de la austeridad y el recogimiento.

La cofradía dirigida por José María Pérez adelantó su salida respecto al horario habitual de los últimos años, y cambió su recorrido de ida para ofrecernos en La Carrera la silueta del Señor recortada en un cielo vacío de nubes y lleno de vencejos, volando, buscando las espinas del Crucificado de Barbero. Junto al murmullo de los pájaros, en la clausura de Santa Clara, le cantaban las hermanas a quien es de la casa. La Hermandad de la Buena Muerte estaba de nuevo en el convento.

Hasta ese momento, la luz de la Semana Santa tuvo deberes en este Martes sin colegio, envolviéndonos la madera encarnada, calculándonos el intervalo de tiempo en el que Cristo paseó por los jardines de nuestra infancia. A partir de entonces, la cofradía discurrió por el camino más corto hasta llegar a herirnos con los recuerdos. La imagen del Santísimo Cristo de la Buena Muerte, en pie sobre un calvario morado, avanzó callada hacia San Miguel, en busca de la Palabra.

María Santísima de la Amargura le seguía de cerca. Vestida de corte por David Toro, con corona de Reina. Y aunque no hizo frío durante toda la tarde-noche, llegó a destemplarse el redoble del tambor de la Banda de Ntra. Sra. del Sol, rompiendo los silencios que dejaba el Señor a su paso.

De vuelta, Las Morenas parecía una calle hecha a la medida de la Hermandad, donde sólo cabían aquellos que buscaban la esencia de un paso de palio que andaba roto, intentando enmendarle la plana a la Amargura que provocaba su presencia. Las vueltas que la Santísima Virgen dio por las esquinas fueron como una saeta, lanzadas al corazón, como lo era la luna llena, plena, redonda, que se colocó junto a la linterna de la torre de San Miguel para contemplarla al pasar por el Ayuntamiento.

A partir de ahí, como en cualquiera buena lección, la cofradía repitió su discurso. Pasó de nuevo por el Pozo Nuevo, dándole la vuelta oficial a una carrera por el camino directo. En el trayecto, uno de los candelabros de cola se retiró en El Casino, sin entender que era imprescindible alcanzar pronto la calle San Juan Bosco. Allí, sobrevino de nuevo la saeta, recibida parcialmente en aplausos por el Morón empecinado en suspender, a pesar de la clarividencia del tema, ese que la Hermandad de la Buena Muerte insiste en explicar, año tras año, con su Cristo Muerto, en absoluto silencio. Mientras, desde las ventanas, en la penumbra, los abuelos de la calle se asomaban buscando cruzar su mirada con la del Crucificado. Y el resto de los presentes encontraban al Señor en ellos, en los vecinos del Cristo de la Buena Muerte.

La lección quedó resumida en pocas horas. Cristo volvió a morirse tan buenamente que a pesar de nuestra edad volvimos a convertirnos en sus alumnos.